Guerra y paz, de Tolstói, comienza en un salón aristocrático, el de Anna Pavlovna, donde la nobleza rusa conversa sobre la guerra con una mezcla de fascinación, frivolidad y resignación. La guerra aparece allí como destino inevitable, como asunto de Estado, como teatro de los grandes hombres. No como lo que realmente es: sufrimiento organizado, violencia de clase, destrucción de pueblos y prolongación sangrienta de los intereses de quienes mandan.
Hoy, en las cumbres de la OTAN y en los pasillos blindados de Bruselas, resuena una música parecida. Cambian los trajes, los idiomas y los decorados, pero permanece intacta la misma lógica: la guerra vuelve a presentarse como una necesidad técnica, como una obligación moral, como una fatalidad histórica que solo cabe gestionar. Se habla de seguridad, de defensa, de amenazas y de estabilidad; sin embargo, detrás de ese vocabulario aparentemente neutral se esconde una decisión política muy concreta: sostener un orden internacional basado en la fuerza, la jerarquía y la subordinación de unos pueblos a otros.
La OTAN es, en ese sentido, mucho más que una alianza militar. Es una arquitectura de poder nacida en la Guerra Fría, diseñada para preservar la hegemonía occidental y, en particular, la primacía de Estados Unidos sobre Europa. Su permanencia en pleno siglo XXI no responde a una necesidad real de los pueblos europeos, sino a la incapacidad de las élites atlánticas para imaginar un mundo distinto al que les garantizó privilegios durante décadas. La OTAN no protege la paz: protege una correlación de fuerzas.
Desde una mirada marxista, conviene empezar por ahí: ninguna institución militar de esta escala puede entenderse al margen de las relaciones materiales que la sostienen. La guerra no es un accidente, ni una desviación irracional de dirigentes especialmente torpes. Es una forma extrema de la política cuando el capital necesita abrir mercados, asegurar recursos, disciplinar territorios, contener competidores o recomponer su hegemonía en crisis. Por eso, tras cada discurso solemne sobre la libertad, aparecen siempre los mismos intereses: energía, rutas comerciales, contratos de reconstrucción, industria armamentística, control geopolítico y obediencia de los aliados.
En Irak, Afganistán, Libia o Ucrania, la historia reciente muestra los límites brutales del militarismo occidental. Allí donde prometió democracia, dejó Estados rotos; allí donde prometió estabilidad, sembró caos; allí donde habló de derechos humanos, toleró o produjo sufrimiento masivo. La OTAN y su entorno político-mediático han convertido cada fracaso en argumento para el siguiente rearme. Nunca rinden cuentas. Nunca admiten que sus intervenciones no han traído paz. Al contrario: cuanto más evidente es el desastre, más presupuesto reclaman, más obediencia exigen y más estrecho hacen el margen para discutir alternativas.
Por eso resulta imprescindible disputar las palabras. Cuando el viejo orden se resquebraja, las clases dominantes intentan conservar el lenguaje que lo legitimaba. Llaman “defensa” a la militarización, “responsabilidad” al seguidismo, “realismo” a la sumisión y “amenaza” a todo actor que no acepte el mando occidental. Recuperan categorías del siglo XX, e incluso del XIX, para interpretar una realidad que ya no cabe en sus mapas. Hablan como si el mundo siguiera dividido entre un centro civilizado y unas periferias peligrosas; como si Europa tuviera derecho natural a mandar; como si Estados Unidos pudiera seguir actuando como policía planetario sin que nadie cuestionara su autoridad.
Sin embargo, esa ficción se agrieta. El mundo ya es multipolar, aunque a muchos les pese. Nuevas potencias disputan espacios económicos, tecnológicos y diplomáticos. El Sur global exige voz propia. Las viejas recetas imperiales encuentran resistencias crecientes. Y Europa, en lugar de pensar su autonomía desde la paz, la cooperación y la justicia social, parece empeñada en convertirse en apéndice militar de una potencia estadounidense cada vez más agresiva, inestable y consciente de su declive relativo.
La contradicción es evidente. Mientras buena parte de la ciudadanía europea sitúa la paz entre sus prioridades fundamentales, las instituciones comunitarias responden con planes gigantescos de rearme. Se invocan cifras astronómicas para armamento con la misma tranquilidad con la que se niegan recursos a la vivienda, la sanidad, la educación, los cuidados o la transición ecológica. Hay dinero para misiles, pero no para garantizar vidas dignas. Hay urgencia para blindar fronteras, pero no para rescatar a quienes se ahogan en ellas. Hay solemnidad para hablar de defensa, pero cinismo cuando se trata de defender salarios, pensiones o servicios públicos.
Esto no es una contradicción menor: es una crisis de representación. Las mayorías sociales no han pedido una Europa convertida en fortaleza armada ni en sucursal estratégica de Washington. Quieren seguridad, sí, pero la seguridad real no consiste en acumular tanques. Seguridad es tener casa, trabajo, derechos, salud, futuro y paz. Seguridad es no vivir bajo la amenaza permanente de una escalada bélica. Seguridad es que los recursos colectivos no sean capturados por el complejo militar-industrial mientras se exige austeridad a quienes sostienen la sociedad con su trabajo.
En este punto, el análisis de clase resulta indispensable. El rearme no cae del cielo: tiene beneficiarios concretos. Cada aumento del gasto militar alimenta empresas, fondos, lobbies y redes de poder que convierten el miedo en rentabilidad. La guerra, incluso antes de estallar, ya produce beneficios. Produce contratos, carreras políticas, titulares disciplinados y consensos autoritarios. Mientras tanto, las clases trabajadoras pagan dos veces: primero, con sus impuestos; después, con los recortes, la inflación, la precariedad y, llegado el caso, con sus cuerpos enviados a conflictos que no decidieron.
Además, la militarización exterior suele venir acompañada de endurecimiento interior. Quien acostumbra a mirar el mundo como campo de batalla termina mirando también a su propia población como amenaza. La lógica del enemigo se desplaza hacia dentro: migrantes, jóvenes movilizados, sindicalistas, feministas, ecologistas, pueblos que reclaman autodeterminación o simples mayorías que no aceptan resignarse. La Europa fortaleza y la Europa del rearme forman parte de un mismo proyecto: defender privilegios en un mundo desigual mediante fronteras, policía, disciplina fiscal y obediencia geopolítica.
Frente a esa deriva, emerge una fractura generacional y política de enorme importancia. Las movilizaciones contra el genocidio en Gaza mostraron que una parte significativa de la juventud europea ya no compra el relato moral de sus gobiernos. Vieron con claridad la hipocresía de quienes invocan el derecho internacional en unos casos y lo silencian en otros; de quienes hablan de valores europeos mientras toleran masacres; de quienes condenan unas ocupaciones y justifican otras según convenga a sus alianzas. Esa generación no está marcada solo por una causa concreta, sino por una experiencia histórica: la constatación de que el discurso liberal occidental se derrumba cuando choca con los intereses del poder.
También se quiebra el relato respecto a China y al nuevo equilibrio mundial. Las instituciones europeas tienden a describir como amenaza todo aquello que no se subordina a Estados Unidos. Rusia, China, Irán, Corea del Norte o cualquier actor que desafíe la arquitectura occidental aparecen en el mismo saco, como si el planeta entero solo pudiera ordenarse alrededor de un centro legítimo. Pero esa mirada no explica el mundo: lo deforma. Europa necesita una política exterior propia, basada en la cooperación, la diplomacia y la defensa del derecho internacional, no en una mentalidad de bloque que convierte la competencia económica en antesala permanente de la guerra.
Esto no significa idealizar a otras potencias ni sustituir un imperialismo por otro. Una izquierda transformadora no debe caer en campismos automáticos. Su tarea no es aplaudir a cualquier rival de Washington, sino construir una posición internacionalista, antiimperialista y democrática. Eso implica rechazar la dominación estadounidense, pero también defender la soberanía de los pueblos, los derechos humanos, la paz justa y la cooperación entre iguales. El horizonte no puede ser cambiar de amo; debe ser acabar con la lógica de los amos.
Por eso la pregunta decisiva no es cómo reforzar la OTAN, sino cómo superar el orden que la hace parecer necesaria. Necesitamos otra arquitectura de seguridad global, una que no se funde en bloques militares, carreras armamentísticas ni zonas de influencia. Una seguridad común basada en el desarme progresivo, la resolución diplomática de conflictos, la justicia climática, la redistribución de recursos y el respeto efectivo a la autodeterminación de los pueblos. Paz no es ausencia provisional de guerra: paz es organización justa de la vida común.
En Europa, esa alternativa exige valentía política. Supone romper con el vasallaje atlántico, desmilitarizar el debate público y recuperar la prioridad de lo social frente a lo bélico. Supone decir que ningún proyecto emancipador puede construirse aceptando como natural la industria de la muerte. Supone recordar que el internacionalismo obrero nació precisamente contra la idea de que los trabajadores debían matarse entre sí para defender los beneficios de sus burguesías nacionales.
Tolstói cerraba Guerra y paz con la imagen de un niño que, después del horror, sueña con hacer algo distinto. Esa escena conserva una fuerza política extraordinaria. También nosotros estamos ante esa disyuntiva: repetir el libreto de los imperios en decadencia o atrevernos a imaginar un orden nuevo. La OTAN representa el pasado armado, la nostalgia de un mundo unipolar, la brutalidad de quienes solo saben mandar por la fuerza. La izquierda transformadora debe representar lo contrario: paz con justicia, cooperación entre pueblos, soberanía democrática y vida digna frente al negocio de la guerra.
La elección es clara. O avanzamos hacia un mundo sin imperios, o aceptamos que nos arrastren, otra vez, a las cavernas.
