Lo que nos gusta una fiesta, qué les voy a contar. Y si es de pueblo, mejor. El que sea, qué más da: el paisanaje de cualquiera de los 919 de Castilla-La Mancha se vive mejor si viene la banda. Piense en una, rápido. A mí, si me lo preguntan, me viene a la cabeza la de Puente Vadillos, en Cuenca. De las mejores, se lo aseguro. Ahora que empieza el verano, demos una vuelta por aquellas fiestas que, sin ser grandes, son enormes.
Reuniones anuales de amigos y hermanos que, más allá de la tradicional verbena, los bingos o los “cacharros”, consiguen parar el tiempo una vez al año en algún punto cardinal de nuestra región para hacer algo único y que, cómo no, necesita del apoyo mutuo para seguir creciendo o mantenerse en el tiempo.
Demos un paseo por las fiestas populares quizá menos icónicas de la región, pero sin duda llenas del espíritu de las celebraciones patronales: el de reunirse, el de brindar, el de recordar y el de citarse para el año que vendrá.
SANDÍA, AGUA, VINO Y LO QUE VENGA

En la pedanía de Llano Majano, perteneciente a Yeste, el mes de agosto guarda un pequeño recodo festivo para desmarcarse de la habitual verbena y el baile pegado. Si en Buñol son los tomates los que cobran protagonismo en forma de proyectil, aquí la fruta se cambia por algo más ambicioso, al menos en tamaño.
Las sandías forman gran parte del arsenal para todo aquel que quiera acercarse a este pequeño barrio de la localidad albaceteña en una cita que suma cada vez más soldados.
Es alrededor del 24 de agosto cuando, con San Bartolomé patrocinando la celebración del núcleo central de Yeste, los vecinos se alistan cada uno en su bando con la vista puesta en ganar una guerra que siempre lo es pasada por agua y zumo de sandía. El emblema, eslogan y grito de guerra es siempre el mismo: “¡Todo vale!”.
No se va uno al monte a tirar sandías si no es con otro arcón repleto de una munición distinta. La “cuerva” riega el festín de una particular guerra de comida en la que, entre sorbos y cañonazos, se cuela algún que otro moratón.
Ante la envidia de San Bartolo y los cabezas de cartel de las patronales de Yeste que ilustran las verbenas, los encierros y el teatro, las tribus de Llano Majano preludian la romería de la madrugada del 23 del octavo mes del año.
La merienda no se negocia en una cita que va a más cada año, de la que nadie sabe el origen y que, una vez al año, enfrenta a familias enteras en torno a una fiesta que ya no perdona su hueco en el calendario.
EL SOLSTICIO EN VILLAR DEL POZO, DE LO ÍNTIMO A LO ETERNO

Si la estadística es tozuda, más lo es un padrón municipal, y en el caso de Villar del Pozo, en la provincia de Ciudad Real, se empeña año tras año en colocar a este pueblo encabezando la lista de los menos poblados de todo el territorio.
Tan centro geográfico como geométrico de la circunscripción ciudadrealeña, le cuesta superar la barrera del medio centenar de DNI en este enclave del Campo de Calatrava.
Con el sector primario como faro y guía y la iglesia de Nuestra Señora de la Consolación como postal más icónica, añora los tiempos en los que los Hervideros de Nuestra Señora del Prado se colocaron como balneario más famoso a ese lado de la submeseta sur.
Como cualquier viejo municipio asolado por el éxodo rural, el verano se convierte en una puerta giratoria impagable para que retornen los que se fueron, para que los que iniciaron la guerra en otro sitio regresen a la paz que algún día fue.
Y así es como Villar del Pozo celebra el epitafio de la primavera y la bienvenida del verano, que traerá esplendor a un pueblo tan pequeño como grande es su tradición. Por San Juan, este año, será Juana Poblete quien dicte el pregón, y el Grupo Samil quien coja el testigo.
La Agrupación Musical de Corral de Calatrava pondrá la banda sonora a la procesión de San Juan, que desfilará por las calles que estaban vacías hace apenas unas semanas. Los Danubio’s se harán cargo de que no caiga la fiesta el sábado; y el domingo colorea el calendario con la parada de la Ruta Ciclista de los Flamencos.
No faltará, cómo iba a hacerlo, una comida popular donde lo que queda del pueblo volverá a hermanarse un año más, con todo el verano por delante para que las infancias enraícen como solo se puede hacer en el pueblo de uno.
VINDEL, MÁS VELAS QUE HABITANTES

En la Alcarria de Cuenca, la menos famosa de las dos por aquello de no haberse desnudado ante la pluma de un Nobel de Literatura como sí lo hizo la de Guadalajara, hay un pueblo que se esconde entre los menos poblados de España.
Vindel, casi guarda fronterizo entre Guadalajara y la Serranía Alta de Cuenca, suma apenas 20 empadronados, pero exhibe con orgullo ser un destino de verano envidiable en cualquier parámetro.
San Roque se celebra para abrochar julio, lejos de lo habitual, que ubica el convite del santo en el entorno del 15 de agosto. En Vindel, y por pura ambición vecinal, sacan a brillar su fraternidad y los valores de todo un pueblo para programar una semana cultural con más orgullo que complejos.
La joya de la corona, la Noche de las Velas, prevista en junio, ha sido capaz de abrirse hueco en el nutrido catálogo de fiestas de los miles de pueblos de este país con una ceremonia tan sencilla como recogedora. Camino ya de la décima edición, el acontecimiento de encender las velas y apagar luces y voces al mismo tiempo hace que Vindel se haya ganado un hueco en la página de lo asombroso.
Una festividad icónica que concita a vecinos de toda la comarca y más allá, y que con el simple gesto de encender una vela para después apagarla ha conseguido parar el tiempo verano tras verano en una propuesta que se desmarca de cualquier tradición verbenera.
UNA MACHÁ EN BOCÍGANO

Esto de la tradición sigue anclado a ciertas expresiones cipotudas, permítanme el término. En la provincia de Guadalajara, donde las tradicionales botargas han conseguido no apagar su alma gracias a un trabajo desempeñado por las mujeres de los pueblos cuando en tiempos pretéritos estuvo prohibido, se encuentra Bocígano, uno de los pueblos con menos llamados a votar de todo el territorio y que, sin embargo, ha sido capaz de blindar su fiesta más emblemática.
En la “Machá” de agosto, en Bocígano, los solteros o machos, o los machos y solteros, se citan en la plaza, donde arrancarán la liturgia en torno a una hoguera.
El desfile empieza ahora, con cada uno de los machos bien agarradito a la correa del que le precede en la fila, con un mayoral dispuesto y armado con una vara para mandatar el inicio del cortejo.
Colocándose delante de ellos y con otro macho en forma de “zagal” cerrando la comitiva, se da la señal para que todos los mozos que conforman la línea de puntos comiencen el baile a la carrera por toda la plaza y las calles adyacentes.
Los individuos actúan ahora como colectividad, y todos a una conforman una línea imaginaria que, a golpe de látigo, no se deja ni una sola esquina por recorrer, siempre agarrados, sin ninguna fisura.
Es el preludio al momento más épico, cuando todos y cada uno de ellos terminarán bailando sobre la hoguera. Lo dejó escrito López de los Mozos: los machos tendrían que haber recogido previamente la leña para después ofrecer limonada al pueblo. La hoguera resultante, una vez desafiada, será testigo del ¡pum! del mayoral, tras el que los mozos caerán rendidos al suelo.
Terminarán durmiendo todos en la misma casa después de preparar unas migas populares que tendrán que ser suficientes para convidar al día siguiente a toda la vecindad.
AVENTURA TONTA, TONTUNA AVENTURERA EN ESCALONA

Un río, un pueblo, agosto, calor y ganas de divertirse. Para qué quiere uno más en pleno verano si está en Escalona.
La “Aventutontuna”, nombre tan improvisado como la celebración en sí, nació hace ya más de un lustro de la manera más improvisada que uno pueda imaginar.
Este año será el 1 de agosto, en una cita que volverá a llamar a toda una comarca a descender el río Alberche desde el Mirador del Paraguas, ataviados con el flotador o colchoneta más disparatado que haya al alcance.
Va para una década que este pueblo en pleno cauce del Alberche y epicentro del veraneo de gran parte del sur de Madrid se convirtió en un zoo por el que desfilan cada mes de agosto cisnes, patos o flamencos, todos ellos hinchables y todos ellos portando a algún tontunero que quiera medir su velocidad río abajo.
Como todo lo que ocurre de una reunión entre amigos con “sujétame el cubata” como hilo conductor, Escalona se prepara un año más para darle forma a esta fiesta que es extraoficial, de la que huyen las autoridades, pero que saben que es muy complicado acotar.
Si no se le pueden poner puertas al campo, cómo vas a hacerlo ante centenares de personas que, de manera autogestionada y siempre desde el respeto al entorno natural del que son usufructuarios, colorean el río Alberche, el que tanto ha dado a la comarca, en una jornada festiva que va a más y que terminará siendo necesaria cada vez que el mes de julio se despida del calendario.
Cinco ejemplos de fiestas sin orquesta, pero con mucho orgullo; sin alcaldes, pero con vecinos; sin publicidad, pero con las ganas como motor y epicentro de celebración.
