En las sociedades contemporáneas, la concesión de honores no ha desaparecido: se ha transformado en un mecanismo de legitimación simbólica adaptado al capitalismo tardío. Allí donde antes la nobleza se heredaba, hoy se fabrica mediante el espectáculo. Ganar un Mundial o alcanzar la jefatura del Ejecutivo puede traducirse en un título otorgado por la monarquía, que sigue operando como un dispositivo de continuidad histórica. No se trata únicamente de premiar trayectorias individuales, sino de reproducir una estructura de poder que necesita ritualizar su propia existencia.
La monarquía, en este sentido, no es un vestigio: es un engranaje funcional dentro del bloque de poder. Otorga distinciones como quien distribuye capital simbólico, reforzando jerarquías en apariencia meritocráticas pero profundamente ideológicas. La corona bordada en una camisa no es un adorno; es la materialización de una relación de subordinación aceptada y celebrada.
La Iglesia católica, por su parte, actúa en otra escala temporal, pero cumple una función análoga. Si la monarquía distribuye nobleza, la Iglesia administra santidad. Ambas instituciones, lejos de ser arcaicas, operan como aparatos ideológicos que producen legitimidad. Y lo hacen mediante procedimientos distintos, pero complementarios: uno más inmediato y visible; el otro más lento, más ritualizado, pero no menos eficaz.
El caso de Antoni Gaudí permite observar con claridad este mecanismo. No basta con haber sido un arquitecto excepcional, ni siquiera con haber producido una obra de enorme impacto cultural y económico. Para acceder a la categoría de santo, es necesario atravesar un proceso burocrático que combina teología, política interna y una peculiar relación con la ciencia.
La santidad no es una cualidad espontánea; es una construcción institucional. Se accede a ella a través de una cadena de validaciones: siervo de Dios, venerable, beato y santo. Cada fase implica la acumulación de pruebas, testimonios y, sobre todo, milagros. La virtud, por sí sola, no es suficiente. Hace falta un plus: la capacidad de intervenir en lo real desde lo sobrenatural.
Aquí emerge una contradicción fundamental. En un mundo estructurado por el conocimiento científico, la Iglesia mantiene un sistema que exige la certificación de lo inexplicable. No se trata de demostrar el milagro, sino de demostrar que la ciencia no puede explicarlo. Es decir, institucionalizar el vacío de conocimiento como prueba de intervención divina.
Este procedimiento, que en otros momentos históricos podía sostenerse sin fricciones, entra hoy en tensión con una sociedad atravesada por la racionalidad técnica. La medicina, la física o la biología han reducido drásticamente el margen de lo desconocido. El cuerpo humano ya no es un territorio misterioso en el que cualquier anomalía pueda interpretarse como signo divino.
En este contexto, la producción de milagros se vuelve problemática. No porque no existan relatos, sino porque su validación exige un grado de escrutinio que pone en evidencia las limitaciones del propio sistema. El caso de Gaudí es ilustrativo: dos supuestos milagros han sido descartados tras el análisis correspondiente. Una retina que recupera su función y una cadera que se corrige no bastan si la ciencia puede, siquiera hipotéticamente, ofrecer una explicación.
El expediente sigue abierto con un tercer caso: la recuperación de un neonato con una patología cardíaca grave. Los padres, según el relato, combinaron la intervención médica con la oración, invocando la intercesión del arquitecto. El resultado fue favorable, pero la cuestión no es el desenlace, sino su interpretación. ¿Dónde termina la medicina y dónde comienza el milagro?
El Dicasterio para las Causas de los Santos actúa aquí como una instancia de validación que recuerda, en cierto modo, a un tribunal técnico. Su función es filtrar, evaluar y decidir qué relatos pueden ser incorporados al corpus oficial. No es un proceso espontáneo; es una producción institucional de verdad.
La figura del papa Francisco, que en 2025 reconoció las virtudes heroicas de Gaudí, ilustra la dimensión política del proceso. No se trata solo de espiritualidad, sino de orientación estratégica. La elección de determinados candidatos a la santidad responde también a necesidades internas de la Iglesia: reforzar identidades, consolidar relatos, intervenir en el campo cultural.
El respaldo del cardenal Joan Josep Omella confirma esta lectura. La causa de Gaudí no es un expediente aislado; es una operación que articula intereses diversos, desde lo pastoral hasta lo simbólico. La santidad, en este sentido, funciona como un dispositivo de producción de sentido dentro de una institución que necesita adaptarse sin renunciar a su estructura.
Desde una perspectiva materialista, lo que está en juego no es la veracidad de los milagros, sino su función. La Iglesia no necesita demostrar científicamente lo sobrenatural; necesita sostener un relato que le permita seguir operando como autoridad moral. El milagro no es un hecho, sino una herramienta.
En este punto, la distancia entre el discurso religioso y la experiencia social contemporánea se hace evidente. En una sociedad donde la gestión de la incertidumbre se delega en expertos, la idea de recurrir a la intercesión de un arquitecto del siglo XIX puede resultar, como mínimo, anacrónica. Y, sin embargo, persiste.
La ironía se impone casi de manera automática. Si de gestionar lo inexplicable se trata, la esfera pública ofrece figuras que, desde otros registros, han demostrado una notable capacidad para navegar en lo incierto. Nombres como Pedro Sánchez o Iker Jiménez aparecen en el imaginario como referencias contemporáneas de esa relación con lo extraordinario.
No se trata de establecer equivalencias, sino de evidenciar el desplazamiento del sentido. Lo que antes pertenecía al ámbito de lo sagrado hoy se distribuye en múltiples espacios: la política, los medios, la cultura de masas. La Iglesia ya no monopoliza la gestión de lo inexplicable, pero sigue intentando regularlo dentro de su marco.
La posible beatificación de Gaudí, vinculada a eventuales decisiones del papa León, se inscribe en este contexto. No es solo un acto religioso; es una intervención en el campo simbólico. Convertir a Gaudí en beato —y eventualmente en santo— implica reforzar una determinada lectura de su figura: no solo como arquitecto, sino como sujeto de virtud ejemplar.
Pero esa operación no está exenta de riesgos. En un entorno donde el pensamiento crítico ha ganado terreno, la insistencia en certificar milagros puede erosionar la credibilidad institucional. La Iglesia se enfrenta así a una contradicción estructural: necesita mantener sus categorías tradicionales, pero debe hacerlo en un mundo que ya no las acepta sin cuestionamiento.
Al mismo tiempo, la persistencia de estos procesos revela algo más profundo. No se trata únicamente de la Iglesia, sino de una necesidad social más amplia: la de producir referentes, de dotar de sentido a determinadas trayectorias, de construir figuras que encarnen valores.
En ese sentido, la santidad funciona como una forma de capital simbólico que compite con otras formas de reconocimiento. La diferencia es que, mientras el mercado produce celebridades, la Iglesia produce santos. Ambos operan en el mismo terreno: el de la legitimidad social.
Cuando las tensiones políticas del presente se diluyan, el expediente de Gaudí seguirá su curso. Porque estos procesos no responden a la urgencia del ciclo mediático, sino a una temporalidad más larga.
Y es precisamente en esa lentitud donde reside su eficacia. La Iglesia no compite con la inmediatez; construye relatos que aspiran a perdurar. La santidad, en última instancia, no es un reconocimiento puntual, sino una forma de inscripción en la historia.
La pregunta, entonces, no es si Gaudí llegará a ser santo. La pregunta es por qué, en pleno siglo XXI, seguimos necesitando que existan santos. Qué función cumplen, qué vacío llenan, qué estructura sostienen.
Desde una perspectiva marxista, la respuesta no puede limitarse a la fe individual. Hay que mirar a las condiciones materiales que hacen posible y necesaria esta producción de sentido. La santidad no es un residuo del pasado; es un elemento activo en la reproducción ideológica del presente.
Gaudí, el arquitecto, ya ocupa un lugar indiscutible en la historia. Gaudí, el posible santo, es otra cosa: una construcción en curso, un artefacto simbólico que revela tanto sobre la Iglesia como sobre la sociedad que lo contempla. Y en ese espejo, incómodo pero necesario, se reflejan nuestras propias contradicciones.
