martes, 7 abril 2026

· Manzanares | Toledo ·

Escudo sin ruptura

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La publicación en el BOE del Real Decreto-ley 7/2026, de 20 de marzo, que articula el llamado Plan Integral de Respuesta a la Crisis en Oriente Medio, vuelve a colocar en el centro del debate una noción que se ha consolidado como uno de los pilares del discurso político reciente: el “escudo social”. No es un término neutro. Encierra una promesa, una forma de legitimación y, sobre todo, una manera concreta de entender la intervención del Estado en tiempos de crisis. Pero precisamente por eso, conviene someterlo a crítica. No para negar su utilidad inmediata, sino para interrogar su función real dentro del orden existente.

Las crisis, lejos de ser anomalías, forman parte del funcionamiento ordinario del capitalismo. No son interrupciones, sino momentos de reconfiguración. Y en esos momentos, el Estado reaparece con fuerza, no como corrector externo, sino como pieza interna del engranaje. “El poder del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de la burguesía”, escribían Marx y Engels. La frase, tantas veces citada, no debe leerse como una consigna, sino como una advertencia: incluso cuando interviene para proteger, el Estado lo hace dentro de unos límites que no cuestionan la estructura de poder.

Los 5.000 millones de euros movilizados por este decreto apuntan a una voluntad de contención. No es una cifra despreciable, y menos en un contexto marcado por la ortodoxia fiscal. No obstante, el volumen del gasto no resuelve la cuestión de fondo. Lo decisivo no es cuánto se destina, sino hacia dónde se orienta. Rosa Luxemburgo lo formuló con claridad: optar por la vía de las reformas no implica recorrer un camino más lento hacia el mismo objetivo, sino moverse dentro de un horizonte distinto.

La prórroga de los descuentos del bono social eléctrico durante todo 2026 responde a una necesidad evidente. La energía se ha convertido en uno de los principales factores de presión sobre las economías domésticas, y garantizar su acceso es, en última instancia, una cuestión material básica. Como recordaba Brecht, antes de cualquier consideración moral está la supervivencia. En ese sentido, la medida cumple una función inmediata: aliviar.

Ahí es donde aparece también su límite. El bono social no altera las condiciones que hacen necesaria su existencia. No interviene sobre la estructura del mercado energético, ni sobre los mecanismos de fijación de precios, ni sobre la lógica de acumulación que convierte un bien esencial en fuente de beneficio. Actúa a posteriori, corrigiendo parcialmente los efectos de un problema que permanece intacto. En términos más clásicos, no toca la raíz de la producción del plusvalor, se limita a redistribuir una parte mínima de sus consecuencias.

El refuerzo del bono social térmico se inscribe en esa misma lógica. Se amplían las ayudas, se incrementan los fondos, se extiende la cobertura. Todo ello tiene un impacto real en la vida cotidiana de los que lo reciben. No obstante, no modifica las condiciones estructurales. Engels describía con crudeza esta dinámica: la sociedad produce las condiciones de la miseria y después interviene para gestionarlas sin eliminarlas.

La garantía de suministro de agua y energía hasta finales de 2026 introduce un elemento más contundente. Evitar cortes en servicios básicos no es una cuestión menor. Marca una frontera entre la precariedad y la exclusión absoluta. Sin embargo, incluso aquí el alcance es limitado. La protección se articula a partir de categorías administrativas que no siempre reflejan la realidad social. Quedan fuera amplias capas de trabajadores que, sin cumplir los criterios formales, viven en una situación de vulnerabilidad constante. La precariedad no siempre se deja capturar por un umbral estadístico.

En el ámbito laboral, la prohibición de despedir por causas vinculadas a la crisis en empresas que reciben ayudas públicas recupera una reivindicación histórica: el dinero público no puede servir para financiar la destrucción de empleo. La medida introduce, además, mecanismos de sanción que refuerzan su eficacia. No se trata solo de una declaración, sino de una norma con consecuencias.

Sin embargo, su carácter temporal revela el marco en el que se inscribe. La protección tiene fecha de caducidad. Más allá de ese límite, se restablece la lógica habitual del mercado laboral. La intervención del Estado, aparece así como una excepción, no como un principio estructural. Gramsci señalaba que las crisis abren momentos de indeterminación, pero también advertía que lo nuevo no emerge automáticamente. Entre lo que muere y lo que no termina de nacer se instala una zona gris donde predominan las soluciones provisionales.

La inclusión de los trabajadores fijos-discontinuos amplía el alcance de la medida, pero no resuelve la naturaleza precaria de este tipo de relación laboral. La intermitencia sigue siendo la norma, aunque se regule de forma distinta. La inseguridad no desaparece, se reorganiza.

Algo similar ocurre con las cooperativas. Las limitaciones a la reducción de empleo o a la modificación de cualificaciones apuntan en una dirección positiva, pero siguen operando dentro de un marco que no se cuestiona. Las cooperativas pueden mostrar formas distintas de organización, pero, como ya se advirtió en el siglo XIX, su margen de acción es limitado mientras operen en un entorno dominado por la lógica del capital.

Los planes de movilidad sostenible introducen una dimensión diferente, vinculada a la transición ecológica. En principio, pueden generar mejoras concretas: reducción de costes de desplazamiento, reorganización del tiempo de trabajo, menor dependencia del transporte individual. Pero su desarrollo efectivo dependerá de la correlación de fuerzas en cada empresa. Sin participación real de los trabajadores, estas medidas pueden quedar en meros instrumentos de gestión o, incluso, convertirse en nuevas formas de control.

La devolución de ayudas en caso de incumplimiento introduce un incentivo, pero no garantiza por sí misma el cumplimiento. La distancia entre la norma y su aplicación efectiva sigue siendo un problema recurrente. El poder no se ejerce únicamente a través de leyes, sino a través de prácticas concretas, y en ese terreno la asimetría entre capital y trabajo sigue siendo determinante.

El refuerzo de las prestaciones no contributivas y del sistema de pensiones vuelve a poner de manifiesto el papel del Estado como garante último de la estabilidad social.

Sin ese soporte, el impacto de las crisis sería mucho más profundo. Pero esa función de contención también cumple otra tarea: estabilizar el sistema, evitar que las tensiones deriven en cuestionamientos más amplios.

No se trata de negar la necesidad de estas medidas. Sería absurdo hacerlo. Para muchas personas, marcan una diferencia tangible en su vida cotidiana. Permiten sostener niveles mínimos de bienestar en contextos adversos. En cambio, reconocer su utilidad no implica ignorar sus límites.

El escudo social actúa como un mecanismo de defensa. Contiene, amortigua, evita caídas más bruscas. Pero aún así, no modifica la estructura que genera esas caídas. No altera la distribución del poder económico, ni la organización del trabajo, ni la lógica de acumulación.

Las crisis siguen trasladándose a los mismos sectores, y las respuestas siguen operando dentro del mismo marco.

En este sentido, su eficacia inmediata convive con su insuficiencia estructural. Permite resistir, pero no transforma. Y esa diferencia es fundamental. Porque aceptar el escudo como horizonte implica asumir que la política social se limita a gestionar los efectos de la desigualdad, no a cuestionar sus causas.

La cuestión, no es por tanto, si el escudo protege. Lo hace. La cuestión en ciernes, es qué tipo de sociedad requiere permanentemente de un escudo para sostenerse. Mientras esa pregunta no se aborde, el debate seguirá girando en torno a la intensidad de la protección, no a la necesidad de superarla.

“Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de distintos modos; de lo que se trata es de transformarlo”, escribió Marx. La frase conserva su vigencia porque apunta a una diferencia esencial: entre gestionar lo existente y abrir la posibilidad de algo distinto.

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