Los eslóganes aparecen cuando la realidad se vuelve difícil de explicar. En momentos de incertidumbre, una frase breve ordena el desconcierto, fija culpables y ofrece identidad. Durante el ciclo del 15M se repetía que éramos “la generación más preparada de nuestra historia”. Aquella consigna funcionaba como elogio, pero también como denuncia: si una juventud con más estudios que ninguna otra no encontraba empleo estable ni expectativas de futuro, el problema no podía ser individual. El foco se desplazaba hacia un modelo económico incapaz de garantizar condiciones materiales dignas.
Hoy circula un eslogan distinto y más áspero: “la generación más de extrema derecha de la democracia del 78”. La sentencia es tajante y, precisamente por eso, tranquilizadora para quien la pronuncia. Si el problema es la “la juventud”, el resto queda a salvo. El crecimiento de Vox se explica como una anomalía biográfica, como si una cohorte concreta hubiese decidido torcer el rumbo democrático por capricho. Sin embargo, ningún fenómeno político de esta magnitud surge de la nada ni se limita a una franja de edad.
La socialización política comienza mucho antes de que alguien abra una red social. Se aprende en casa, en la escuela, en el entorno inmediato. Las plataformas digitales amplifican discursos, pero no fabrican valores desde cero. Cuando parte de la juventud normaliza mensajes autoritarios, conviene preguntarse qué relatos heredó y qué memoria histórica recibió. España arrastra una particularidad evidente: el franquismo no fue desmontado culturalmente con la misma profundidad con la que se reformaron las instituciones. La dictadura sangrienta de criminal de Franco terminó en el plano formal, pero su huella siguió presente en conversaciones familiares, en silencios y en lugares comunes que hablaban de “orden” y “paz” sin mencionar la represión.
Durante décadas, una parte significativa de la sociedad mantuvo una visión ambivalente sobre el régimen. No se trataba de una nostalgia militante, sino de una indulgencia difusa: la idea de que hubo “cosas buenas y malas”, la tendencia a equiparar responsabilidades o a reducir el conflicto histórico a una desgracia inevitable entre compatriotas. Esa ambigüedad formó parte del sentido común democrático en construcción. La Transición aseguró libertades y estabilidad, pero evitó una confrontación profunda con el pasado. El resultado fue una memoria pública incompleta.
La educación no siempre compensó esa carencia. El tratamiento del franquismo en las aulas fue desigual y, en ocasiones, superficial. Sin una explicación clara de lo que supone una dictadura —la suspensión de derechos, la censura, el miedo, el exilio— la democracia corre el riesgo de percibirse como un simple marco administrativo. Cuando no se entiende lo que se perdió, tampoco se valora del todo lo que se tiene. La memoria democrática no es un lujo ideológico; es la base que permite distinguir entre autoridad legítima y autoritarismo.
Ahora bien, limitar el análisis a la herencia histórica sería insuficiente. La generación que hoy se señala ha crecido en un contexto de precariedad persistente. Ha encadenado contratos temporales, salarios bajos y alquileres imposibles. Ha vivido crisis económicas sucesivas como paisaje habitual. La promesa de que el esfuerzo y la formación garantizan estabilidad se ha debilitado. En ese escenario, los discursos simples encuentran terreno fértil porque ofrecen explicaciones directas a frustraciones reales.
La extrema derecha no cuestiona la estructura económica que produce esas inseguridades; desplaza el malestar hacia enemigos visibles. Migrantes, feministas o minorías se convierten en chivos expiatorios de problemas que tienen raíces estructurales. Esa estrategia no es exclusiva de España. En Estados Unidos, Italia o Argentina, distintas variantes conservadoras han articulado el descontento juvenil combinando agravios económicos con relatos identitarios. La edad, por sí sola, no explica el fenómeno; se cruza con clase social, territorio y expectativas de futuro.
Hay, además, un elemento que rompe la idea de una juventud homogéneamente derechizada: la brecha de género. El apoyo a Vox es notablemente mayor entre hombres jóvenes que entre mujeres. Esa diferencia apunta a tensiones relacionadas con los cambios en las relaciones de poder simbólico y material. Mientras tanto, el feminismo y los movimientos por la diversidad sexual han contado con una participación juvenil intensa y sostenida. La cultura política de la juventud está atravesada por conflictos y disputas, no por una deriva unívoca.
Tampoco conviene medir la radicalización únicamente en escaños o porcentajes de voto. La historia reciente demuestra que la presencia institucional no siempre refleja la intensidad de determinadas corrientes culturales. Durante la Transición, aunque Blas Piñar, tuvo una representación parlamentaria limitada, existieron grupos ultras activos en la calle. La baja traducción electoral no implicaba ausencia ideológica. La política formal y las corrientes sociales no avanzan siempre al mismo ritmo.
La izquierda, por su parte, no puede eludir su responsabilidad. Cuando el discurso progresista se distancia de las condiciones materiales —empleo, vivienda, servicios públicos— pierde capacidad de arraigo. La defensa de valores democráticos necesita apoyarse en una experiencia cotidiana de seguridad y dignidad. Si la vida se percibe como inestable, las apelaciones abstractas resultan insuficientes. La disputa cultural exige ofrecer un horizonte creíble, no solo advertencias sobre los riesgos del retroceso.
El componente territorial añade otra dimensión. Las desigualdades entre áreas dinámicas y regiones castigadas por la desindustrialización generan sentimientos de abandono. Sin políticas de cohesión efectivas, el malestar se transforma en demanda de pertenencia simbólica. La extrema derecha ha sabido capitalizar esa sensación prometiendo reconocimiento donde faltan oportunidades reales.
Hablar de “la generación más de extrema derecha” simplifica un proceso complejo y compartido. No se trata de una desviación moral repentina, sino del resultado de una memoria histórica incompleta, de inseguridades económicas persistentes y de una batalla cultural en curso. Culpar a los jóvenes permite eludir preguntas más incómodas sobre las decisiones colectivas de las últimas décadas.
La democracia no se sostiene únicamente en procedimientos electorales. Necesita conciencia histórica y condiciones materiales que hagan verosímil la igualdad. Sin ambas, el terreno queda abierto para quienes ofrecen orden sin libertad o identidad sin justicia social. Si se quiere frenar el avance de opciones reaccionarias, la tarea no consiste en estigmatizar a una generación, sino en reconstruir un proyecto común que combine memoria crítica y seguridad vital. Solo así la democracia dejará de apoyarse en inercias y podrá afirmarse como convicción compartida.

