sábado, 14 febrero 2026

· Manzanares | Toledo ·

El retorno de un marxismo sin complejos

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A comienzos de este año coincidieron dos hechos que, observados de manera aislada, podrían parecer secundarios, pero cuya cercanía en el tiempo terminó dibujando un cuadro mucho más profundo. No hablan solo de personas concretas, sino de las coordenadas ideológicas desde las que una parte importante de la izquierda piensa —o evita pensar— la superación del capitalismo.

El primero fue la muerte, el 24 de enero de 2026, del politólogo y escritor marxista Michael Parenti. Hijo de una familia obrera italoestadounidense, Parenti pasó buena parte de su vida profesional pagando el precio de sostener posiciones incómodas. Fue apartado de la docencia universitaria pese al reconocimiento de su trabajo, no por falta de solvencia intelectual, sino por coherencia política. Durante décadas, sus libros y conferencias desmontaron las mentiras estructurales de los grandes medios, el carácter profundamente restringido de la democracia estadounidense y la naturaleza violenta del imperialismo. Pero, sobre todo, defendió sin ambages las experiencias socialistas realmente existentes, analizándolas desde una perspectiva materialista, sin idealizarlas y sin demonizarlas.

El segundo hecho fue la aparición de nueva información sobre la relación entre Noam Chomsky y Jeffrey Epstein. Documentos filtrados indican que el reconocido intelectual acudió en varias ocasiones a encuentros organizados por el multimillonario, ya entonces condenado por delitos sexuales. No existen pruebas de que Chomsky participara en los abusos, pero sí un correo electrónico de 2019 en el que expresa apoyo personal a Epstein y presenta el escándalo como un episodio más de “cultura de la cancelación”. Una reacción que, como mínimo, revela una alarmante ceguera política y moral.

A partir de ahí, en redes sociales comenzó a circular una consigna: retirar a Chomsky del lugar de gran referente de la izquierda crítica y colocar en su lugar a Parenti. Más allá del tono provocador, la discusión apunta a algo más serio. No se trata de intercambiar un nombre por otro, sino de confrontar dos formas distintas de entender la crítica al capitalismo y, sobre todo, el horizonte político que debería acompañarla.

Chomsky se ha definido durante décadas como “socialista libertario” y “anarcosindicalista”. Sus críticas al capitalismo han sido constantes y, en muchos casos, certeras. Sin embargo, también ha mantenido una posición profundamente hostil hacia las experiencias socialistas del siglo XX, especialmente las del bloque del Este. Llegó incluso a valorar positivamente la desaparición de la Unión Soviética, argumentando que así el término “socialismo” quedaba liberado de su asociación con la “tiranía”.

Tres décadas después, el balance histórico desmiente esa lectura. Los países que abandonaron el socialismo no avanzaron hacia ningún modelo emancipador, sino hacia procesos de privatización masiva, empobrecimiento acelerado, desindustrialización y pérdida de soberanía. Tampoco emergió, en ningún lugar, ese socialismo libertario que Chomsky consideraba deseable. Lo que sí se consolidó fue un capitalismo más agresivo, más desigual y más autoritario.

Este punto es clave. Al desligar el socialismo de sus experiencias históricas, se lo convierte en una idea abstracta, siempre perfecta porque nunca se materializa. Un ideal moral, no un proyecto político. Y un ideal que, precisamente por no concretarse, resulta inofensivo para el sistema.

Parenti parte de una lógica opuesta. En obras como Camisas negras y rojos, analiza con datos los avances logrados por la Unión Soviética y otros estados socialistas en vivienda, educación, sanidad, empleo o desarrollo tecnológico, sin ocultar problemas reales como el burocratismo, la rigidez institucional o la debilidad del control obrero. Su enfoque no es nostálgico ni justificatorio. Es histórico y materialista.

Cuando Parenti publicó ese libro, en 1997, el consenso anticomunista era casi absoluto. El “fin de la historia” se presentaba como una verdad incuestionable y cualquier defensa, siquiera matizada, del socialismo era tratada como una excentricidad o una provocación. Sostener entonces que el capitalismo no había demostrado ser superior al socialismo requería algo más que convicción: requería una voluntad consciente de enfrentarse al clima ideológico dominante.

No es casual que las trayectorias públicas de Chomsky y Parenti hayan sido tan distintas. El primero desarrolló una carrera académica sólida dentro de las instituciones del sistema. El segundo fue empujado a los márgenes. La diferencia no está en el talento, sino en el grado de amenaza que cada uno representó. Chomsky critica al poder, pero no legitima las experiencias históricas que realmente desafiaron al capitalismo. Parenti sí lo hace. Y eso tiene consecuencias.

Es cierto que libros de Chomsky como Los guardianes de la libertad siguen siendo herramientas útiles para entender cómo funcionan los medios de comunicación y cómo se fabrica el consenso. Su valor analítico es indiscutible. Pero una herramienta no es un proyecto. Y una crítica que no desemboca en una estrategia de transformación termina convirtiéndose en un ejercicio estéril.

La crítica sin horizonte político puede ser brillante, pero no construye poder. Señala, denuncia, expone, pero no organiza. En el mejor de los casos, alimenta una conciencia crítica; en el peor, se convierte en una forma sofisticada de resignación.

Parenti ofrece algo más. En títulos como Inventar la realidad o Democracia para unos pocos, muestra que la democracia liberal está estructuralmente diseñada para servir a las élites económicas. No como una desviación, sino como su función normal. Mientras la propiedad de los grandes medios de producción permanezca en manos privadas, hablar de “gobierno del pueblo” es una ficción cuidadosamente administrada.

Aquí el debate deja de ser académico y pasa a ser estratégico. No basta con explicar por qué el capitalismo es injusto. Es necesario pensar cómo se construye una fuerza social capaz de sustituirlo. Cómo se organiza la clase trabajadora. Qué tipo de Estado, qué tipo de economía y qué tipo de poder popular son necesarios para una transición socialista.

El crecimiento de la popularidad de Parenti entre sectores jóvenes no es una moda. Es una respuesta a una experiencia generacional concreta. Quienes hoy rondan los veinte o treinta años no han vivido el capitalismo como promesa, sino como precariedad estructural: empleos inestables, salarios insuficientes, alquileres imposibles, endeudamiento crónico y un futuro cada vez más incierto. Para ellos, el relato del progreso capitalista suena vacío.

Cuando la realidad cotidiana contradice de forma tan evidente la propaganda, el miedo al socialismo pierde fuerza. Y cuando ese miedo se desvanece, se abre espacio para reconsiderar la historia.

Parenti no propone regresar al pasado. Propone aprender de él. Entender que las experiencias socialistas fueron intentos reales, con éxitos y fracasos, desarrollados en condiciones extremas. Y que, pese a todo, ofrecieron a millones de personas niveles de seguridad material que hoy el capitalismo es incapaz de garantizar.

La tarea de la izquierda no es buscar figuras perfectas, ni organizar purgas simbólicas. Es recuperar una tradición política que se atreva a hablar de poder, de economía, de propiedad y de clase. Una tradición que no se conforme con gestionar las ruinas, sino que aspire a construir algo nuevo.

En ese sentido, Parenti no es un dogma, pero sí un referente útil. No porque tenga todas las respuestas, sino porque se niega a aceptar la idea de que no hay alternativa. Frente al escepticismo elegante, ofrece historia. Frente al fatalismo, ofrece análisis. Frente al “mejorar lo que hay”, ofrece una conclusión incómoda: lo que hay no es reformable hasta volverse justo.

El capitalismo no está en crisis porque funcione mal, sino porque funciona exactamente como fue diseñado: concentrando riqueza, explotando trabajo y mercantilizando la vida. Pretender humanizarlo es ignorar su lógica básica.

Por eso, hablar de un marxismo sin complejos no es un gesto nostálgico. Es una necesidad política. Significa recuperar la convicción de que la clase trabajadora puede gobernar, de que la economía puede organizarse según necesidades sociales y no según beneficios privados, y de que el socialismo no es una utopía abstracta, sino una posibilidad histórica.

Si la izquierda quiere volver a ser una fuerza transformadora, tendrá que abandonar el miedo a sus propias palabras. Tendrá que decir socialismo sin pedir disculpas y, sobre todo, dotar a esa palabra de contenido real.

En última instancia, el debate no es entre Parenti y Chomsky. Es entre una crítica que se queda en los márgenes y una crítica que aspira a convertirse en proyecto de poder. Entre la comodidad del escepticismo y el riesgo de la construcción. Un marxismo sin complejos no garantiza la victoria. Pero sin él, la derrota está asegurada.

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