jueves, 26 febrero 2026

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El ocaso de occidente

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Hace algo más de cinco siglos que Europa desembarcó en el continente que decidió llamar América. Aquel viaje, tantas veces narrado como epopeya civilizatoria, fue en realidad la palanca que permitió a una clase social emergente dar un salto histórico decisivo. La burguesía, todavía joven en el seno del orden feudal, encontró al otro lado del Atlántico lo que necesitaba para convertirse en hegemónica: metales preciosos, tierras inmensas, mano de obra esclavizada y mercados cautivos.

No fue una aventura romántica, sino un proceso sistemático de saqueo y acumulación. La plata de Potosí, el oro arrancado a sangre y fuego, el comercio triangular de seres humanos reducidos a mercancía: todo ello alimentó el ascenso de esa nueva clase que acabaría desbordando a la nobleza y dinamitando el Antiguo Régimen. La burguesía no se limitó a prosperar dentro del feudalismo; lo superó cuando ya no le resultó funcional.

De ese proceso nació el capitalismo. Un sistema que proclamaba la igualdad jurídica mientras naturalizaba la desigualdad material; que abolía los privilegios de cuna para instaurar el privilegio del capital. La nueva libertad consistía en poder vender y comprar sin trabas. Pero para la mayoría significó algo mucho más concreto: la obligación de vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. La libertad del mercado fue, desde el principio, la libertad del propietario.

Los Estados modernos no surgieron como árbitros neutrales entre intereses contrapuestos. Fueron moldeados para garantizar la expansión del capital, asegurar la propiedad privada y disciplinar a la fuerza de trabajo. Constituciones, parlamentos, códigos civiles: todo ello fue el armazón político de un nuevo orden social. La democracia liberal, en su forma histórica concreta, nació estrechamente vinculada a las necesidades de la acumulación.

En la costa este de América del Norte se ensayó una versión especialmente coherente de ese proyecto. Las trece colonias que rompieron con la metrópoli británica fundaron una república sin pasado feudal inmediato, una sociedad que se presentaba como nueva desde sus cimientos. Estados Unidos se convirtió pronto en la expresión más nítida del ideal burgués: propiedad privada protegida, expansión constante y culto al individuo emprendedor.

La llamada “tierra de oportunidades” ofrecía a los inmigrantes europeos la promesa de prosperar por mérito propio. Pero ese relato ocultaba una condición decisiva: la expansión territorial mediante la violencia. La conquista del oeste no fue una marcha pacífica hacia el progreso, sino una guerra prolongada contra pueblos originarios, acompañada de desplazamientos forzosos, exterminio y apropiación masiva de tierras. A ello se sumó la guerra contra México, que amplió de manera sustancial el territorio estadounidense.

La cultura de las armas, convertida en seña de identidad nacional, hunde sus raíces en ese proceso fundacional. No es un capricho ideológico contemporáneo, sino la huella histórica de un país construido sobre la conquista armada y la autodefensa privada en territorios en disputa. La industria militar, por su parte, no es un apéndice coyuntural, sino un sector estructural de su economía.

A lo largo del siglo XIX, protegido por dos océanos y sin rivales inmediatos en su continente, Estados Unidos consolidó su mercado interno y su poder industrial. Cuando dio el salto al exterior, lo hizo ya como potencia emergente. La guerra hispano-estadounidense de 1898 marcó el inicio de su proyección imperial ultramarina. Desde entonces, su política exterior ha combinado intervención militar, presión económica y expansión cultural.

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El imperialismo no fue un accidente moral ni una desviación circunstancial. Fue la consecuencia lógica de un sistema que necesita expandirse para sostener sus tasas de ganancia. Cuando el mercado interno resulta insuficiente, el capital busca nuevos territorios, nuevos recursos y nuevas poblaciones que integrar en su órbita. Esa dinámica explica gran parte de la historia contemporánea.

Mientras el capitalismo se expandía, en Europa tomaba forma una crítica radical que lo analizaba con herramientas científicas. Marx y Engels no denunciaron el sistema por razones morales abstractas; lo estudiaron como un modo de producción concreto, con leyes de funcionamiento y contradicciones internas. Mostraron cómo la acumulación se basa en la explotación del trabajo y cómo las crisis periódicas no son anomalías, sino rasgos estructurales.

La Primera Guerra Mundial confirmó que las potencias industriales competían ferozmente por el reparto del mundo. Millones de muertos y una devastación sin precedentes fueron el precio de esa rivalidad. En el seno del Imperio ruso, debilitado y atrasado, la guerra actuó como catalizador de un proceso revolucionario que culminó en 1917 con la toma del poder por los bolcheviques.

La creación de la Unión Soviética inauguró una experiencia histórica inédita: un Estado que se proponía superar el capitalismo y organizar la economía sobre bases socialistas. Por primera vez, el sistema burgués enfrentaba no solo huelgas y partidos obreros, sino un modelo alternativo que aspiraba a extenderse. El siglo XX quedó atravesado por esa confrontación.

La crisis de 1929 mostró con crudeza la fragilidad del capitalismo desregulado. Millones de desempleados, quiebras en cadena y miseria generalizada pusieron en cuestión la supuesta racionalidad del mercado. En Europa, el fascismo emergió como respuesta autoritaria y ultranacionalista a la crisis y al avance del movimiento obrero. La Segunda Guerra Mundial fue la culminación trágica de esas tensiones.

La derrota del nazismo reconfiguró el mapa político. El mundo quedó dividido en dos grandes bloques con sistemas socioeconómicos antagónicos. Durante décadas, la Guerra Fría mantuvo una tensión constante, marcada por conflictos indirectos, carrera armamentística y competencia tecnológica. La existencia del campo socialista actuó como contrapeso, obligando a las potencias capitalistas a conceder derechos sociales que, en otro contexto, difícilmente habrían aceptado.

En 1991, la desintegración de la Unión Soviética fue celebrada en Occidente como triunfo definitivo. Se habló de un mundo unipolar y del fin de las grandes alternativas ideológicas. El capitalismo liberal se presentó como destino inevitable de la humanidad. Sin embargo, aquella euforia ocultaba problemas estructurales que no tardarían en reaparecer.

Sin un rival sistémico que lo contuviera, el capital financiero aceleró su expansión global. La deslocalización industrial hacia países con mano de obra barata, la liberalización de flujos financieros y la privatización de servicios públicos se convirtieron en dogma. La economía productiva cedió protagonismo a la especulación. Las burbujas y las crisis se sucedieron, culminando en el colapso financiero de 2008.

Mientras tanto, China avanzaba de manera constante. Integrada en el comercio mundial, combinó planificación estatal y apertura selectiva para transformarse en potencia industrial y tecnológica. En pocas décadas pasó de ser una economía periférica a convertirse en actor central del comercio global. Su influencia en Asia, África y América Latina creció de forma sostenida, alterando el equilibrio geoeconómico.

La emergencia de un mundo multipolar puso en cuestión la hegemonía estadounidense. La expansión de alianzas militares hacia el este europeo, las sanciones económicas masivas y el retorno del proteccionismo son síntomas de esa disputa. El libre comercio, defendido durante décadas como principio universal, se relativiza cuando amenaza los intereses del centro del sistema.

En Oriente Medio, el apoyo incondicional a determinadas potencias regionales y la intervención directa o indirecta en conflictos han respondido a la misma lógica: garantizar posiciones estratégicas y controlar recursos clave. En América Latina, los intentos de aislamiento y desestabilización contra gobiernos que cuestionan la ortodoxia neoliberal se inscriben en esa tradición de injerencia.

En el interior de las sociedades occidentales, las consecuencias de décadas de financiación y recortes se hacen visibles. El aumento de la desigualdad, la precarización laboral y la pérdida de expectativas para amplias capas de la población erosionan la legitimidad del sistema. El mito de la movilidad social ascendente se debilita cuando generaciones enteras perciben que vivirán peor que sus padres.

La polarización política, el auge de discursos autoritarios y la desconfianza hacia las instituciones no surgen en el vacío. Son la expresión de un malestar estructural. Cuando la democracia liberal se percibe como incapaz de garantizar condiciones materiales dignas, su prestigio se resiente. El desencanto se convierte en terreno fértil para soluciones simplistas o regresivas.

Hablar de decadencia no implica imaginar un derrumbe inmediato, sino reconocer un desplazamiento histórico. La centralidad económica y política que Occidente ejerció durante siglos se relativiza. El eje del crecimiento se desplaza hacia Asia. Nuevas alianzas regionales cuestionan la arquitectura financiera surgida tras la Segunda Guerra Mundial. El mundo ya no gira exclusivamente en torno a Washington y Bruselas.

La cuestión de fondo es cómo se gestionará esa transición. La historia del capitalismo muestra que las crisis profundas suelen ir acompañadas de conflictos. Cuando las élites perciben que pierden posiciones, la tentación de recurrir a la fuerza aumenta. La carrera armamentística, el endurecimiento de sanciones y la retórica belicista son señales preocupantes.

Al mismo tiempo, la humanidad enfrenta desafíos globales que trascienden bloques y rivalidades: crisis climática, desigualdades extremas, migraciones masivas, pandemias. Resolverlos requiere cooperación y planificación a escala internacional. Sin embargo, la lógica competitiva del capital dificulta respuestas coordinadas y solidarias.

Hace apenas cinco siglos que el planeta quedó integrado en un único sistema mundial. En términos históricos, es un período breve. La hegemonía occidental ha sido intensa, pero no eterna. Si asistimos al final de algo, es al fin de un ciclo específico de dominación. Lo que venga después dependerá de correlaciones de fuerza, decisiones políticas y capacidad de organización colectiva.

No hay garantías automáticas de que el relevo hegemónico conduzca a un mundo más justo. La superación del capitalismo no es un proceso mecánico, sino una posibilidad abierta. Las mayorías trabajadoras, en distintos continentes, siguen enfrentando formas de explotación y desigualdad. La conciencia de esa realidad es condición necesaria para cualquier transformación.

El ocaso de Occidente no significa el fin de la historia, sino la apertura de una nueva etapa. Una etapa en la que el viejo centro ya no puede dictar unilateralmente las reglas del juego. La alternativa es clara: o se impone una transición negociada hacia un orden más equilibrado y cooperativo, o la pugna por conservar privilegios arrastrará al mundo a conflictos cada vez más destructivos.

Estamos en un momento de inflexión. El ciclo iniciado con la conquista y la acumulación colonial muestra signos de agotamiento. El capitalismo occidental enfrenta límites que no puede resolver con las fórmulas que lo encumbraron. La humanidad, por primera vez plenamente consciente de sí misma como especie global, deberá decidir si perpetúa un modelo basado en la competencia y la desigualdad o si ensaya formas de organización más racionales y solidarias.

En esa encrucijada nos encontramos. No es una disputa abstracta entre potencias lejanas, sino una tensión que atraviesa nuestras sociedades, nuestros trabajos y nuestras expectativas de futuro. El desenlace no está escrito. Pero lo que sí parece claro es que la hegemonía indiscutida de Occidente pertenece cada vez más al pasado que al porvenir.

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