El capitalismo tardío no se conforma ya con explotar la fuerza de trabajo durante una jornada delimitada. Su ambición histórica, empujada por la lógica de la acumulación permanente, consiste en ocupar la totalidad de la vida: el tiempo laboral, el ocio, la atención, el deseo, la comunicación y, finalmente, el descanso. En este escenario, el sueño aparece como una de las últimas fronteras materiales que todavía resisten a la subordinación completa del ser humano al mercado. Dormir, cerrar los ojos, retirarse del circuito de la producción y del consumo, se convierte así en un gesto profundamente político.
Desde una perspectiva marxista-leninista, esta ofensiva contra el descanso no puede entenderse como un simple exceso cultural ni como una consecuencia accidental de la tecnología. Se trata, por el contrario, de una fase avanzada de la dominación capitalista sobre el cuerpo y sobre el tiempo. Marx mostró que el capital necesita ampliar constantemente sus espacios de valorización; Lenin explicó, a su vez, que el imperialismo lleva esa dinámica a una escala superior, concentrando poder económico, técnico y político en manos de monopolios cada vez más agresivos. Hoy, las grandes corporaciones digitales prolongan esa lógica: convierten cada segundo de atención humana en dato, mercancía y beneficio.
En consecuencia, el régimen 24/7 no es un entorno neutral. Es una estructura de poder que impone la disponibilidad permanente como norma social. El trabajador ya no solo debe vender su fuerza de trabajo en la fábrica, en la oficina o en la plataforma; debe permanecer conectado, visible, localizable y productivo incluso cuando cree descansar. La frontera entre jornada laboral y vida privada se debilita hasta casi desaparecer. El teléfono móvil, las redes sociales y la economía de la atención funcionan como dispositivos de vigilancia blanda: no siempre ordenan de forma directa, pero condicionan, estimulan y disciplinan.
Además, la colonización del sueño revela una contradicción central del capitalismo. El cuerpo humano posee límites biológicos que el capital considera obstáculos. La necesidad de dormir interrumpe la circulación de mercancías, reduce el consumo, frena la producción de datos y suspende, durante unas horas, la obediencia al mandato del rendimiento. Por eso el sueño resulta insoportable para un sistema que aspira a convertir la vida entera en fábrica. Mientras dormimos, no compramos, no competimos, no producimos contenido, no alimentamos algoritmos y no entregamos nuestra atención a la maquinaria publicitaria.
Jonathan Crary ha señalado con lucidez que el capitalismo 24/7 busca destruir los ritmos naturales de la existencia. Su crítica se inscribe en una tradición anticapitalista que entiende la vida humana como algo más que una reserva de energía disponible para el mercado. La luz artificial, las pantallas, las plataformas digitales y la conexión constante no son simples herramientas inocentes; forman parte de una reorganización social que pretende imponer una vigilia continua, fragmentar la atención y debilitar los vínculos comunitarios. Bajo esa lógica, el descanso deja de ser un derecho y pasa a ser tratado como una falla del sistema.
Ahora bien, esta ofensiva no comenzó con Silicon Valley. La historia del capitalismo es también la historia de una guerra contra el tiempo propio de las clases trabajadoras. Las luchas por la reducción de la jornada laboral, por el domingo libre, por las vacaciones pagadas y por el derecho al descanso fueron conquistas arrancadas mediante organización, conflicto y conciencia de clase. Nada de ello fue concedido por benevolencia burguesa. Cada hora liberada del mando patronal fue resultado de una disputa política. El capitalismo 24/7 intenta revertir esa historia, no siempre alargando formalmente la jornada, sino invadiendo sus alrededores.
Por tanto, la alienación descrita por Marx adquiere hoy una forma más extensa y más íntima. El trabajador no solo se separa del producto de su trabajo; también se separa de su propio ritmo vital. El tiempo libre se transforma en tiempo capturado. El ocio se llena de estímulos diseñados para producir datos. La conversación se convierte en interacción medible. La identidad se convierte en escaparate. Incluso la subjetividad queda sometida a métricas: seguidores, reproducciones, respuestas, impresiones, puntuaciones. La mercancía ya no está únicamente fuera del sujeto; atraviesa su imagen, sus relaciones y su percepción de sí mismo.
En este punto, las aportaciones de Christian Fuchs permiten comprender con mayor precisión el carácter explotador del capitalismo digital. El usuario de redes sociales aparece como prosumidor: consume contenidos, pero también produce valor para las plataformas mediante cada clic, cada fotografía, cada búsqueda y cada segundo de permanencia. Ese trabajo digital no remunerado genera plusvalía de datos. La aparente gratuidad de las plataformas oculta una relación de explotación: no pagamos con dinero de forma inmediata, sino con atención, información personal, hábitos, vínculos y tiempo de vida.
Asimismo, la comparación entre la experimentación militar sobre la privación del sueño y la arquitectura persuasiva de las plataformas digitales resulta reveladora. El intento de producir soldados capaces de permanecer despiertos durante largos periodos muestra hasta qué punto el poder imperialista sueña con cuerpos sin descanso, organismos disponibles para la guerra, la vigilancia y la producción. Lo que el laboratorio militar explora de manera brutal, el mercado civil lo normaliza de forma cotidiana. Las notificaciones, el desplazamiento infinito, la recompensa intermitente y la ansiedad de la conexión actúan como mecanismos de prolongación de la vigilia.
Sin embargo, no debemos confundir esta dominación con una fatalidad técnica. La tecnología no es, por sí misma, el enemigo principal. El problema reside en la propiedad, en la finalidad social y en el mando de clase que orienta su desarrollo. Bajo el capitalismo monopolista, la innovación se pone al servicio de la ganancia privada; bajo una perspectiva socialista, debería subordinarse a las necesidades colectivas, a la salud pública, a la educación, al descanso y a la planificación racional de la vida común. La cuestión decisiva no es si usamos tecnología, sino quién la controla y para qué intereses.
De ahí, que la imagen de la Máquina de Moloch, presente en Metrópolis, conserve una fuerza extraordinaria. Aquel monstruo industrial que devoraba cuerpos obreros encuentra hoy su equivalente en las plataformas, los mercados financieros, los algoritmos de rendimiento y la cultura empresarial de la disponibilidad absoluta. La antigua fábrica exigía diez, doce o catorce horas; la máquina contemporánea pretende algo más profundo: una vigilia total, una atención permanente, una vida sin zonas opacas para el capital. Moloch ya no solo está en la fábrica; también vibra en el bolsillo, ilumina la habitación y acompaña la cama.
Frente a ello, defender el sueño no significa idealizar la pasividad ni convertir el descanso en refugio individualista. Significa afirmar que el ser humano no puede ser reducido a instrumento de producción. Significa recordar que la emancipación exige recuperar el dominio colectivo sobre el tiempo. La clase trabajadora no necesita optimizar su insomnio, sino organizarse contra las condiciones que lo producen: precariedad, jornadas partidas, pluriempleo, hiperconectividad, vigilancia empresarial, endeudamiento, ansiedad competitiva y mercantilización de la vida cotidiana.
Por ello, la vieja provocación de Paul Lafargue en El derecho a la pereza vuelve con una actualidad inesperada. Su crítica al dogma del trabajo no era una defensa de la inercia, sino una denuncia de la moral burguesa que glorifica la explotación como virtud. En el siglo XIX, reclamar tiempo libre significaba combatir la esclavitud fabril; en el XXI, reclamar el derecho a dormir significa oponerse a la fábrica invisible que pretende instalarse en cada minuto de la existencia. La pereza de Lafargue, entendida como ocio creativo y vida liberada, se convierte hoy en una consigna contra la dictadura de la productividad.
En definitiva, el sueño es una trinchera porque interrumpe la lógica del capital. Es un resto de humanidad no completamente traducible a mercancía. Pero ninguna trinchera se conserva sin lucha. Si el capitalismo aspira a colonizar incluso la noche, la respuesta debe ser política, organizada y colectiva: limitar la jornada real, desconectar el trabajo de la vida privada, someter las plataformas al control democrático, proteger la salud mental y reconstruir comunidades capaces de resistir al aislamiento digital. Dormir, en una sociedad que exige rendimiento perpetuo, no es solo una necesidad biológica; es también una afirmación de clase, una negativa silenciosa ante Moloch y una defensa elemental de la vida frente al capital.
