martes, 17 febrero 2026

· Manzanares | Toledo ·

¿Otra vez tortilla?… ¡Qué asco!

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“Felipe González me da mucha pena y un poquito de asco”. La frase, seca, directa, sin afeites, podría haber salido de la boca de Isabel Díaz Ayuso o del argumentario repetido de Miguel Tellado. Pero no. La pronunció Amparo Rubiales, histórica dirigente socialista, octogenaria, feminista, militante de otra época, una de esas figuras que atravesaron el tardofranquismo, la Transición y los primeros gobiernos autonómicos convencidas de que estaban empujando la historia en dirección a la justicia social. Que sea ella, y no una voz de la derecha, quien verbalice ese juicio demoledor sobre Felipe González convierte la escena en algo más que una anécdota: es un hecho político cargado de significado.

Rubiales no habla desde la periferia. Habla desde el interior mismo del engranaje que ayudó a construir. Fue la primera mujer andaluza en formar parte de un Ejecutivo autonómico, presidió el socialismo andaluz, fue senadora, diputada y dirigente orgánica durante décadas. Su biografía discurre en paralelo a la del PSOE en su etapa de ascenso, consolidación y transformación en partido de Estado. Por eso, cuando expresa su repugnancia hacia González, no rompe solo con un dirigente concreto, sino con un relato histórico que durante cuarenta años sostuvo la identidad emocional de millones de militantes. Es una impugnación tardía, pero frontal, del mito fundacional de la socialdemocracia española.

Resulta llamativo que Rubiales no cargue contra Pedro Sánchez, que la obligó a dimitir como presidenta del PSOE de Sevilla tras su polémico comentario llamando “nazi judío” a Elías Bendodo, entonces dirigente destacado del Partido Popular y entusiasta defensor de las políticas del Estado de Israel en Palestina. Aquella frase, tan torpe como nacida de una indignación política real, desató una tormenta mediática que llegó a la prensa internacional y a organismos como la ONU. El PP llevó el caso a los tribunales. Rubiales fue absuelta. Pero el PSOE prefirió proteger su imagen antes que a una de sus veteranas. Esa secuencia no es anecdótica: ilustra hasta qué punto el partido prioriza su encaje institucional sobre cualquier consideración de lealtad interna.

Sin embargo, el asco no se dirige al ejecutor inmediato, sino al padre simbólico. Y ahí reside la clave. Felipe González no es solo un expresidente. Es el rostro político feo de la integración definitiva de la socialdemocracia española en el bloque de poder capitalista. Bajo su liderazgo se consolidó un modelo económico basado en privatizaciones, reconversión industrial, desregulación laboral, subordinación a los mercados financieros y alineamiento estratégico con Estados Unidos y la OTAN. No fue un error. No fue una desviación coyuntural. Fue una orientación consciente.

Dicho sin rodeos: su proyecto no buscaba alterar las relaciones de producción, sino garantizar su estabilidad. No pretendía fortalecer a la clase trabajadora como sujeto político autónomo, sino convertirla en base electoral pasiva. El socialismo dejó de ser horizonte y pasó a ser decoración. Un barniz discursivo para legitimar políticas que, en esencia, reforzaban el poder del capital sobre el trabajo.

Todo ello se envolvió en el lenguaje de la modernización. Se presentó como el único camino posible para evitar el aislamiento, el atraso o el retorno de la derecha franquista. Así se construyó un chantaje histórico que funcionó durante décadas: aceptar el neoliberalismo como mal menor. A cambio, se prometía estabilidad, crecimiento y derechos. Lo que se entregó fue precariedad, desigualdad y desposesión.

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Rubiales forma parte de la generación que aceptó ese marco creyendo que era provisional. Que pensó que primero había que “ordenar” el país y después vendrían las reformas profundas. El tiempo demostró lo contrario: el orden se convirtió en fin en sí mismo y las reformas estructurales siempre quedaron aplazadas. Lo que sí avanzó fue la mercantilización de prácticamente todas las esferas de la vida.

El malestar no es individual. Lo expresó también Juan Luis Colino en una carta publicada en El País. Colino recuerda que durante décadas ningún militante habría podido decir “yo no votaré al PSOE” sin ser expulsado de inmediato. Hoy es el propio González, el que proclama que no votará al partido que lideró. No es una paradoja: es coherencia. El PSOE ya no le resulta una herramienta suficientemente fiable para blindar el orden que él ayudó a consolidar.

De ahí también su ofensiva contra los acuerdos entre el PSOE y EH Bildu. González presenta esos pactos como una anomalía ética. Colino le recuerda que Bildu es resultado, en parte, del trabajo de muchos socialistas que impulsaron el abandono de la lucha armada y la incorporación plena a la política institucional. Lo que para unos es una amenaza, para otros fue una conquista democrática.

El conflicto no gira en torno al pasado violento, sino al presente político. Lo que incomoda es que existan fuerzas que cuestionen el marco surgido de la Transición y disputen, aunque sea tímidamente, la hegemonía del capital. Lo que se teme no es el recuerdo del conflicto, sino su reaparición bajo nuevas formas.

Felipe González no está asistiendo al desgaste de su prestigio: lo está provocando. Con cada intervención pública confirma que nunca dejó de estar donde siempre estuvo: en el campo del orden, no en el de la transformación.

Su evolución no es un giro ideológico, sino una depuración progresiva de cualquier resto retórico que pudiera vincularlo a la izquierda.

Para muchos militantes veteranos, asumir esto equivale a una experiencia dolorosa: comprender que su biografía política estuvo construida sobre una promesa falsa. No porque no hubiera luchas ni sacrificios reales, sino porque el destino de esos esfuerzos fue otro muy distinto al que se les prometió. Esa constatación no produce solo tristeza; produce rabia, frustración y, en algunos casos, vergüenza.

Desde la izquierda crítica se advirtió durante décadas de este desenlace. Se denunció la OTAN, las privatizaciones, la corrupción, la subordinación al capital. Esas advertencias fueron marginadas. Hoy ya no pueden despacharse como exageraciones. La realidad las ha confirmado con crudeza.

En ese contexto, la frase de Rubiales adquiere un valor político concreto. No es una pataleta ni una boutade. Es la verbalización de una ruptura íntima con un pasado idealizado. Es el reconocimiento de que algo esencial se torció.

“Felipe González me da mucha pena y un poquito de asco”.

Esa frase condensa una toma de conciencia tardía, pero significativa. No repara el daño causado. No devuelve los años perdidos. Pero señala algo esencial: sin ruptura con el capitalismo, sin independencia política de la clase trabajadora, sin horizonte socialista real, toda izquierda acaba convertida en administradora del mismo sistema que dice combatir.

La cuestión, por tanto, no es moral. No va de simpatías o antipatías personales. Va de proyecto histórico. Y ahí, por primera vez en mucho tiempo, una voz procedente del viejo socialismo admite lo que durante años se negó: que aquel camino no llevaba a la emancipación, sino a la integración.

Ese reconocimiento, aunque llegue tarde, abre una posibilidad. No de restaurar viejos mitos, sino de construir algo distinto. Sin líderes providenciales. Sin atajos. Con conflicto, con organización y con conciencia de clase.

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