Hay lugares de Castilla-La Mancha que funcionan como auténticas máquinas del tiempo. No porque tengan tecnología futurista, sino porque la arqueología nos permite asomarnos a cómo vivían las personas hace miles de años.
Restos de viviendas, murallas, herramientas o grabados en la piedra se convierten en pistas que ayudan a reconstruir la vida de otras épocas. Un buen ejemplo de este viaje al pasado es el yacimiento arqueológico de La Cava de Garcinarro, en la provincia de Cuenca, un enclave que permite asomarse hasta la Edad del Bronce.
Situado en plena Alcarria conquense, La Cava ocupa unas 12 hectáreas y su primera ocupación se remonta a hace unos 4.000 años. Como ocurría con muchos asentamientos de aquella época, se levantó en lo alto de un cerro de difícil acceso, una ubicación estratégica que permitía controlar visualmente el territorio y protegerse con mayor facilidad. Desde este punto se domina una amplia zona del paisaje, con la Sierra de Altomira al fondo y un paso natural que durante siglos conectó distintas zonas del interior peninsular.

Las excavaciones arqueológicas han permitido descubrir diferentes elementos que muestran la importancia del enclave. En campañas recientes se han localizado restos de muralla y otras estructuras defensivas, además de un curioso elemento situado muy cerca del yacimiento: un campo con alrededor de 8.000 cazoletas, pequeñas cavidades excavadas en la roca consideradas grabados rupestres.
Se trata de una de las concentraciones más grandes de este tipo en la península ibérica, aunque todavía se desconoce con certeza cuál era su función.
El momento de mayor desarrollo del asentamiento llegó durante la Edad del Hierro, en época celtíbera, entre los siglos V y IV a.C. De ese periodo procede una de las estructuras más singulares del lugar: un edificio monumental excavado en la roca formado por tres estancias cuadrangulares de unos 40 metros cuadrados cada una, comunicadas entre sí por un pasillo también tallado en la piedra.

Las entradas de estas estancias se sitúan en el lado oeste, lo que parece responder a una intencionada orientación solar. En la parte más baja del yacimiento también se descubrió un gran foso de unos 70 metros de largo y hasta 4 metros de altura, que probablemente cumplía una función defensiva.
Con el paso del tiempo el lugar fue abandonado, posiblemente tras un terremoto, aunque siglos más tarde volvió a tener actividad. Durante la época visigoda el enclave pudo utilizarse como espacio de retiro para eremitas vinculados al cercano Monasterio Servitano de Cañaveruelas, y algunas de las estancias conservaron materiales en su interior, lo que ha permitido a los arqueólogos estudiar el lugar casi como si fuera una cápsula del tiempo.

El entorno que rodea a La Cava también está lleno de curiosidades. En la ruta que parte del paraje conocido como “El Pozo” aparecen cuevas eremíticas excavadas en la roca con cruces e inscripciones visigodas, además de tumbas antropomorfas, antiguos pozos, lagares de vino y viviendas excavadas en la piedra. Una gran roca con forma de cabeza de serpiente marca incluso la entrada a este singular paisaje histórico.
Hoy en día el yacimiento se puede visitar libremente. Se encuentra en el kilómetro 28 de la carretera CM-2000, a unos dos kilómetros de Garcinarro, un pequeño municipio conquense que apenas supera el medio centenar de habitantes. Desde un aparcamiento cercano parte una senda señalizada que conduce hasta el enclave.

Recorrer La Cava de Garcinarro es, en definitiva, una forma de caminar entre miles de años de historia. Un lugar donde la arqueología sigue ayudando a descubrir cómo vivieron quienes habitaron este cerro mucho antes que nosotros.




