El 8 de marzo no es una fecha amable. No nació para adornar agendas institucionales ni para ofrecer una coartada simbólica al poder. Es la huella de un conflicto que sigue abierto. Quince mujeres asesinadas en lo que va de año. Dos menores muertos en ese mismo círculo de violencia. No son cifras que acompañen una consigna; son el recordatorio de que la desigualdad no es una abstracción teórica, sino una relación social que se expresa con crudeza.
Cada año reaparece la misma pregunta: “¿Y el día del hombre?”. La cuestión no es ingenua; revela una forma de entender la igualdad como simetría formal desprovista de historia. El Día Internacional de la Mujer, no surge como celebración identitaria, sino como resultado de la organización política de trabajadoras que comprendieron que su situación no podía explicarse solo por prejuicios culturales. Fue el movimiento socialista el que, incorporó la cuestión femenina a la lucha de clases, señalando que la subordinación de las mujeres no era un fenómeno marginal, sino estructural.
Por eso, el feminismo marxista parte de una premisa incómoda: la opresión de las mujeres está imbricada con el modo de producción capitalista. La división sexual del trabajo no es un accidente ni una tradición inocente. La asignación casi exclusiva de los cuidados a terceros como tarea exclusivamente destinada a las mujeres, la desvalorización histórica del trabajo doméstico y la precarización diferencial de la fuerza laboral femenina cumplen una función económica. Permiten que la reproducción de la vida —alimentar, cuidar, sostener— se lleve en gran medida fuera del mercado y, por tanto, sin coste directo para el capital.
La casa no es un espacio ajeno a la economía. Es el lugar donde se produce y se repone la fuerza de trabajo. Que esa tarea recaiga mayoritariamente sobre mujeres no es neutral: consolida dependencias, limita autonomías y refuerza jerarquías. La violencia machista no puede desligarse de esa base material. Cuando la supervivencia económica depende del agresor, la ruptura no es solo emocionalmente compleja; es materialmente arriesgada.
De ahí que afirmar que “nos estamos pasando con tanta igualdad” suponga ignorar lo que está en juego. La igualdad real, implica redistribución de poder, de tiempo y de recursos. Implica reconocer el valor social del cuidado y socializarlo a través de políticas públicas. Implica salarios dignos, servicios accesibles, protección frente a la precariedad. No se trata de un exceso, sino de una corrección histórica.
El argumento de que “las mujeres también maltratan” cumple una función de neutralización. Nadie niega que existan violencias diversas. Lo que se discute es el carácter estructural de la violencia de género en sociedades donde la posición de dominio masculina ha sido norma durante siglos. Las estadísticas de homicidios en el ámbito de la pareja no son opiniones ideológicas; describen una asimetría persistente. Analizarla no es demonizar a los hombres como individuos, sino reconocer una estructura de poder.
La desigualdad no se reduce a la violencia física. Es también económica y simbólica. Se expresa en la brecha salarial, en la temporalidad involuntaria, en la penalización profesional de la maternidad, en la feminización de la pobreza. Se manifiesta en cadenas globales de producción donde mujeres del Sur sostienen con salarios ínfimos el consumo del Norte. El feminismo marxista insiste en conectar estas dimensiones: lo que ocurre en el hogar no está separado de lo que ocurre en el mercado mundial.
No sorprende, por tanto, que el avance de estas ideas haya generado reacción. Toda redistribución provoca resistencia.
En España, esa resistencia se ha articulado con claridad en torno a Vox, que ha convertido el antifeminismo en seña de identidad. La apelación a la “familia natural” o a la “tradición” no es solo cultural; encierra una defensa de un modelo de organización social donde las jerarquías de género permanecen intactas.
Defender la familia tradicional implica, en muchos casos, mantener la responsabilidad de los cuidados en el ámbito privado y femenino. Cuestionar las políticas de igualdad supone cuestionar servicios públicos que permiten a las mujeres independencia económica. El discurso que presenta el feminismo como amenaza protege, en realidad, un determinado reparto del poder.
Las tensiones recientes entre sectores eclesiales y la derecha radical muestran las contradicciones de este momento. El papa Francisco ha insistido en la acogida a migrantes y en la crítica a la exclusión social, recordando elementos de la doctrina social que incomodan a quienes utilizan la identidad cristiana como herramienta política. Cuando el mensaje interpela a la desigualdad económica, deja de ser funcional como simple bandera cultural.
El Partido Popular, y Alberto Núñez Feijóo, transitan una línea incierta entre la moderación declarada y la asimilación de parte del marco discursivo de la extrema derecha. La experiencia reciente demuestra que adoptar el lenguaje del adversario desplaza el terreno del debate y normaliza planteamientos que erosionan consensos básicos sobre derechos.
Mientras tanto, el escenario internacional agrava la sensación de fragilidad. El orden multilateral surgido tras la Segunda Guerra Mundial muestra límites evidentes. El bloqueo del Consejo de Seguridad de la ONU, condicionado por el derecho de veto de sus miembros permanentes, alimenta el descrédito. Pero la alternativa al multilateralismo imperfecto no es la eficacia, sino la primacía sin restricciones del más fuerte.
La posibilidad de acciones unilaterales contra Irán, asociadas a liderazgos como el de Donald Trump o el de Benjamin Netanyahu, reabre una cuestión central: ¿puede invocarse la defensa de los derechos humanos para vulnerar el derecho internacional? El régimen iraní es autoritario y reprime especialmente a mujeres y minorías sexuales. No obstante, la experiencia histórica demuestra que las intervenciones militares justificadas como liberadoras, suelen generar escenarios de mayor inestabilidad y sufrimiento.
En este contexto, feminismo marxista ha sido especialmente crítico con la utilización selectiva de la causa de las mujeres como coartada geopolítica. La emancipación no puede imponerse desde fuera ni desligarse de las condiciones materiales y políticas internas de cada sociedad. Convertir los derechos en argumento instrumental los vacía de contenido.
El debilitamiento del derecho internacional tiene consecuencias que trascienden la diplomacia. Si se naturaliza que las grandes potencias actúen al margen de normas comunes, se consolida la idea de que el poder no necesita límites. Esa lógica permea las democracias nacionales: liderazgo fuerte, desprecio por los contrapesos, simplificación de problemas complejos. El autoritarismo no irrumpe siempre de forma abrupta; avanza cuando se trivializan las garantías.
La defensa de la igualdad de género y la defensa de un orden internacional basado en normas comparten un mismo principio: la necesidad de limitar la concentración de poder. En ambos casos se trata de evitar que la fuerza —sea física, económica o militar— sustituya a la regla común.
Volver al 8 de marzo significa, en este contexto, rechazar su banalización. No es una fecha ornamental ni una pugna identitaria. Es la expresión de una crítica estructural a un orden que combina acumulación capitalista y jerarquía patriarcal. Transformarlo exige políticas concretas: servicios públicos sólidos, socialización de los cuidados, independencia económica, redistribución fiscal, democratización real.
La igualdad no es un exceso porque no es un lujo retórico. Es una condición material de la democracia. Sin ella, los derechos se convierten en privilegios y la libertad en una palabra vacía para quienes carecen de medios para ejercerla. Defenderla no es exagerar; es afirmar que la justicia social no puede depender de la benevolencia del poder ni de la coyuntura electoral.
Quince mujeres asesinadas en lo que va de año. Dos menores muertos. El dato vuelve a imponerse al final del argumento. No hay exceso en exigir que esa realidad deje de repetirse. Hay, más bien, una deuda histórica que todavía no ha sido saldada.




