A cien años de su nacimiento, Fidel Castro Ruz no regresa al debate público como una figura detenida en el mármol de la historia, sino como una presencia política que continúa interpelando las contradicciones de nuestro tiempo. Su legado no puede reducirse a una ceremonia de aniversario ni a una evocación nostálgica de la épica revolucionaria; por el contrario, exige ser pensado como una herramienta viva para comprender un mundo en el que persisten, bajo nuevas formas, la explotación, el saqueo y la dominación imperial. Fidel pertenece a esa estirpe de dirigentes que no se agotan en su biografía: encarnan una época, la desbordan y dejan un método para las generaciones que vienen detrás.
En ese marco, La Habana vuelve a ocupar un lugar simbólico y material de primer orden. La celebración del centenario, el coloquio internacional dedicado a su legado y la movilización de delegaciones procedentes de numerosos países no son simples actos protocolarios; expresan la continuidad de una corriente histórica que se niega a aceptar la clausura de los proyectos emancipatorios. Que Cuba convoque todavía, en medio del bloqueo, la escasez y la presión permanente de Estados Unidos, demuestra que la Revolución no sobrevive únicamente por memoria, sino por una voluntad organizada que convierte la resistencia en práctica cotidiana y la dignidad en política de Estado.
Ahora bien: la vigencia de Fidel no reside solo en la magnitud de su obra, sino en la precisión con que supo identificar la raíz del conflicto moderno. Para él, el imperialismo no era una desviación moral ni un exceso circunstancial de las grandes potencias, sino una estructura histórica de dominación asentada sobre la apropiación desigual de la riqueza. Desde una lectura profundamente materialista, comprendió que la dependencia económica, la agresión militar, la manipulación mediática y la subordinación cultural forman parte de un mismo sistema. Por eso su pensamiento conserva actualidad: porque el capitalismo global ha cambiado sus lenguajes, sus tecnologías y sus dispositivos de control, pero no ha modificado su lógica esencial de acumulación por despojo.
De ahí que recordar a Fidel implique, necesariamente, discutir el presente. En una época marcada por la financiarización de la vida, el endeudamiento crónico de los pueblos, el monopolio tecnológico, la crisis climática y la militarización de las relaciones internacionales, su antiimperialismo adquiere una potencia renovada. El orden mundial contemporáneo continúa organizado alrededor de una pregunta decisiva: quién produce la riqueza, quién se la apropia y quién paga los costos de las crisis. La respuesta, una y otra vez, recae sobre las clases trabajadoras, los pueblos del Sur Global y las naciones sometidas a mecanismos de dependencia. Frente a ello, Fidel ofrece una clave de lectura indispensable: no hay soberanía real sin justicia social, ni independencia política sin control popular sobre los recursos, la economía y la cultura.
Asimismo, su concepción de la Revolución mantiene una densidad teórica que desborda la consigna. Cuando la definió como sentido del momento histórico, como voluntad de cambiar todo lo que debe ser cambiado y como emancipación por esfuerzo propio, no estaba formulando una pieza retórica para la posteridad. Estaba proponiendo un método de acción política. Ese método exige comprender las condiciones concretas de cada coyuntura, organizar la fuerza colectiva y actuar sobre las contradicciones reales de la sociedad. Desde una perspectiva marxista contemporánea, esa enseñanza resulta fundamental: la historia no avanza por automatismo, pero tampoco por voluntarismo; avanza cuando las masas organizadas convierten la conciencia en praxis transformadora.
Por otra parte, el coloquio dedicado a Fidel y la Feria Internacional del Libro de La Habana deben leerse como expresiones complementarias de una misma batalla. Uno discute el legado en el terreno de las ideas; la otra lo pone en circulación mediante libros, debates, lectores y espacios de encuentro popular. En tiempos en que la industria cultural dominante convierte el pensamiento en mercancía rápida, apostar por el libro en condiciones adversas constituye un gesto profundamente político. La cultura, en la tradición revolucionaria cubana, no es ornamento ni refugio espiritual separado de la lucha social; es una infraestructura de la soberanía. Un pueblo que lee, piensa y debate está mejor preparado para resistir la colonización simbólica del capital.
Sin embargo, sería insuficiente observar este proceso únicamente desde la realidad cubana. Lo que se expresa en La Habana forma parte de una disputa global por el sentido del siglo XXI. La hegemonía estadounidense atraviesa una fase de desgaste relativo, emergen nuevos polos de poder y se reconfiguran alianzas internacionales; aun así, la cuestión central sigue abierta: si ese nuevo escenario servirá para ampliar la autodeterminación de los pueblos o si se limitará a redistribuir cuotas de influencia entre Estados y élites. Fidel comprendió que la multipolaridad, por sí sola, no garantiza emancipación. Para adquirir un sentido verdaderamente liberador, debe articularse con justicia social, internacionalismo, defensa de la paz y protagonismo de los pueblos trabajadores.
En consecuencia, reivindicar a Fidel hoy exige evitar tanto la nostalgia inmóvil como la domesticación liberal de su figura. La primera lo convierte en reliquia, en símbolo cerrado, incapaz de dialogar con los problemas actuales; la segunda lo vacía de contenido revolucionario y lo presenta apenas como un líder humanista, despojándolo de su crítica frontal al capitalismo. Ninguna de esas lecturas alcanza. Fidel fue un estratega político, un dirigente marxista en movimiento, un conductor capaz de unir principios firmes con flexibilidad táctica. Su grandeza no estuvo en repetir fórmulas, sino en pensar cada coyuntura desde la correlación de fuerzas, sin perder de vista el horizonte socialista y antiimperialista.
Del mismo modo, la solidaridad internacional que su figura despierta no puede entenderse como simple adhesión sentimental. Cuando en distintos lugares del mundo se dijo «Yo soy Cuba», se expresaba algo más profundo que simpatía hacia una isla sitiada. Se reconocía en la Revolución cubana la posibilidad concreta de que un pueblo pequeño desafiara al poder imperial y construyera, con enormes dificultades, una alternativa propia. Esa identificación mantiene su fuerza porque el sistema que Cuba enfrentó sigue vigente. Cambian los discursos, se modernizan los instrumentos de presión, aparecen nuevas plataformas de propaganda; pero la operación de fondo continúa siendo la misma: aislar a quienes no se subordinan y castigar toda experiencia que demuestre que otro camino es posible.
Finalmente, el centenario de Fidel debe asumirse como una convocatoria a pensar, organizar y actuar. La memoria revolucionaria no sirve si queda reducida a homenaje; sirve cuando permite iluminar las tareas del presente. Hoy, esas tareas pasan por reconstruir la conciencia de clase, defender la soberanía de los pueblos, enfrentar el fascismo, combatir el colonialismo económico y disputar la cultura frente a la banalización neoliberal. Ser fiel a Fidel no significa imitar mecánicamente sus respuestas, sino conservar su audacia intelectual y política: leer el momento histórico, nombrar al enemigo, confiar en el pueblo y sostener que la emancipación no se concede, se conquista.
Así, La Habana no aparece solo como sede de una conmemoración, sino como territorio donde la historia vuelve a ponerse en marcha. Entre debates, libros, solidaridad y resistencia, el legado de Fidel demuestra que la Revolución no es una pieza de museo, sino una fuerza que se actualiza en cada combate contra el despojo. Mientras el capitalismo continúe produciendo desigualdad, guerra y dependencia, su pensamiento seguirá siendo necesario. No como dogma, sino como brújula; no como consigna vacía, sino como trinchera moral, política y teórica desde la que, los pueblos pueden seguir disputando el porvenir
