jueves, 2 abril 2026

· Manzanares | Toledo ·

La comodidad como ideología

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Cuando uno se planta ante la inteligencia artificial con una negativa firme, casi visceral, no siempre está defendiendo un principio sólido; a veces está, más bien, ensayando una forma de resistencia que recuerda demasiado a otras resistencias del pasado, más emocionales que racionales. Pienso en esa bisabuela que se negó durante semanas a salir de su habitación para ver el televisor recién comprado por su hijo en los años sesenta, convencida de que aquel aparato era poco menos que una aberración moral, un lujo innecesario y una amenaza difusa a un orden que ni siquiera necesitaba ser explicado. Su rechazo no era técnico ni argumentado: era una negativa total, una especie de huelga doméstica contra lo nuevo. Y, sin embargo, acabó cediendo. Como casi todo el mundo. Lo hizo sin entusiasmo, refunfuñando, dejando claro que aquello no la había conquistado, que simplemente había perdido la batalla. Pero la perdió. Y en ese gesto hay algo profundamente humano y, al mismo tiempo, profundamente ideológico.

Porque cada avance técnico, desde la rueda hasta el algoritmo, ha estado acompañado por su propia contraofensiva cultural. No hay innovación sin sospecha, ni progreso sin resistencia. Es tentador ridiculizar a quienes desconfían de lo nuevo, retratarlos como reliquias incapaces de adaptarse, pero eso sería simplificar demasiado. Esa resistencia, en su forma más primitiva, no es otra cosa que una intuición: la de que todo avance encierra una transformación más profunda que la mera mejora funcional que promete. “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”, escribió Marx, y no hablaba solo del pasado político, sino de la inercia con la que nos enfrentamos a cualquier cambio material que reordena la vida cotidiana.

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Ahora bien, reconocer esa dimensión no convierte automáticamente cualquier rechazo en una postura lúcida. Hay una diferencia importante entre la crítica y la intransigencia, entre la sospecha fundada y la negación obstinada. Negarse a utilizar la inteligencia artificial porque “podemos hacerlo por nosotros mismos” parece, a primera vista, un argumento razonable, casi ético. Sin embargo, basta rascar un poco para descubrir que ese criterio no se aplica de manera consistente.

También podríamos, si quisiéramos, volver a conducir coches manuales, cultivar nuestros propios alimentos o prescindir de cualquier dispositivo automatizado que simplifique tareas cotidianas. Y, sin embargo, no lo hacemos. No porque no podamos, sino porque hemos aceptado, en mayor o menor medida, que ciertas comodidades son ya parte de nuestra vida material.

Aquí aparece la verdadera cuestión: no se trata de la capacidad, sino de la función social de la herramienta. La historia de la técnica es, en gran medida, la historia de la reducción del esfuerzo humano necesario para la reproducción de la vida. Desde el Paleolítico, cada innovación ha tenido como objetivo inmediato disminuir el coste físico o temporal de determinadas tareas. El problema es que, en el capitalismo avanzado, esa lógica ha mutado. Ya no se trata únicamente de aliviar el trabajo necesario, sino de colonizar el tiempo, de convertir cualquier instante en un espacio potencial de optimización. Como advertía Lewis Mumford, “el progreso técnico no equivale necesariamente a progreso humano”. La comodidad deja de ser un medio y se convierte en un fin en sí mismo.

En ese sentido, la inteligencia artificial no es una herramienta más, sino la culminación de una tendencia histórica: la externalización creciente de funciones cognitivas. Si la máquina industrial sustituyó el esfuerzo físico, la IA aspira a sustituir —o al menos a complementar— procesos mentales complejos. Y lo hace con una eficacia deslumbrante. Resumir textos, ordenar datos, redactar informes, generar ideas: tareas que antes requerían tiempo, concentración y una cierta disciplina intelectual, ahora pueden resolverse en segundos. “Es pura magia”, se dice con frecuencia. Y, como toda magia, oculta el mecanismo que la hace posible.

La fascinación por esa velocidad no es inocente. Responde a una estructura material muy concreta: la escasez de tiempo en sociedades en las que, la productividad, se ha convertido en el principal criterio de valor. No es que de repente hayamos descubierto que resumir textos es aburrido; es que ya no tenemos tiempo para aburrirnos. Hartmut Rosa lo formuló con precisión: “nunca antes habíamos tenido tanto poder para ahorrar tiempo, ni tan poca capacidad para disfrutarlo”.

La IA aparece entonces como una solución perfecta: elimina el tedio sin cuestionar las condiciones que lo generan. En lugar de reducir la carga de trabajo o redistribuir el tiempo social, se limita a acelerar los procesos existentes.

Aquí es donde la negativa inicial adquiere un matiz distinto. No se trata tanto de una defensa romántica de la autosuficiencia como de una incomodidad difusa ante esa aceleración constante. Hay algo inquietante en delegar tareas que no solo podemos hacer, sino que forman parte de nuestra capacidad de comprender el mundo. Porque resumir un texto, por ejemplo, no es únicamente una operación mecánica: es una forma de lectura, de interpretación, de apropiación del conocimiento. Cuando esa tarea se externaliza sistemáticamente, lo que se pierde no es solo tiempo de trabajo, sino una relación directa con los contenidos.

Sin embargo, sería ingenuo pensar que la solución pasa por un rechazo total. Esa postura reproduce, en cierto modo, el gesto de la bisabuela: una resistencia que, aunque comprensible, está condenada a diluirse en la práctica. La historia demuestra que las tecnologías que logran integrarse en los circuitos productivos terminan imponiéndose, no porque sean inevitables en un sentido abstracto, sino porque responden a necesidades estructurales del sistema en el que emergen. La cuestión, por tanto, no es si utilizaremos la inteligencia artificial, sino en qué condiciones y con qué efectos.

En este punto, conviene introducir una distinción fundamental: no todas las comodidades son iguales. Algunas liberan tiempo y energía que pueden destinarse a otras actividades; otras, en cambio, generan una dependencia que reduce nuestra autonomía. El ejemplo de los coches automáticos es ilustrativo: facilitan la conducción sin eliminar la capacidad de conducir. La habilidad sigue ahí, aunque se utilice menos. En cambio, hay herramientas que tienden a sustituir completamente determinadas competencias, haciendo que su ejercicio resulte cada vez más raro, casi innecesario.

La inteligencia artificial se mueve en esa frontera ambigua. Como señalaba Manuel Sacristán, “no hay técnica inocente cuando se inserta en una sociedad desigual”, recordándonos que el problema no reside en la herramienta en sí, sino en el marco social que la orienta y la limita. Puede ser un instrumento que amplifique nuestras capacidades o un dispositivo que las atrofie progresivamente. Todo depende del uso social que se haga de ella. Herbert Marcuse ya advertía que “lo que caracteriza a la sociedad capitalista no es la tecnología, sino el uso que se hace de ella”.

Y en el caso de la IA esa afirmación adquiere una relevancia particular. No estamos ante un simple utensilio, sino ante una tecnología desarrollada en un contexto de competencia económica, acumulación de capital y extracción masiva de datos. Su lógica interna no es ajena a esas condiciones.

Por eso resulta problemático reducir el debate a una cuestión de elección individual. No se trata de decidir, de manera aislada, si usamos o no usamos la IA para escribir un texto o analizar unos datos. Esa decisión está mediada por un entorno en el que la velocidad y la eficiencia se imponen como normas. Quien decide prescindir de estas herramientas puede encontrarse en desventaja frente a los que sí las utilizan no por una cuestión de talento, sino de tiempo disponible. La comodidad, en este sentido, deja de ser opcional y se convierte en una exigencia implícita.

Aquí es donde la anécdota doméstica se conecta con una crítica más amplia. La bisabuela que rechazaba la televisión no estaba simplemente oponiéndose a un aparato; estaba reaccionando, de forma intuitiva, a una transformación en los modos de vida. La televisión no solo introducía una nueva forma de entretenimiento, sino una nueva organización del tiempo y del espacio doméstico.

Del mismo modo, la inteligencia artificial no es únicamente una herramienta útil: es un elemento que reconfigura nuestra relación con el conocimiento, el trabajo y el tiempo.

El problema no es que nos haga la vida más fácil. La humanidad ha buscado siempre esa facilidad, y con razón. El problema es cuando esa facilidad se convierte en un criterio absoluto, cuando todo aquello que requiere esfuerzo es percibido como innecesario o incluso irracional. En ese punto, la comodidad deja de ser un logro y se transforma en una ideología.

Los dispensadores automáticos de jabón son un ejemplo casi caricaturesco de esta tendencia. La diferencia entre pulsar un émbolo y colocar la mano bajo un sensor es mínima, irrelevante desde el punto de vista del esfuerzo físico. Y, sin embargo, esa mínima diferencia se presenta como una mejora significativa, como un avance. No porque resuelva un problema real, sino porque se ajusta a una lógica en la que cualquier reducción del esfuerzo, por pequeña que sea, es celebrada como progreso.

Asimismo, la inteligencia artificial opera en un nivel mucho más profundo, pero responde a la misma lógica. Reduce el esfuerzo cognitivo, acorta los tiempos, elimina pasos intermedios. Y lo hace de manera tan eficaz que resulta difícil resistirse. “¿Cómo rechazar que algo se haga en décimas de segundo?.” La pregunta es pertinente, pero incompleta. Habría que añadir: ¿qué implica aceptar esa reducción sistemática del tiempo y del esfuerzo? ¿Qué tipo de sujeto produce?.

Shoshana Zuboff ha señalado que “la automatización no elimina el trabajo: lo reorganiza y lo desplaza”. Esa reorganización no es neutra: redefine qué habilidades se valoran, cuáles se abandonan y quién controla los procesos. No es solo una cuestión de comodidad, sino de poder.

No se trata de caer en un pesimismo tecnófobo ni de idealizar un pasado en el que todo era más difícil y, supuestamente, más auténtico. Esta nostalgia es tan engañosa como la fe ciega en el progreso. Se trata, más bien, de mantener una relación crítica con las herramientas que utilizamos, de no perder de vista que cada ganancia en eficiencia puede implicar una pérdida en otros aspectos menos visibles.

En última instancia, la pregunta no es si acabaremos utilizando la inteligencia artificial —probablemente lo haremos, como la bisabuela acabó viendo la televisión—, sino cómo queremos que esa utilización se inserte en nuestras vidas. Si será un recurso que nos permita liberar tiempo para actividades significativas o un mecanismo que intensifique aún más la lógica productivista, que ya domina las sociedades capitalistas

Tal vez la negativa inicial, por tozuda que parezca, tenga una función útil: la de introducir una pausa, una distancia crítica frente a la fascinación tecnológica. No para detener el cambio, algo que difícilmente está en manos individuales, sino para evitar que ese cambio se produzca sin reflexión. Porque, al fin y al cabo, no todo lo que hace la vida más fácil, la hace necesariamente mejor.

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