sábado, 28 marzo 2026

· Manzanares | Toledo ·

La abstención como forma de poder

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Lo sucedido este jueves en el Congreso no puede interpretarse como un hecho aislado ni como una simple anomalía parlamentaria. Responde, más bien, a la lógica profunda de un sistema político que, en contextos de crisis, deja al descubierto sus mecanismos reales de funcionamiento. El Gobierno ha conseguido aprobar uno de los decretos destinados a amortiguar el impacto económico de la guerra —una guerra ilegal que vuelve a evidenciar la persistencia de dinámicas imperialistas— gracias a una mayoría heterogénea, construida más desde la necesidad que desde la coherencia ideológica.

El respaldo de los socios de investidura, sumado al voto favorable de UPN y a la abstención del Partido Popular y Podemos, dibuja un escenario en el que las categorías políticas tradicionales pierden nitidez. No hay aquí un bloque compacto ni una alianza programática sólida, sino una convergencia puntual de intereses. El objetivo compartido no es tanto transformar la situación como evitar el coste político de bloquear medidas en un momento de deterioro socioeconómico creciente.

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En ese contexto, la posición de Vox resulta previsible. Su voto en contra no responde a un análisis del contenido del decreto, sino a una lógica de confrontación total con el Ejecutivo. La coherencia del partido de Abascal se sitúa en otro plano: el de su alineamiento con una corriente internacional reaccionaria, en la que figuras como Donald Trump funcionan como referencia. Desde esa perspectiva, cualquier iniciativa gubernamental se rechaza de forma automática, sin necesidad de entrar en matices.

Sin embargo, el foco del análisis no debería quedarse en esa oposición explícita, sino desplazarse hacia el comportamiento del Partido Popular, donde se concentran las contradicciones más significativas. Desde la aprobación de los decretos en el Consejo de Ministros —marcada por tensiones visibles entre PSOE y Sumar—, los populares han transitado por distintas posiciones, todas ellas difíciles de encajar en una estrategia coherente si se observan de forma lineal.

En un primer momento, el PP acusó al Gobierno de apropiarse de sus propuestas, especialmente en materia de bajadas fiscales. Esta crítica no buscaba tanto deslegitimar el contenido del decreto como fijar el marco del debate en términos favorables a su propia agenda. Si el Ejecutivo adopta medidas que el Partido Popular reivindica como propias, el terreno ideológico queda delimitado de antemano.

No obstante, esta coincidencia aparente no se tradujo en apoyo parlamentario. La reacción inicial fue el rechazo, en línea con una dinámica de oposición basada en la deslegitimación constante del adversario. Más que discutir las medidas concretas, se trataba de marcar distancia política y evitar cualquier gesto que pudiera interpretarse como respaldo al Gobierno.

Esa posición, sin embargo, encontró rápidamente sus límites. En un contexto de crisis, votar en contra de un paquete de medidas —por insuficiente que sea— implica asumir un coste difícil de gestionar. La solución adoptada fue la abstención, una fórmula que permite esquivar responsabilidades sin alterar el resultado. No se respalda la iniciativa, pero tampoco se obstaculiza su aprobación.

La elección de esta vía intermedia adquiere mayor relevancia si se tiene en cuenta que UPN, formación cercana al Partido Popular, optó por votar a favor. Esta divergencia no es un detalle menor: pone de relieve la falta de una línea clara dentro del espacio conservador. Mientras algunos actores priorizan el pragmatismo, otros se mantienen en una ambigüedad calculada que, aunque útil a corto plazo, debilita la imagen de conjunto.

A este cuadro se suma el papel del portavoz económico del PP, Juan Bravo, cuya intervención se centró en desacreditar el plan gubernamental, en contraste con la actitud contenida del ministro de Economía, Carlos Cuerpo. Más allá del intercambio retórico, este contraste sugiere la existencia de un terreno común en la gestión económica, donde las diferencias se expresan en el plano discursivo más que en el estructural.

La insistencia del Partido Popular en la deflactación del IRPF como condición para su apoyo constituye otro elemento clave. Presentada como una medida de alivio generalizado, encaja en una concepción fiscal que beneficia de forma desigual a los distintos sectores sociales. Su inclusión en el debate no es casual: permite al PP reforzar su perfil ideológico sin necesidad de comprometerse con el conjunto del decreto.

Lo relevante, en todo caso, es que los populares eran conscientes de que la iniciativa contaba con apoyos suficientes para salir adelante. Su posicionamiento no buscaba modificar el desenlace, sino construir un relato. La abstención se convierte así en una herramienta política: permite mantener un discurso crítico sin asumir las consecuencias de un bloqueo.

Este tipo de maniobra refleja una forma de entender la política centrada en el cálculo táctico. Las decisiones se orientan menos por su impacto real que por su utilidad en la disputa simbólica. El decreto puede ser limitado en su alcance, pero responde a una situación de urgencia. Evitar un voto negativo directo permite al PP no aparecer como obstáculo, sin renunciar a su narrativa de oposición.

En este punto, la figura de Feijóo resulta especialmente ilustrativa. Su liderazgo combina una retórica de moderación con una práctica política que elude el compromiso cuando este implica asumir costes. No se trata únicamente de una cuestión de estilo, sino de una estrategia: desde la oposición, es posible ajustar el discurso según las circunstancias, sin enfrentarse a las consecuencias directas de la gestión.

Esta lógica ayuda a entender decisiones pasadas, como su renuncia a intentar formar gobierno en un momento en que las condiciones lo permitían parcialmente. Gobernar implica tomar decisiones concretas y asumir sus efectos; permanecer en la oposición ofrece un margen mayor para la ambigüedad y la adaptación constante.

El resultado es una forma de intervención política basada en la oscilación: crítica, apropiación parcial de propuestas y distanciamiento final. A corto plazo, este esquema puede resultar eficaz. A medio plazo, genera una acumulación de contradicciones que dificulta la construcción de una alternativa creíble.

Todo ello se desarrolla en un contexto internacional marcado por la inestabilidad y las consecuencias económicas de la guerra en Oriente Medio. Las respuestas institucionales, centradas en medidas paliativas, apenas rozan las causas profundas de la crisis. La dependencia energética, la fragilidad de los mercados o la subordinación a intereses externos permanecen fuera del núcleo del debate.

En ese marco, la actuación del Partido Popular no aparece como una excepción, sino como parte de una dinámica más amplia. Su función no es alterar las bases del sistema, sino disputar su gestión dentro de unos límites bien definidos. La abstención encaja perfectamente en ese papel: permite influir en el proceso sin asumir una posición plenamente definida.

El efecto acumulado de estas prácticas es una creciente sensación de desconexión entre el discurso político y las condiciones materiales de la población. Mientras se suceden los movimientos tácticos, los problemas de fondo permanecen. La política se desplaza hacia el terreno de la escenificación, donde lo relevante no es tanto lo que se hace como cómo se presenta.

Desde la perspectiva del propio Partido Popular, la operación puede considerarse exitosa. Ha evitado el desgaste de un voto en contra, ha mantenido su perfil crítico y no ha impedido la aprobación de medidas que, en última instancia, tampoco cuestionan los fundamentos del modelo económico vigente. Sin embargo, esa misma lógica contribuye a vaciar de contenido el debate público.

La cuestión de fondo no es únicamente la coherencia de un partido, sino la capacidad del sistema político en su conjunto para responder a una crisis que desborda sus marcos habituales. La gestión de lo inmediato se impone sobre cualquier intento de abordar transformaciones estructurales.

En ese escenario, la abstención deja de ser un gesto puntual para convertirse en una forma de ejercer el poder. No implica retirada ni neutralidad, sino una manera de intervenir sin asumir plenamente las consecuencias. Una posición que permite estar presente en la decisión sin quedar vinculado a sus efectos.

Y es precisamente ahí donde se condensa el sentido de lo ocurrido: en la utilización de la ambigüedad como recurso político. No como error o debilidad, sino como estrategia consciente. Una estrategia que, repetida en el tiempo, termina por definir no solo a quien la practica, sino al conjunto del sistema en el que se inscribe.

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