viernes, 20 febrero 2026

· Manzanares | Toledo ·

El anticristo

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En la Biblia aparece una figura ambigua y, al mismo tiempo, profundamente política: el Anticristo. No es un personaje con rostro definido, sino una categoría histórica que simboliza la negación activa del mensaje de Jesús de Nazaret. Allí donde el Evangelio proclama la dignidad de los pobres y la fraternidad universal, el Anticristo instala la dominación, la jerarquía y el culto al poder. Es, en términos materiales, la inversión del proyecto emancipador que late en las palabras atribuidas a Jesús: la transformación de un mensaje de liberación en instrumento de sometimiento.

Leído desde una perspectiva marxista, el Anticristo no es una criatura sobrenatural, sino la expresión ideológica de un orden social que necesita disfrazarse de moral para perpetuar la explotación. Es la máscara religiosa del poder económico. Es la sacralización de la desigualdad. Es el momento en que la fe se convierte en aparato ideológico al servicio de la clase dominante.

Si hoy buscamos en la España contemporánea una figura que represente esa inversión simbólica —no en sentido teológico, sino político e histórico— el nombre que emerge es el de Santiago Abascal. No por razones personales, sino por el proyecto que encarna: una ultraderecha que combina nacionalismo excluyente, retórica religiosa y defensa férrea de las estructuras económicas del capitalismo español. Un discurso que invoca valores eternos mientras consolida relaciones de poder profundamente terrenales.

Jesús de Nazaret predicaba el amor al prójimo. Pero ese amor, conviene recordarlo, tenía un contenido social concreto. No era filantropía paternalista, sino toma de partido. Se situaba del lado de los pobres, de los enfermos, de los excluidos por la ley y el templo. Denunciaba la acumulación de riqueza en manos de unos pocos y cuestionaba la hipocresía de quienes convertían la religión en instrumento de prestigio social. “No podéis servir a Dios y al dinero” no es una frase espiritualista: es una crítica frontal a la lógica de la acumulación.

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El proyecto político de Abascal se sitúa en el extremo opuesto. Su discurso no interpela a los grandes propietarios ni a los consejos de administración. No cuestiona la especulación inmobiliaria, ni la financiarización de la economía, ni la precarización estructural del trabajo. Al contrario, desplaza el foco hacia enemigos secundarios: el migrante, el feminismo, el diferente. Allí donde la contradicción fundamental es entre capital y trabajo, se propone una falsa contradicción entre nacionales y extranjeros.

Este desplazamiento es clásico en la historia del capitalismo en crisis. Cuando las condiciones materiales de vida se deterioran —salarios estancados, vivienda inaccesible, servicios públicos tensionados— el malestar puede cristalizar en conciencia de clase. Para impedirlo, se construye un enemigo externo o interno que canalice la frustración. El migrante pobre se convierte en chivo expiatorio, mientras el capital financiero permanece fuera del campo de tiro. La lucha de clases se disfraza de choque cultural.

Aquí es donde la categoría simbólica del Anticristo adquiere sentido político. En la tradición bíblica, el Anticristo no destruye frontalmente la religión: la instrumentaliza. Habla su lenguaje, invoca sus símbolos, pero vacía su contenido. La extrema derecha hace algo similar con el cristianismo. Lo convierte en marcador identitario frente al islam o frente al laicismo, pero lo despoja de su dimensión igualitaria y subversiva. Se apela a la familia mientras se respalda un modelo económico que impide a miles de jóvenes formar una. Se proclama la defensa de la vida mientras se niega la acogida a quienes huyen de la muerte.

El cristianismo originario fue un movimiento de base popular que cuestionó el orden imperial y las jerarquías establecidas. No era una religión de Estado, sino una comunidad de marginados. Convertirlo en ideología nacional es una operación de domesticación histórica. Es integrar un mensaje potencialmente crítico dentro del engranaje de la hegemonía cultural dominante.

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Desde el marxismo sabemos que toda ideología cumple una función material. No existe discurso inocente. Cuando la ultraderecha reivindica las “raíces cristianas de Europa”, no está proponiendo una ética de redistribución, sino una frontera simbólica. El cristianismo deja de ser horizonte universal para convertirse en arma cultural. Y esa operación beneficia a quienes necesitan dividir a la clase trabajadora para mantener su posición de privilegio.

En la España actual, la precariedad laboral, el encarecimiento de la vivienda y la mercantilización de derechos básicos no son fenómenos naturales: son el resultado de decisiones políticas insertas en una estructura capitalista global. Sin embargo, el discurso ultraderechista rara vez apunta hacia los grandes fondos de inversión o hacia las élites económicas que capturan rentas sin producir valor social. Prefiere señalar al último de la fila. Prefiere enfrentar a trabajadores autóctonos con trabajadores migrantes antes que cuestionar la apropiación privada de la riqueza colectiva.

Esa es la función objetiva del proyecto que lidera Abascal: reconfigurar el conflicto social en términos identitarios para neutralizar su potencial transformador. Convertir el miedo en motor político. Sustituir la solidaridad de clase por la competencia entre pobres. Reforzar la disciplina social bajo la promesa de orden.

La tradición evangélica leída desde abajo y la tradición marxista convergen en un punto esencial: la centralidad de los oprimidos. El amor al prójimo, entendido en términos históricos, implica transformar las condiciones materiales que generan sufrimiento. No basta con la caridad; es necesaria la justicia estructural. No basta con el gesto individual; se requiere reorganizar la producción y la distribución de la riqueza.

Nombrar a Abascal como figura simbólica del Anticristo no es caer en una demonización simplista. Es identificar una inversión de valores: presentar como defensa de la civilización lo que en realidad es defensa de privilegios; vestir de moral lo que responde a intereses de clase; sacralizar el orden existente para blindarlo frente a la crítica.

En última instancia, la cuestión es clara: ¿qué proyecto histórico se defiende? ¿Uno que consolida la propiedad privada concentrada y la jerarquía social bajo un discurso de tradición y patria? ¿O uno que democratiza la economía, amplía derechos y reconoce en cada ser humano —con independencia de su origen— un sujeto de dignidad?

El Anticristo, entendido como categoría política, no es un individuo aislado, sino la expresión de un sistema que necesita legitimarse moralmente mientras produce desigualdad material. Allí donde el odio sustituye a la fraternidad y la exclusión se presenta como virtud, estamos ante esa inversión. Y frente a ella, la tarea sigue siendo la misma que señalaban tanto el Evangelio leído desde los pobres como el marxismo clásico: organizar la solidaridad, desvelar la ideología y transformar las estructuras que hacen posible la explotación.

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