jueves, 19 febrero 2026

· Manzanares | Toledo ·

Feminismo vendido

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Hay frases que no son lapsus ni deslices, que no nacen del cansancio ni de una mala tarde, que no se explican por torpeza ni por improvisación. Son actos políticos conscientes. Tomas de posición. Cuando María Guardiola afirma que su feminismo “es el de Vox”, no se equivoca: se alinea. Marca bando. Señala con quién está dispuesta a caminar y contra quién. No es un giro anecdótico ni una excentricidad verbal. Es una rendición ideológica en toda regla. La aceptación explícita de un marco que niega el feminismo como movimiento histórico de emancipación y lo reduce a una etiqueta vacía, compatible con cualquier cosa. Pero el feminismo no es un adorno discursivo ni una preferencia estética. Es una lucha nacida del conflicto social. Y todo proyecto que borra ese conflicto trabaja, consciente o no, para el poder.

Guardiola sabe perfectamente cómo se llega hasta donde está. Sabe que su carrera política es imposible sin décadas de luchas protagonizadas por mujeres que arrancaron derechos al patriarcado, al Estado y al capital. Sabe que su autoridad pública, su salario, su capacidad de decisión y su legitimidad institucional son fruto de conquistas colectivas, no de méritos individuales aislados. Nada de eso fue concedido. Todo fue conquistado. Y cada conquista tuvo costes: represión, marginación, despidos, violencia, silenciamiento. El presente del que hoy disfruta cualquier mujer con poder institucional descansa sobre una historia de desobediencia. Por eso, cuando una dirigente que se beneficia de ese legado decide legitimar a quienes quieren desmantelarlo, no estamos ante una simple incoherencia personal. Estamos ante una traición política.

Hace apenas unos años, Guardiola sostenía que jamás gobernaría con los que, niegan la violencia machista, atacan al colectivo LGTBI y convierten el racismo en bandera. Nada sustancial ha cambiado desde entonces. Vox sigue defendiendo exactamente lo mismo. Lo único que ha cambiado es la posición de la presidenta extremeña. No se trata de confusión ni de evolución intelectual. Se trata de cálculo. Ha asumido que su supervivencia política pasa por integrarse en un bloque reaccionario cada vez más compacto. Ha aceptado que el proyecto al que sirve ya no busca ampliar derechos, sino gestionarlos a la baja.

Llamar “feminismo” al proyecto de Vox no es una exageración retórica. Es una operación de blanqueamiento. Vox no es antifeminista por accidente. Lo es por función. El cuestionamiento de los derechos de las mujeres forma parte de su núcleo político. La ultraderecha necesita restaurar jerarquías, reinstalar obediencias y disciplinar cuerpos. No por nostalgia, sino por necesidad. El capitalismo actual ya no puede garantizar integración material. No ofrece estabilidad, ni futuro, ni seguridad. Solo puede sostenerse mediante control, miedo y castigo. Y en ese esquema, el patriarcado es una herramienta fundamental. Desde una perspectiva materialista, el antifeminismo cumple tareas muy concretas: asegura trabajo doméstico gratuito, refuerza la división sexual del trabajo, consolida la autoridad masculina como microestructura cotidiana de poder y fragmenta a la clase trabajadora. No es una guerra cultural abstracta. Es economía política.

Por eso el llamado “feminismo de Vox” no existe. Es una fórmula diseñada para vaciar una palabra peligrosa, convertirla en un envase sin contenido, apto para el consumo mediático. Un feminismo sin conflicto, sin antagonismo, sin sujeto colectivo. Eso no es feminismo. Es propaganda.

Guardiola sabe quién es Santiago Abascal y lo qué representa. Sabe que su partido desprecia a las mujeres como sujeto político. Sabe que no creen en la igualdad material. Sabe que su modelo de sociedad es jerárquico y autoritario. Y aún así, presta su cargo y su palabra para legitimar ese proyecto. Ese gesto no la convierte en aliada. La convierte en instrumento.

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Las mujeres situadas en posiciones visibles dentro de estructuras reaccionarias no prueban avances. Funcionan como coartadas. Sirven para maquillar la misoginia, amortiguar críticas y presentar como plural lo que es profundamente excluyente. Pero ese uso siempre es provisional. Cuando dejan de ser útiles, sobran. Creer que una posición institucional protege frente a relaciones de poder estructurales es una ilusión liberal. El estatus individual no cancela las jerarquías: las administra. Para la ultraderecha, las mujeres no gobiernan: legitiman. No dirigen: acompañan. No deciden: avalan.

El problema no es psicológico ni moral. Es político. Lo relevante no es qué siente Guardiola, sino qué función cumple su movimiento. Y esa función es clara: normalizar a Vox, desplazar el eje político hacia posiciones cada vez más autoritarias y preparar el terreno para recortes de derechos. La derecha tradicional actúa como pasarela entre conservadurismo institucional y ultraderecha. Lo ha hecho históricamente y lo sigue haciendo. Entrega piezas, discursos y territorios convencida de que podrá controlar a la bestia que alimenta. Nunca ocurre.

No hablamos solo de Extremadura. Hablamos de un modelo que se ensaya a escala estatal: pactos, silencios, cesiones y blanqueamiento sistemático. La frase sobre el “feminismo de Vox” no es una anécdota. Es una pieza más de una ofensiva organizada contra las conquistas sociales. El derecho al aborto, las leyes contra la violencia machista, la educación sexual, las políticas de igualdad: nada de eso está garantizado. Todo está en disputa.

Llamar feminismo a la subordinación es una agresión política. Decir que Vox defiende a las mujeres es una mentira consciente. Pronunciarlo desde una institución es colaborar con una ofensiva reaccionaria. No estamos ante errores individuales. Estamos ante lucha de clases. Un sistema en descomposición necesita más autoritarismo, más jerarquía y más disciplina social. Y para eso necesita también mujeres dispuestas a administrar esa regresión.

Frente a este escenario, no hay neutralidad posible. O se está del lado de la emancipación o se está del lado de la reacción. No existe un tercer espacio cómodo. Guardiola ya ha elegido. Y los que, no estamos dispuestos a aceptar que nos arrebaten décadas de conquistas también debemos elegir. Organización, memoria y conflicto. Porque ningún derecho se defendió jamás con moderación. Y ningún poder retrocedió sin ser empujado a hacerlo.

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