viernes, 20 marzo 2026

· Manzanares | Toledo ·

Talentos de nuestra tierra: un diálogo con Raquel Paños Castillo

De Madrigueras a París: una trayectoria marcada por el talento, la constancia y el amor por la música

Comparte

Raquel es uno de esos talentos que confirman que, a veces, las grandes vocaciones nacen casi por casualidad. Sin antecedentes musicales en casa, empezó en la albaceteña Escuela Municipal de Música de Madrigueras porque lo hicieron sus amigas. Veintisiete años después, aquel gesto infantil se ha convertido en una brillante carrera internacional como saxofonista, docente e investigadora musical.

Con 18 años tomó una decisión clave: dejar Albacete para formarse en Zaragoza, antes de continuar su camino en Francia, primero en Lyon y después en París, donde ingresó en el Conservatorio Nacional de Música y amplió su formación con algunos de los grandes nombres del saxofón, la música contemporánea y la pedagogía europea, como Claude Delangle. Allí no solo perfeccionó la interpretación, sino que se adentró en la música de cámara y la investigación.

Advertisement

En esa época creó en la capital francesa el cuarteto Ensemble Rayuela, un proyecto musical con varias compañeras saxofonistas. Con este grupo grabó Tableaux, su primer álbum, con la compañía discográfica DUX, giró por Francia y España y, siempre sin perder el vínculo con su tierra, a la que regresa cada vez que puede para tocar y compartir lo aprendido. Hoy compagina su actividad artística con la docencia en el Conservatorio Superior de Música de Castilla y León, en Salamanca.

Entrevista

—Echando la vista atrás, ¿cómo recuerda su proceso de formación musical en lugares tan distintos como Albacete, Zaragoza, Lyon y París?

Como digo, me siento afortunada porque mis padres siempre me han ayudado muchísimo. Por un lado, económicamente, por supuesto, porque al final poder estudiar tan lejos de casa conlleva un gasto importante. Por otro lado, tampoco me han puesto nunca ningún impedimento. Así que, bueno, he podido dar muchas vueltas y me he traído muchas cosas de todos los sitios en los que he estado, la verdad.

A nivel saxofonístico, la cuestión es que la escuela de saxofón en la que yo estudié, por así decirlo, es la francesa. De hecho, la cuna del saxofón está en Francia y en Bélgica: si bien el saxofón fue inventado por el belga Adolphe Sax, este desarrolló toda su actividad musical en Francia.

Advertisement

Aquí, en España, la escuela francesa es lo que prácticamente todo el mundo ha estudiado y quiere estudiar. Hace unos 15 o 20 años empezaron a venir a España los primeros profesores que se habían ido a estudiar fuera y traían otra visión.

Yo tuve la suerte, por ejemplo, de que mi profesor en Albacete, Adolfo Almendros —que es de Almansa y trabaja ahora en el conservatorio allí—, iba cada dos semanas a Lyon a estudiar con Serge Bichon, que era como una eminencia del saxofón. Entonces, imagínate, en mi caso ya había mamado eso desde que estaba en el Conservatorio de Albacete.

Y poder ir allí, a conocer a los profesores que realmente habían desarrollado toda la historia del saxofón, pues era un privilegio, la verdad. Estudié en Lyon con Jean-Denis Michat y en París con Claude Delangle, que es historia viva del saxofón.

Y, claro, todo lo que tú aprendes allí no podíamos tenerlo aquí, por mucho que uno intentara traerlo de Francia a España. Pero cuando me fui, hace ya 14 años, era un poco más complicado.

Talentos de nuestra tierra: un diálogo con Raquel Paños Castillo

—¿Hasta qué punto cree que el estado de ánimo del músico transforma la interpretación de una obra?

Para mí, la transforma a todos los niveles. Lo que quiero decir es que el hecho de tocar un instrumento es tu forma de expresar cómo te estás sintiendo en ese momento. Es decir, uno toca como se siente.

Cuando tocas un instrumento, estás interpretando una obra, pero no puedes dejar de lado tu estado de ánimo. Mi abuela Lola decía siempre que la música es el alma de la vida, y es verdad. Yo también lo siento un poco así. Al final, tu estado de ánimo a la hora de interpretar va de la mano con la música o, lo que es lo mismo, son inseparables.

—Interpretar frente a un público puede ser un desafío incluso para los músicos más experimentados. ¿Le afecta de alguna manera el miedo escénico y qué estrategias utiliza para templar los nervios momentos antes de salir al escenario?

Superar el miedo escénico es algo que todo el mundo quiere saber: ¿cuál es la solución mágica? No la hay. No existe ninguna receta.

Conforme vas avanzando y cada vez que te pones frente al público, es un pequeño escalón más que vas subiendo. Y, al final, a fuerza de subir tantos escalones, llega un momento en el que sabes controlar esos nervios.

Hoy en día no puedo decir que me ponga nerviosa cuando toco en el escenario como cuando era estudiante, pero son otro tipo de nervios. Ahora son más las ganas de tocar, de salir al escenario, de compartir.

A mis alumnos les suelo decir muy a menudo que cuando más nerviosa me pongo es cuando he tenido menos tiempo de preparar lo que voy a tocar. A veces vas a dar una masterclass a un sitio, estás dos días enteros dando clase y, después, hay que hacer un concierto que casi no has ensayado, que probablemente hayas leído solo una vez y que vayas a tocar con el profesor que te ha invitado.

Esas situaciones, de no controlar lo que vas a hacer, son las que provocan preocupación más que nervios, por si no sale bien. Pero, bueno, los nervios se pierden enfrentándose al público.

Y, obviamente, también hay muchas técnicas y herramientas para controlarlo: desde la respiración, que es fundamental, hasta técnicas de relajación física y mental. Hay un montón de libros y tratados sobre esto, y probablemente se pueden poner en práctica. Lo que pasa es que estas son herramientas para ir controlando cada vez más este miedo escénico. Pero, por desgracia, no hay una pastillita que te lo quite definitivamente; no existe.

A medida que estás mejor preparada, tienes más confianza, sabes que está bien y tienes ganas de tocarlo. Entonces, es muy difícil que eso te ponga nerviosa. Es más bien adrenalina y ganas de salir al escenario.

Pero cuando algo no está bien preparado, la falta de certidumbre hace que disminuya la seguridad, incrementando ese miedo, que hace que disfrutes menos.

—En un ejercicio de imaginación, si el saxofón fuera un vino y el resto de los instrumentos musicales, los ingredientes para elaborar un plato —los distintos estilos musicales—, según su criterio, ¿con qué “ingredientes” y estilos maridaría mejor ese vino para que la degustación fuese exquisita?

Esta pregunta es curiosa. A decir verdad, a mí me gusta un buen vino. Vengo de familia de viticultores: tenemos viñas y, hasta hace años, nuestra propia bodega en Madrigueras. Aunque ya no voy a vendimiar, como digo, desde pequeña he tenido vinculación con el cultivo de la vid.

Digamos que el vino marida con muchas cosas. Y, en este caso, si el saxofón fuese nuestro vino, es un instrumento súper versátil; es decir, que abarca muchísimos estilos. Tiene unas capacidades acústicas muy grandes porque combina toda la parte potente de los instrumentos de metal con esa parte más cercana al sonido de los instrumentos de viento-madera, que es la familia a la que pertenecemos.

Entonces, es como que se adapta muy bien a cualquier tipo de estilo. Independientemente de que tiene su repertorio original, por supuesto, también hacemos muchísimas transcripciones: románticas, barrocas, clásicas… hasta música contemporánea.

Es decir, realmente creo —y no es porque toque el saxofón— que es un instrumento que se adapta muy bien a cualquier repertorio. Esto se debe a que imita muy bien a la voz; es un instrumento muy vocal, que también tiene capacidades similares a la cuerda, con vibrato y muchos recursos expresivos.

Por eso, marida muy bien, la verdad. Y esto no solo lo digo yo: hay un montón de gente que no está acostumbrada a escuchar transcripciones con saxofón, por ejemplo, y que dice: “Pues funciona muy bien. No sé por qué, pero funciona muy bien”.

—¿Qué cuidados y rutinas de limpieza sigue con su saxofón para mantenerlo en óptimas condiciones y preservar su calidad de sonido?

El saxofón lo limpio entero cada vez que hago uso de él. Y recalco lo de cada vez que lo uso, no una vez al día, porque todavía hay muchos alumnos que confunden esto y creen que con limpiarlo una vez al día ya es suficiente. No, no: cada vez que lo utilizas, antes de meterlo en su estuche, hay que guardarlo bien limpio.

Luego, un mantenimiento anual; es decir, ir a tu luthier de confianza para que lo revise más en profundidad. Por ejemplo, cuidar que las zapatillas estén siempre en buen estado, además de contar con un buen estuche para que el instrumento no sufra en caso de que se lleve algún golpe. También es importante evitar colocarlo en sitios muy calientes. Estos serían unos cuidados básicos.

Luego, el tema de la caña también es importante. Es un error pensar que se cambia cada cierto tiempo. En mi caso, entre soprano y alto, llevo como unas seis cajas de cañas en rotación. Las cañas hay que ir trabajándolas poco a poco; tienen su proceso, como de ir “curándolas”. Cuando la abres está muy verde: tienes que soplarla un poquito, dejarla, cogerla al día siguiente y volver a trabajarla.

No sé cuánto me puede durar una caja de cañas; es muy subjetivo. Depende también del uso que les des. Si hay una época en la que tienes muchos ensayos y conciertos, a lo mejor te duran menos. Y, por supuesto, siempre que se termina de tocar, la caña se seca, se guarda en su estuche y se vuelve a guardar en la cajita.

—Se suele decir que enseñar es una de las mejores formas de aprender. Como docente, ¿comparte esta idea y qué aprendizajes le regalan sus alumnos?

Sí, comparto totalmente esta idea. Creo que enseñar te ayuda mucho a aprender si haces también ese ejercicio de humildad. Cuando uno va al aula no puede ir a imponer todo lo que sabe. Creo que nosotros estamos ahí no para aportarles todo lo que sabemos, sino para guiar al alumno; pero eso no significa que ellos no tengan nada que aportarnos a nosotros.

En ese sentido, si uno va al aula con esta mentalidad, es muy fácil que aprendas mucho de tus alumnos. Además, este año estoy en otro tipo de conservatorio, un conservatorio superior. Estoy trabajando con alumnos mayores, con adultos que están haciendo la carrera. Entonces, ellos te enseñan mucho; hay muchas cosas que ayudan a entender mejor ciertos aspectos y algunos comportamientos… Es una forma de ir aprendiendo poco a poco.

En mi caso, también tengo el rol de alumna, pues he empezado a conocer un nuevo instrumento. Estoy cursando en el CIEM Federico Moreno Torroba de Madrid el ciclo elemental de chelo. Llevo tres años con él y la verdad es que me gusta muchísimo. Es un instrumento increíble… increíblemente difícil, también te digo.

Y estoy aprendiendo muchísimo, porque uno no se acuerda de lo que hacía al empezar un instrumento. Entonces, a mí me ha ayudado muchísimo a entender cómo funcionan los alumnos que están empezando. Nos enfrenta de nuevo a las dificultades de aprender un instrumento desde cero, y eso para mí ha sido muy revelador. Me ha ayudado a entender cómo es, simplemente, la adquisición de un nuevo conocimiento.

Una vez más, tienes que ir con una mente abierta y con mucha humildad. Porque, durante muchos años, nos han enseñado desde una idea más unidireccional: “Esto es lo que tienes que aprender”. Para mí, en cambio, es un ejercicio de “yo te doy, tú me das”.

—La colaboración implica saber trabajar en equipo, escuchar al otro y ceder espacio cuando es necesario. En relación con el cuarteto musical Ensemble Rayuela, del que formó parte en su día, ¿qué le ha enseñado el trabajo colectivo y qué valor cree que tiene la música compartida frente al camino en solitario?

Pues esta es la pregunta clave. Creo que trabajar en grupo, y hacerlo a este nivel —tanto musical como humano—, te lo enseña todo. Puedo decir, alto y claro, al cien por cien, que mi forma de tocar cambió totalmente cuando empecé a tocar en grupo.

Cuando uno trabaja en grupo a estos niveles —en mi caso, compartía grupo con tres chicas que tocaban increíble—, aprendes a quedarte con lo mejor de cada una y a valorar lo que el resto puede aportarte.

Una vez más, si vas con esta actitud de humildad, cambias completamente tu forma de tocar. Considero que toco muchísimo mejor que antes desde que hago música de cámara.

Y luego, desde un punto de vista objetivo-musical, aparte de todo lo que te aporta, están la afinación, el hecho de tocar en grupo, sentir el ritmo de forma conjunta… Todo eso no lo puedes trabajar solo. Pero esos aspectos son solo una parte. Desde un punto de vista personal, trabajar en grupo también es fundamental.

Esto es como cualquier relación: tiene que haber comunicación, empatía; tienes que ceder en algunos momentos y ser comprensivo. No puede ser de otra manera. Como en cualquier relación —no solo de pareja o de amistad, sino también profesional—, a estos niveles nosotras llegamos a tener una relación súper estrecha. Éramos como hermanas musicales y, además, compartíamos nuestra vida. Esto duró ocho o nueve años.

Mantener un grupo de cámara es difícil, pero también es algo muy bonito. Para mí, lo mejor que he hecho artísticamente es tener un grupo como este, sin duda.

Es algo que inculco mucho a mis alumnos y que reivindico también: en este país no se le da a la música de cámara la importancia que tiene. Debería haber muchas más horas de formación, tanto en conservatorios profesionales como superiores. La música de cámara es donde realmente el músico se forja y aprende.

A nivel personal, los jóvenes hoy en día necesitan trabajar mucho más de forma colectiva. Siento que hay mucha individualidad, mucho ego, mucho “yoísmo”, y creo que necesitan hacer un ejercicio más de puertas afuera y menos de puertas adentro.

—El 8 de marzo es una fecha clave para reconocer la lucha de las mujeres por la igualdad y el desarrollo en todos los ámbitos. En el terreno musical, ¿cómo cree que ha evolucionado ese camino y cómo lo ha vivido usted a lo largo de su trayectoria profesional?

Este es un tema del que podríamos estar hablando toda la tarde, si quisiéramos. Pero, en resumen, y como no podía ser de otra manera, hay una evolución, como en muchos ámbitos de la vida y en el ámbito profesional.

Ahora bien, tenemos que seguir evolucionando. Esto no quiere decir que sea algo que ya se haya completado o que tengamos que llegar a un punto concreto. Se trata de avanzar poco a poco como sociedad, abordando estos temas con la mayor naturalidad posible.

En mi caso, dentro del ámbito musical y, sobre todo, en el del saxofón, claro que he vivido muchas situaciones que no me han gustado. Es un entorno bastante masculinizado, especialmente en instrumentos como el saxofón. Esto está cambiando, por supuesto. Siempre hay quien dice: “Ahora ya no es igual”. Y es cierto, está evolucionando, pero hasta alcanzar un verdadero nivel de igualdad todavía queda trabajo por hacer.

De hecho, fui la primera mujer española en entrar en el aula del Conservatorio de París, y eso ocurrió no hace tanto tiempo, en 2014. Después de mí entró otra española, Nahikari Oloriz, que además era compañera mía de cuarteto. Y desde entonces, no ha habido más casos. Desconozco las razones.

Creo que, efectivamente, se está avanzando, pero es fundamental la representación femenina en estos niveles. No se trata solo de cuántas mujeres hay, sino de que ocupen el lugar que les corresponde, con la relevancia y la visibilidad que merecen dentro de la sociedad.

En mi opinión, es esencial que haya más presencia femenina en conservatorios, masterclass, aulas y cursos. Que las niñas tengan referentes femeninos es clave. Al final, todo pasa por la educación, y una forma de avanzar hacia una educación más igualitaria es precisamente esa: ofrecer referentes diversos y visibles. Es algo que, sin duda, deberíamos seguir teniendo muy presente.

Talentos de nuestra tierra: un diálogo con Raquel Paños Castillo

Vivencias compartidas

—¿Hubo un momento o una decisión concreta en la que sintió que la música podía convertirse en su profesión y no solo en una afición?

Pues la verdad, no ha habido un momento como para decirte: “Me voy a dedicar profesionalmente a esto”. Como te he dicho, tenía un profesor, Adolfo Almendros, que influyó mucho en lo que soy ahora. Con el tiempo me di cuenta de todo lo que hizo por nosotros: nos traía profesores muy buenos y nos llevaba a congresos. Es como que ya nos iba guiando hacia una profesionalización del instrumento.

Eso hizo que no me lo planteara; para mí fue algo muy natural. Fui haciendo todo el grado medio con mi amiga Elisa, una amiga de mi pueblo. Íbamos las dos mano a mano: entramos juntas al conservatorio de Albacete, terminamos juntas e hicimos también las pruebas al superior juntas.

Entonces, como digo, el proceso fue algo muy fluido, como: “Bueno, esto es lo que yo he decidido hacer”. Supongo que porque me gustaba mucho. Pero no hubo un momento concreto en el que yo dijera: “Voy a poder trabajar y vivir de la música”.

—Hasta la fecha ha llevado una vida bastante nómada, residiendo en distintos lugares. ¿Qué ventajas e inconvenientes tiene aparejada su experiencia?

Pues te diría que tiene más ventajas que inconvenientes. Una vez más, me considero una persona muy afortunada de haber podido vivir todo lo que he vivido, porque estuve cuatro años de carrera en Zaragoza y, después, diez años viviendo en otro país.

Y todo lo que uno aprende, todo lo que uno vive… El salir de tu casa, tener que buscarte las mañas por ti misma, aprender otro idioma y adaptarte a otra cultura, a otro país… Todo eso es muy complicado, pero, al mismo tiempo, me veo hoy en día y digo: “Claramente, ha merecido la pena”. Porque he aprendido muchísimo. He conocido gente maravillosa, amigos que hoy me llevo conmigo.

Pero también hay momentos muy duros lejos de casa, como enfermedades o la pérdida de un familiar, por ejemplo. Hay momentos de la vida que te pillan fuera y son difíciles, pero, al final, los pasas.

Y ahora, de vuelta en España, la verdad es que estoy muy contenta porque estoy viendo otras cosas. Sí que es cierto que estar aquí cerca te hace vivirlas de otra manera. Pues no sé… hace casi un año me hice tía, e imagínate: si no estuviera viviendo aquí, creo que me arrepentiría mucho de no poder ver a mi sobrina crecer.

—En un mundo marcado por la prisa y la exigencia, la naturaleza puede convertirse en un refugio mental. ¿Es también para usted una forma de cuidarse y recargar energía?

Sí, pero no tanto como me gustaría, porque es un poco complicado en una gran ciudad. Ese contacto con la naturaleza lo reservo más para cuando regreso a Madrigueras. Efectivamente, llevamos un ajetreo de vida tremendo, e intento, sobre todo, cuidarme mucho física y mentalmente.

Para mí, eso pasa mucho por el deporte. Es como que necesito hacer deporte para mi estado mental, para encontrar tranquilidad. Toda esa conexión con la naturaleza, en mi caso, pasa también por una rutina de actividad física, de estar activa, de desconectar y de encontrar esa paz mental que es tan necesaria.

No corro porque no puedo. Tengo una rodilla operada dos veces y la otra pendiente de operación. Entonces, voy haciendo ejercicio de fuerza; hago sobre todo gimnasio, también bici y natación. Lo hago por mí, porque necesito que mi cuerpo esté fuerte para evitar dolores.

—Manolo García, en una de sus canciones, dice que prefiere el trapecio para verlas venir en movimiento. ¿Se identifica con esta filosofía de anticiparse a los acontecimientos en lugar de quedarse esperando a que sucedan las cosas?

Me identifico bastante con esta canción, quizá demasiado. En mi caso, sí: siempre estoy pensando y, claro, me anticipo para que, cuando llegue el momento, no me pille desprevenida. Me considero una persona muy organizada.

También es verdad que, en este tipo de profesión, si no eres organizado, estás perdido. Porque no te dedicas solamente a la pedagogía ni solo a dar clase; también tienes que tocar, preparar conciertos, preparar tus clases… hacer muchísimas cosas entre medias.

Además, tienes que sacar tiempo para cuidarte, para ver a los tuyos, para descansar, para leer; en definitiva, para lo que necesites. Por eso, es fundamental estar bien organizado.

Me anticipo bastante. Y ya te digo, a veces quizá demasiado. Tengo tendencia a darle demasiadas vueltas a las cosas antes de que ocurran, pero, bueno, eso ya es otro cantar.

—Todo logro suele ir acompañado de sacrificio. ¿Ha habido momentos en los que haya sentido que el esfuerzo no compensaba o incluso dudado del camino recorrido?

Es que es un camino muy largo y, a veces, muy duro, como te digo. Entonces, sí, también es humano dudar de uno mismo en ciertos momentos.

Me volví a España después de diez años viviendo fuera. Regresé sin prácticamente haberlo decidido yo, precisamente porque me rompí la rodilla. Me tuvieron que operar dos veces, estuve muchos meses de baja y tuve que dejar el trabajo en París. Fue como que me vi un poco forzada a ello.

Ese año salieron oposiciones en Madrid y dije: “Quizás es el momento”. A veces la vida te va llevando un poco por estos caminos. Me presenté y quedé primera sin plaza —había solo una y quedé la segunda—.

Me fueron pasando ciertas cosas, algunas decepciones con algunas personas, y me surgieron dudas: “¿Habré hecho bien en venirme? ¿Me tendría que haber quedado allí, en París? Bueno, ¿hice bien en venirme?”.

Y en ese momento sí que me replanteé muchas cosas. También es cierto que estuve un año sin poder trabajar por la baja. Entonces creo que eso, a nivel mental, te afecta mucho. Soy una persona muy activa y me gusta hacer muchas cosas, y no poder hacerlas influyó en que me replanteara bastantes cosas. Y siempre que uno llegue a sacar sus conclusiones, está bien.

—Disfrutar de la buena música es una fuente de placer para muchos. Cuando se sitúa en el papel de oyente, ¿qué estilos o artistas le generan ese disfrute y qué busca en la música cuando la escucha?

Madre mía, escucho de todo, Alfonso. Pero, del mismo modo que decíamos antes que el estado de ánimo influye en la interpretación, a mí también me influye mucho a la hora de escuchar música.

Puede pasarme que tenga ganas de ir de fiesta y escuche música electrónica; si me apetece bailar, me gusta mucho la salsa; o, si tengo ganas de estar tranquila en casa, escucho música clásica, por supuesto. También he sido siempre muy rockera.

Me gustan mucho autoras como Silvia Pérez Cruz o Valeria Castro. Este tipo de música tiene un trasfondo y, artísticamente, una intención muy cuidada.

De verdad, me gusta todo tipo de música; no puedo quedarme con un solo estilo. Es cierto que se disfruta de manera distinta dependiendo del momento y del contexto en el que la escuches.

En definitiva, una vez más, mi abuela Lola llevaba razón: la música es el alma de la vida. Y yo realmente la siento así.

—Mirando hacia el futuro, ¿qué proyectos o metas le ilusionan más y qué mensaje le gustaría dejar a los músicos más jóvenes?

Mi objetivo ahora mismo es poder volver a Albacete en un momento determinado, que espero que no sea muy tarde. Me gustaría mucho, la verdad, porque he dado muchas vueltas en la vida, he aprendido muchísimo de mucha gente… Es como si sintiera que tengo una mochila muy llena de experiencias, y me gustaría poder dejar algo en Albacete, porque es mi tierra, y creo que los jóvenes también lo valorarían mucho.

Hemos sido pocos los que hemos podido estudiar fuera, y concretamente en París. Hay mucha gente que quiere ir y, bueno, no todo el mundo puede hacerlo. Por eso, creo que poder acercar esa experiencia a casa me parece algo muy bonito.

Ya en su día iniciamos, junto con el cuarteto, algunos proyectos muy interesantes: festivales, conciertos, ciclos de música de cámara, concursos… Y me gustaría poder retomar esa idea y hacer algo realmente cultural y artístico por mi ciudad y por los jóvenes.

Creo que hoy en día falta eso. Los jóvenes tienen muchísimos estímulos de muchas partes; todo es muy interactivo, muy inmediato, y pienso que necesitan también volver un poco a lo esencial. No es que esté en contra de las pantallas ni del avance tecnológico, en absoluto, pero creo que hay un exceso.

Nuestra tierra en el corazón

—¿Cuál es el paisaje de Castilla-La Mancha más inspirador que ha visto y qué sensaciones le evocó?

En Castilla-La Mancha hay muchísimos sitios en los que me he sentido muy bien. Pero, al preguntarme esto, automáticamente pienso en Madrigueras, mi pueblo y sus alrededores.

Los atardeceres manchegos que hay allí son preciosos. Siempre me ha gustado muchísimo ir al Cerro de San Jorge para ver el atardecer allí porque es una maravilla.

Obviamente, ahora puedo verlos más a menudo porque estoy en casa, lo cual no siempre era así. Durante diez años venía muy pocas veces al año y, cuando regresaba, verlo era como decir: “Estás en casa”.

Tengo una tía que vive en Suiza desde hace 35 años y siempre tiene la misma sensación. De hecho, muchas veces, cuando viene, vamos juntas a caminar por detrás del Cerro de San Jorge y nos quedamos allí a ver el atardecer porque, como he dicho antes, es increíble.

Supongo que cada uno, en su tierra o en su lugar de origen, tiene también esa sensación.

—En su opinión, ¿qué características hacen que nuestra comunidad autónoma sea un destino destacado para visitantes?

Castilla-La Mancha tiene una riqueza cultural bastante grande. Me imagino que cada uno pensará lo mismo de su comunidad, pero me preguntas por la nuestra.

Nuestra tierra es muy rica, y no solo en cuanto a naturaleza o a lugares que visitar, sino también en cuanto a gastronomía. Sin ir más lejos, en Madrigueras nuestro plato estrella son los gazpachos manchegos, y desde aquí os invito a que os acerquéis en abril a la Gazpachada, durante las fiestas de San Jorge.

Creo que otro punto fuerte que tenemos son sus gentes. Somos muy acogedores y cercanos, y eso también engancha de Castilla-La Mancha. Quienes pasan por aquí se sienten a gusto.

Además, se nos conoce mucho por el típico humor manchego: un humor tan nuestro, un poco tontaco, pero también cercano.

—¿Qué frase o eslogan inspirador compartiría con nosotros para reforzar el orgullo por nuestras raíces y los talentos que nos unen como comunidad?

Pues no lo sé, la verdad. No tengo una frase concreta. Eso prefiero dejárselo a gente que puede ser mucho más inspiradora que yo.

Por ejemplo, escuchando canciones de Rozalén. Hay una que se llama Es Albacete, que es muy representativa de todo lo que se hace aquí. Habla de nuestras raíces, de cosas muy nuestras, pero al final se puede extrapolar a cualquier provincia de Castilla-La Mancha.

Alfonso Miñarro López
Alfonso Miñarro López
Ingeniero Técnico en Telecomunicaciones con más de 26 años en Telefónica, experto en redes móviles y fijas. Autor de Acortando Distancias (2020) y conductor del pódcast Un libro, una conversación. Colabora en somosclm.com con "Talentos de nuestra tierra", entrevistando a figuras destacadas de Castilla-La Mancha en ciencia, arte, cultura y deporte.

Más noticias

+ noticias