Aznar llegó a Ceuta como llegan los viejos representantes de una clase política que se resiste a desaparecer: envuelto en solemnidad, protegido por los símbolos del poder y dispuesto a convertir la palabra en sustituto de la acción. No fue a explicar una estrategia, ni a ofrecer una salida material a una crisis concreta; fue, sobre todo, a ocupar una escena. Y en política, cuando la escena sustituye al análisis, el resultado suele ser una mezcla de propaganda, nostalgia imperial y oportunismo de clase.
En efecto, su presencia no puede entenderse como un gesto aislado. Aznar no apareció en las grandes catástrofes sociales recientes; no estuvo donde el pueblo sufría las consecuencias de riadas, incendios, abandono institucional o precariedad acumulada. Sin embargo, sí acudió a Ceuta, allí donde la derecha española puede activar con mayor facilidad sus resortes ideológicos: frontera, patria, soberanía, miedo al otro y defensa abstracta de una España presentada como unidad sagrada, no como comunidad real de trabajadores y trabajadoras con problemas concretos.
Ahora bien, el problema no es solo Aznar. Él representa una forma de hacer política que convierte cada crisis en materia inflamable para la reacción. Allí donde debería hablarse de cooperación internacional, derechos humanos, planificación estatal, responsabilidad diplomática y condiciones materiales, la derecha prefiere hablar de invasión, humillación nacional y firmeza. Es una operación conocida: desplazar el conflicto desde sus causas estructurales hacia un enemigo externo o racializado, con el fin de impedir que la población mire hacia arriba, hacia quienes gobiernan, explotan y deciden.
Desde una perspectiva marxista-leninista, la crisis de Ceuta no puede analizarse únicamente como un problema fronterizo. La frontera es, en realidad, una expresión territorial de relaciones desiguales entre Estados, clases y bloques de poder. Ceuta condensa contradicciones históricas: colonialidad, dependencia económica, chantaje migratorio, subordinación diplomática y una desigualdad brutal entre ambos lados de la verja. La derecha, sin embargo, oculta esta complejidad porque no le interesa resolverla; le interesa administrarla como espectáculo político.
Por eso Aznar no fue a Ceuta a hacer, aunque fingiera hacerlo. Fue a decir. Y dijo lo previsible: que el Gobierno no está gestionando bien la crisis, que España debe defenderse, que la soberanía está amenazada. Pero no explicó cómo actuar sin vulnerar la legalidad, sin pisotear el derecho humanitario y sin convertir a seres humanos en mercancía propagandística. La palabra de Aznar fue, por tanto, verbo vacío: una palabra cargada de autoridad simbólica, pero desprovista de contenido transformador.
Asimismo, conviene señalar la responsabilidad del Gobierno. La crítica a la derecha no exonera al Ejecutivo de sus errores, de sus silencios ni de su torpeza comunicativa. La gestión de la crisis ha mostrado vacilación, descoordinación y una preocupante tendencia a reaccionar tarde. Cuando el Estado tarda en aparecer, otros ocupan el espacio: la derecha mediática, el nacionalismo excluyente y la extrema derecha organizada. En ese vacío, cada gesto tardío se convierte en munición para quienes viven políticamente del deterioro.
No obstante, una cosa es señalar los límites del Gobierno y otra muy distinta aceptar la salida reaccionaria que proponen el Partido Popular y Vox. Exigir deportaciones ilegales, alimentar el pánico social o convertir la frontera en un escenario de castigo colectivo no es una política de Estado; es la renuncia al Estado de derecho en nombre de una patria entendida como propiedad de clase. Cuando la legalidad molesta, la derecha la invoca selectivamente; cuando protege a los débiles, la presenta como obstáculo.
De ahí que el discurso de Aznar resulte tan revelador. Bajo la apariencia de firmeza se esconde una impotencia política profunda. La derecha española habla de soberanía, pero acepta sin incomodidad la subordinación geopolítica a los grandes centros imperialistas. Habla de patria, pero defiende un modelo económico que precariza a su propio pueblo. Habla de seguridad, pero nunca de la seguridad material de quienes no llegan a fin de mes. Habla de orden, pero su orden consiste en blindar privilegios y disciplinar pobres.
Por consiguiente, Ceuta no necesita sermones pronunciados bajo frescos solemnes ni frases grandilocuentes destinadas al consumo partidista. Necesita una política pública seria, sostenida y material: inversión social, refuerzo de servicios públicos, cooperación transparente, inteligencia diplomática, protección de menores, garantía de derechos y una comunicación clara que no deje el terreno libre a la mentira. El Estado debe estar presente, sí; pero no como puño xenófobo, sino como herramienta colectiva al servicio de la mayoría.
En cambio, el bloque reaccionario ofrece una salida emocionalmente simple y políticamente peligrosa. Su propuesta consiste en endurecer el gesto, señalar culpables débiles y convertir la angustia social en resentimiento nacional. Ese mecanismo no es nuevo. Cada vez que el capitalismo produce inseguridad, desigualdad y miedo, la derecha procura redirigir la rabia popular contra quienes tienen menos poder: migrantes, pobres, menores extranjeros, trabajadores precarizados o pueblos vecinos. Es la vieja función ideológica de la reacción: impedir que la lucha de clases aparezca con su verdadero nombre.
Aznar encarna, en este sentido, una política de otro tiempo que sigue siendo útil para las élites actuales. Su figura permite escenificar autoridad sin tener que rendir cuentas por los desastres históricos asociados a su proyecto: subordinación atlántica, arrogancia imperial, neoliberalismo agresivo y una concepción patrimonial del Estado. Que vuelva a aparecer como voz moral ante una crisis revela hasta qué punto ciertos sectores de la derecha necesitan invocar fantasmas para ocultar su falta de futuro.
Mientras tanto, la extrema derecha presiona para desplazar todo el debate hacia sus coordenadas. Vox no necesita gobernar para imponer lenguaje; le basta con contaminar el sentido común. Cuando el PP acepta sus marcos, aunque sea con gesto institucional, contribuye a normalizar una mirada que reduce los derechos humanos a debilidad y la solidaridad a traición. Así, el centro político se desplaza hacia la barbarie, y lo que ayer parecía inadmisible empieza a presentarse como sentido común.
Frente a ello, la izquierda no puede limitarse a administrar la emergencia con miedo a la reacción. Debe disputar el marco completo. Defender la legalidad no basta si no se explica qué intereses se mueven detrás de cada crisis. Defender los derechos humanos no basta si no se vinculan con vivienda, trabajo, servicios públicos y planificación. Defender la soberanía no basta si no se entiende como soberanía popular, económica y democrática, no como retórica vacía al servicio de banderas agitadas desde salones de palacio.
Además, toda política seria hacia Ceuta exige reconocer su especificidad. No se trata de una periferia decorativa ni de un escenario útil para fotografías de poder. Es una ciudad atravesada por tensiones históricas, económicas y culturales que requieren presencia constante, no visitas ceremoniales. El abandono institucional crea miedo; el miedo crea terreno fértil para el racismo; y el racismo permite a las élites evitar el debate central: quién paga las crisis y quién se beneficia de ellas.
En definitiva, Aznar fue a Ceuta a conjugar un verbo sin acción: decir, señalar, solemnizar, incendiar. Pero la política que necesita el pueblo no es la del verbo hueco, sino la de la organización consciente y la intervención material. Allí donde la derecha levanta mitos nacionales, hace falta levantar poder popular; allí donde se agita el miedo, hace falta explicar las causas; allí donde se pide mano dura contra los débiles, hace falta firmeza contra quienes producen la desigualdad.
Porque defender España, si esa expresión quiere tener algún contenido emancipador, no puede significar perseguir desesperados ni suspender derechos. Defender España debería significar defender a su clase trabajadora, sus servicios públicos, su dignidad democrática y su capacidad para no arrodillarse ante el chantaje de las élites internas ni externas. Todo lo demás es decorado, palabra muerta, verbo sin sujeto histórico. Y de verbos vacíos, Ceuta ya ha tenido bastante.
