El espectáculo de los opiáceos

Comparte

Hay una escena que Marx habría anotado con mezcla de espanto y satisfacción intelectual: dos figuras vestidas de blanco convocando multitudes en estadios madrileños, separadas apenas por unos kilómetros de asfalto y por la diferencia nominal entre lo sagrado y lo profano, recibidas con idéntica devoción y legitimadas por el mismo poder político que se autoproclama progresista. León XIV en el Bernabéu. Bad Bunny en el Metropolitano. Y Pedro Sánchez en algún punto intermedio, decidiendo a cuál de los dos rezarle primero. No es una casualidad histórica. Es la síntesis perfecta del momento en que vivimos: el capitalismo tardío ha conseguido hacer indistinguibles la mercancía y la fe, el entretenimiento y la política, la rebeldía y el consenso. Cuando un jefe de Estado cita en el Congreso a un artista del entretenimiento de masas para legitimar su posición, no estamos ante un acto de valentía cultural. Estamos ante lo que Guy Debord llamó la sociedad del espectáculo: “Todo lo que era directamente vivido se ha alejado en una representación.”

El reguetón no es una anomalía cultural: es el producto lógico de un sistema que convierte el dolor social en mercancía exportable. Como el blues surgió de las plantaciones del sur de Estados Unidos, como el tango emergió de los conventillos de Buenos Aires, como el flamenco nació en los márgenes racializados de Andalucía, el reguetón es la música de una clase trabajadora caribeña que encontró en el ritmo un lenguaje para procesar la violencia, la precariedad y el deseo. Engels escribió que las condiciones de existencia determinan la conciencia, y que esa conciencia adquiere formas que a los ojos de la clase dominante parecen bárbaras o simplemente ruidosas. El reguetón ha pasado por exactamente ese ciclo: primero escarnecido desde los periódicos de clase media como apología del machismo y la vulgaridad, luego absorbido, esterilizado y elevado al canon en cuanto demostró ser rentable a escala global y útil a escala política. La canonización no se ha producido por ningún proceso espontáneo de reconocimiento cultural. Se ha producido porque el mercado encontró el modo de vender la marginalidad como producto de lujo y porque ciertos sectores de la izquierda institucional, incapaces ya de construir su legitimidad sobre programas económicos transformadores, decidieron que la política del entretenimiento podía sustituir a la política de la redistribución.

Bad Bunny defiende a los inmigrantes en sus letras: estupendo. Canta a los transexuales: magnífico. Llena estadios con entradas que oscilan entre ochenta y trescientos euros: ahí está el problema que nadie quiere nombrar. La crítica más feroz al sistema migratorio cuesta lo mismo que una semana de comida para una familia trabajadora. Y eso, en términos marxistas elementales, no es militancia. Es consumo. Es exactamente lo que Adorno y Horkheimer diagnosticaron cuando escribieron que la industria cultural “impide la formación de individuos autónomos, independientes, capaces de juzgar y decidir conscientemente.” La conciencia crítica no se compra en el Metropolitano. Se construye en otro sitio, con herramientas distintas, a un precio que no figura en ninguna plataforma de venta de entradas.

El caso del papa León XIV merece análisis separado, aunque converja en el mismo diagnóstico. El ateísmo no es una rebeldía adolescente contra los curas del colegio. Es una consecuencia epistemológica de tomarse en serio la razón. Bertrand Russell lo formuló con su habitual precisión: “La religión se basa, creo yo, principalmente en el miedo. Es en parte el terror ante lo desconocido y en parte el deseo de sentir que uno tiene una especie de hermano mayor que le defenderá en todos sus apuros.” Un hermano mayor vestido de blanco, rodeado de simbología feudal acumulada durante veinte siglos, con un historial institucional que incluye la Inquisición, el encubrimiento sistemático de pederastia clerical, la oposición activa a los derechos reproductivos de las mujeres y un patrimonio que ningún organismo fiscal independiente ha conseguido auditar con transparencia. Llamarle a esto “referente de la izquierda” no es solo un error político: es una traición categorial. Es confundir la retórica con el programa. Es tomar la puesta en escena por la estructura.

Y sin embargo, el Vaticano ha conseguido un reposicionamiento ideológico que cualquier consultor de comunicación política envidiaría. En un momento en que la derecha tradicional ha migrado tan lejos hacia la ultraderecha que sus posiciones ya no caben en ninguna categoría del siglo XX, el papado ha ocupado el espacio vacante con una retórica de cuidado y solidaridad que suena, en el contexto actual, casi subversiva. Qué tiempos aquellos en que Juan Pablo II amonestaba públicamente a Ernesto Cardenal por tomarse en serio a Mateo 19:24: “Más fácil es pasar un camello por el ojo de una aguja que entrar un rico en el reino de Dios.” Hoy León XIV rescata esa retórica porque la ultraderecha ha abandonado cualquier pretensión de humanismo cristiano y el mercado del posicionamiento moral tiene un hueco enorme que llenar. No es conversión: es competencia. No es profecía: es estrategia de marca. Marx, que sabía lo que hacía cuando escribió que la religión es “el opio del pueblo”, añadía algo que se cita con mucha menos frecuencia: que ese opio es también “el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón.” El error no está en la gente que busca consuelo. El error está en confundir el consuelo con la emancipación.

Lo que estamos presenciando en Madrid es exactamente esa sustitución. Dos espectáculos masivos, dos convocatorias de multitudes que buscan lo que el sistema político ordinario ya no puede ofrecerles: el sentido de pertenencia a algo más grande que uno mismo. Las religiones y los conciertos de estadio comparten la misma tecnología emocional: la masa, la luz, el sonido que ocupa el cuerpo entero, el líder en el escenario que señala hacia algo trascendente, el momento de comunión colectiva que hace olvidar por unas horas la soledad estructural del sujeto neoliberal. Durkheim lo llamó “efervescencia colectiva” al analizarla en los rituales religiosos primitivos, y no habría tenido ningún problema en aplicar el mismo concepto a ochenta mil personas cantando en reguetón o escuchando una misa papal. La función es idéntica: crear temporalmente la ilusión de que la comunidad existe, de que algo nos une más allá del número de cuenta corriente y del contrato precario. El problema es que esa ilusión se disuelve en cuanto se encienden las luces del estadio.

Y mientras tanto, Sánchez ha encontrado en esa efervescencia un recurso político de enorme eficacia: si no puedes regular el mercado del alquiler con contundencia suficiente para que una familia trabajadora viva en Madrid sin dedicar el sesenta por ciento de su salario a la vivienda, al menos puedes citar a Bad Bunny en el Congreso. Al menos puedes fotografiarte con el papa. Al menos puedes construir la imagen de un gobierno del lado correcto de la historia cultural, aunque no estés del lado correcto de la historia económica. Esto no es una invención española: es el manual de la socialdemocracia europea del siglo XXI, que ha encontrado en el progresismo identitario un sustituto relativamente barato para el progresismo material que ya no sabe o no quiere financiar. Ayuso, previsiblemente, ha llamado farsante a Sánchez, y en esto la derecha madrileña ha dicho algo con una pizca de verdad incrustada en su habitual demagogia, no porque tenga autoridad moral alguna para hablar de coherencia, sino porque la farsa existe aunque quien la denuncia forme parte de una farsa todavía mayor.

Y luego está la Casita: esa zona VIP donde Bad Bunny recibe a influencers, futbolistas de élite y gente suficientemente famosa como para merecer la proximidad al profeta. Se la ha criticado por clasista, y la crítica es justa aunque insuficiente, porque reproduce dentro del propio espectáculo progresista la misma jerarquía que el espectáculo finge cuestionar. Es el artista que canta a los marginados construyendo a su alrededor una burbuja de exclusividad que los marginados no pueden ni ver desde fuera. Bourdieu lo llamó la distinción: el capital cultural funciona igual que el capital económico, estratificando y jerarquizando. La Casita es el símbolo perfecto de una época en que la iconografía de la rebeldía se ha convertido en el lujo definitivo de quienes nunca necesitaron rebelarse de verdad.

Marx escribió que “la crítica de la religión es el presupuesto de toda crítica”, no porque la religión sea el único problema, sino porque la disposición a aceptar consuelos sobrenaturales en lugar de transformaciones materiales es el mecanismo sobre el que descansa toda forma de dominación. Hoy ese mecanismo opera también a través de los estadios, de las plataformas de streaming y de los políticos que renuncian a transformar las condiciones materiales de existencia y prefieren transformar las listas de reproducción de sus votantes. El opio del pueblo tiene hoy muchos formatos. Viene en blanco papal y en blanco escénico. Viene con acento puertorriqueño y con acento vaticano. Y en todos los casos produce el mismo efecto: dos horas de efervescencia colectiva, la sensación fugaz de que algo cambia, y luego las luces del estadio que se encienden y el metro que hay que coger de vuelta a casa, donde el alquiler sigue siendo el alquiler, el contrato sigue siendo precario y la hostia, por decirlo en el único lenguaje que une a los dos espectáculos de esta semana madrileña, sigue siendo la hostia.

Más noticias

+ noticias