domingo, 15 febrero 2026

· Manzanares | Toledo ·

Lo que la IA no traduce

La traducción automática puede reemplazar la conversión de palabras, pero no sustituye la comprensión profunda de los marcos culturales que dan sentido a esas palabras

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Durante años hemos repetido que hablar varias lenguas es una ventaja competitiva, una puerta abierta al mundo y una forma de ampliar horizontes personales y profesionales. Hoy, sin embargo, esa idea parece tambalearse. La inteligencia artificial traduce correos electrónicos en segundos, genera subtítulos automáticos y permite mantener reuniones o llamadas telefónicas con interpretación simultánea casi instantánea. Ante ese escenario, muchos se preguntan si seguir aprendiendo idiomas tiene sentido.

La respuesta es sí. Y más que nunca.

La traducción automática puede reemplazar la conversión de palabras, pero no sustituye la comprensión profunda de los marcos culturales que dan sentido a esas palabras. La lingüística aplicada lleva décadas recordándonos que la lengua no es un sistema aislado, sino una práctica social situada. Como señalan Alan Davies y Catherine Elder en The Handbook of Applied Linguistics, los problemas relacionados con el lenguaje en el mundo real no se resuelven solo aprendiendo contenidos meramente lingüísticos, sino entendiendo cómo la lengua funciona en contextos concretos, dentro de instituciones y relaciones sociales específicas; y de ahí el paso de la competencia lingüística a la competencia comunicativa; y de esta a la competencia comunicativa intercultural.  Es esa trazabilidad de las competencias la idea que resulta especialmente relevante cuando analizamos el impacto de la IA en la comunicación global.

Podemos confiar en una máquina la traducción de un contrato, pero no podemos delegar la lectura de lo implícito en una negociación, porque existe una habilidad que va mucho más allá de las palabras y que sigue siendo subestimada: el distanciamiento del etnocentrismo, el reconocimiento de la diversidad, la sensibilidad cultural. Reconocer y entender culturas diversas importa tanto como entender lenguas, incluso en el marco de una misma lengua, ya sea propia o no. En liderazgo, en colaboración internacional y en educación, esa sensibilidad marca la diferencia entre avanzar o generar fricción, entre perder confianza de forma silenciosa o en abordar con garantías el desarrollo de proyectos compartidos.

Vivimos en un mundo donde los acontecimientos globales ya no son lejanos. Conflictos, movimientos sociales y transformaciones culturales nos impactan emocionalmente y nos influyen con una inmediatez cada vez más vez más vertiginosa y determinante. Al mismo tiempo, la cultura circula con una fluidez tan líquida que una película nominada a un premio internacional conmueve a públicos que no comparten idioma ni experiencia vital, o un artista latino llena estadios en lugares donde la gente dice que no entiende sus letras, pero que recibe con nitidez asombrosa sus poderosos mensajes. Ese fenómeno refleja una realidad cada vez más extendida, que la identidad cultural ya no es un bloque compacto, sino una superposición de capas, de trayectorias híbridas, de mestizajes con influencias de distintos países, lenguas y tradiciones.

La sensibilidad cultural no consiste en memorizar protocolos o listas de costumbres y gestos, significa percibir lo que no se dice en el ritmo y el tono de una conversación, el valor del silencio, el peso específico de determinadas palabras; significa, entender que la cortesía, la jerarquía, el tiempo o el desacuerdo se gestionan de formas diversas y que esas diferencias influyen directamente en la interpretación del mensaje.

Y es aquí donde la inteligencia artificial encuentra sus límites. Puede ofrecer equivalencias léxicas y sintácticas, pero no interpreta expectativas, intenciones ni valores. No anticipa cómo se leerá o influirá un comentario crítico en un contexto cultural concreto ni calibra la distancia adecuada en una interacción sensible; no construye confianza ni favorece los afectos que transmite un “gracias” dicho en la lengua de los otros.

Es por eso que aprender lenguas sigue siendo esencial porque da pie a cuestionar la propia perspectiva, a reconocer que lo que consideramos natural es solo una posibilidad entre muchas. Desde la reflexión de autoras como Claire Kramsch sabemos que entrar en otra lengua es entrar en otro universo simbólico, es aprender a interpretar significados anclados en historias, sensibilidades y referencias compartidas; que aprender otras lenguas implica la capacidad de desenvolverse en y entre marcos culturales distintos.

En la era de la IA, estudiar otras lenguas, lejos de considerarse irrelevante, se vuelve necesario; no para competir, sino para complementar y enriquecer la experiencia de aquello que nos hace esencialmente humanos: la comunicación.

Luis Miguel Miñarro
Luis Miguel Miñarro
Doctor en Estudios Filológicos. Antropólogo social. Maestro.

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