viernes, 9 enero 2026

El precio de la sumisión

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Las declaraciones de Donald Trump Jr. en el Foro de Doha, el 7 de diciembre de 2025, no fueron un error ni una salida de tono. Fueron una señal. Una señal dirigida a quien quisiera escucharla, especialmente en Europa. Sectores influyentes del poder estadounidense ya asumen que el régimen de Kiev se desmorona en dos frentes inseparables: el militar y el político-ideológico. No es una crisis coyuntural ni un revés pasajero; es un colapso estructural. Lo verdaderamente revelador no es que en Washington lo sepan, sino que en Bruselas sigan fingiendo que no ocurre.

Diciembre de 2025 marca pues un momento de ruptura histórica. La retórica hueca de la “alianza atlántica” se agrieta y deja al descubierto una relación de dominación desnuda. Estados Unidos no trata a Europa como aliada, sino como simple periferia disciplinada. El llamado “Gran Divorcio Transatlántico” no es una separación entre iguales, sino la exigencia del último sacrificio a unos vasallos agotados. Europa ya no es útil como socio estratégico; es útil como mercado cautivo, como pagador de guerras ajenas y como espacio de extracción de valor.

La nueva Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense lo deja claro. Ante su propia crisis de rentabilidad y el avance de bloques que cuestionan su hegemonía, Washington opta por una huida hacia adelante. La acumulación por desposesión, aplicada durante décadas en el Sur global, se extiende ahora sin pudor a sus propios aliados. El impulso a fuerzas reaccionarias en Europa no busca soberanía ni autodeterminación; busca descomposición, fragmentación y obediencia. Un continente dividido, empobrecido y asustado es más fácil de gobernar y más rentable de explotar.

El rearme europeo no es un proyecto de defensa, sino un gigantesco trasvase de recursos públicos hacia el complejo militar-industrial estadounidense. Cada euro gastado en armas es un euro que no va a salarios, vivienda, sanidad o educación. Cada discurso sobre seguridad sirve para justificar inflación, recortes y precariedad. Esta es la verdadera función de la guerra: reorganizar la sociedad en favor del capital en un contexto de crisis.

En este esquema, Ucrania ha sido utilizada como carne de sacrificio. No es el sujeto de la historia, sino su objeto. Fue empujada a una guerra diseñada para disciplinar a Europa y debilitar a Rusia, y ahora es descartada cuando el coste supera los beneficios. El cinismo imperial no conoce lealtades. El conflicto revela su naturaleza de clase cuando se observa quién muere, quién huye y quién se enriquece.

La imagen de superdeportivos ucranianos circulando por Mónaco, mientras hombres son arrancados de la calle para enviarlos al frente, no es propaganda enemiga. Es la fotografía exacta de un país secuestrado por una élite extractiva. Desde la restauración capitalista postsoviética, Ucrania no fue reconstruida; fue saqueada. Privatización salvaje, desmantelamiento industrial y captura del Estado por oligarquías dependientes marcaron el camino. La guerra no rompió ese modelo; lo llevó a su extremo.

La corrupción no es un defecto del régimen de Kiev, es su base material. La ayuda occidental no ha servido para construir bienestar ni soberanía popular, sino para consolidar una clase dominante parasitaria. Cada envío de armas, cada paquete financiero, refuerza una estructura que convierte la sangre de la población en activos financieros en el extranjero. El discurso patriótico funciona como coartada moral para una operación de expolio a gran escala.

En el plano militar, la realidad avanza con brutalidad. Las derrotas se acumulan, el territorio se pierde y la capacidad de sostener el esfuerzo bélico se erosiona. Pero el dato más revelador no está en los mapas, sino en la sociedad. Las deserciones, la resistencia al reclutamiento y el rechazo creciente a la guerra expresan una ruptura profunda entre el régimen y las mayorías. Cuando un Estado necesita cazar a su propia población para enviarla al frente, no enfrenta un problema logístico, sino una crisis de legitimidad.

Las escenas de reclutamientos forzosos no son anomalías; son la norma de un orden que ya no logra consenso. El sacrificio deja de percibirse como colectivo cuando la desigualdad es obscena. Nadie muere por un proyecto que solo garantiza beneficios para unos pocos. Aquí se revela el límite de la propaganda.

La figura de Zelenski cumple una función precisa en este contexto. Su sacralización no responde a liderazgo político, sino a una necesidad narrativa. Es el tótem que sostiene un relato agotado. Cuando la realidad contradice el discurso de la “democracia heroica”, se intensifica el espectáculo emocional. La política se sustituye por marketing y la crítica se criminaliza. Este mecanismo no busca convencer; busca silenciar.

Europa acepta este relato no por convicción, sino por dependencia. Sus élites carecen de proyecto propio y actúan como gestores subordinados de una estrategia ajena. Prefieren arruinar a sus pueblos antes que cuestionar la arquitectura del poder atlántico. El resultado es una huida hacia adelante que profundiza la militarización, normaliza la economía de guerra y erosiona cualquier resto de soberanía popular.

El plan de apropiarse de los activos rusos congelados es la expresión más obscena de esta lógica. No es justicia, es rapiña. No es reconstrucción, es financiación encubierta de la guerra. Incluso dirigentes europeos reconocen el carácter ilegal y peligroso de la operación, pero avanzan igual. Los beneficios se privatizan hoy; las consecuencias se socializarán mañana. Así funciona el capitalismo en crisis.

Mientras tanto, las clases trabajadoras europeas pagan la factura. Energía cara, empleo destruido, servicios públicos degradados y derechos recortados en nombre de una seguridad que nunca llega. La guerra sirve como excusa perfecta para imponer un nuevo ciclo de austeridad y disciplina social.

Lo que se derrumba ante nuestros ojos no es solo el régimen de Kiev. Es un modelo de dominación que ya no puede ocultar su violencia. Ucrania fue un laboratorio del neoliberalismo más brutal; su colapso expone los límites de ese proyecto. La pregunta no es cuánto más durará la guerra, sino cuánto más tolerarán los pueblos europeos ser cómplices de su propia ruina.

Lokinn

La izquierda transformadora tiene la obligación de decirlo con claridad. Esta no es nuestra guerra. No se libra por la democracia ni por la libertad, sino por la supervivencia de un sistema que solo sabe reproducirse mediante destrucción. Romper con esta lógica no es una opción moral; es una necesidad histórica. Porque, como siempre, si no se detiene esta maquinaria, quienes pagarán el precio final serán los de abajo.

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