Por Julio Casas
Estoy desolado. Con lo educada y dialogante que es nuestra derecha, siempre huidiza del ruido y del tumulto, y va Pedro Sánchez y enfanga el final de la campaña aragonesa riéndose de Alberto Núñez Feijóo. No es admisible semejante castigo para una derecha tan circunspecta, moderada y sintáctica como la española, esa derecha que ha construido su hegemonía no con ideas, sino con disciplina social, sumisión de las mayorías y defensa del privilegio. En lugar de levantar la voz contra la injusticia, se ríe de los errores de su propio aparato, mientras mantiene intactos los mecanismos de explotación y exclusión.
La gravedad del asunto es tal que OKDiario, periódico de referencia de los más inteligentes lectores de Público y de los amantes del humor involuntario, sintetizó la ofensa presidencial con precisión quirúrgica: Dirty Sánchez se mofa de Feijóo y la gente le señala por hacer bullying y antipolítica. Una síntesis que convierte un problema de fondo —la desigualdad estructural que defienden los partidos de derecha— en un espectáculo de formas y risas.
Conviene explicar el origen del escándalo. El pecado de Feijóo fue dar un mitin en una empresa, dirigirse a sus trabajadores para captar voto maño y equivocarse ocho veces con el nombre de la firma. La empresa se llama Fribin. Feijóo la llamó Brifin con una constancia admirable. No es un error menor. Es un síntoma de la mediocridad que la derecha ha normalizado como mérito, una mediocridad que se presenta como centrismo mientras garantiza la reproducción del privilegio y del capital concentrado.
Pedro Sánchez, sin embargo, cruzó una frontera que muchos consideran inapropiada: en un mitin celebrado en Huesca, ante una audiencia modesta, recordó entre carcajadas que el líder del PP no parece especialmente brillante.
“Es impresionante. Yo no lo conocía hasta que llegó a la política nacional. Pero el señor Feijóo piensa que Huelva está en el Mediterráneo. Dice que las pupilas se dilatan por el sol de Cádiz. Y hoy va a Huesca y dice: Brifin es una…”. En ese punto Sánchez se queda sin aire. Ríe. El público ríe. Pilar Alegría también. Luego continúa: “Imaginadlo. Los trabajadores sentados, el equipo de campaña, y él ahí, diciendo Brifin en lugar de Fribin. Ocho veces. La gente sin saber qué hacer para no partirse de risa en su cara. El que no fue presidente porque no quiso no mete más la pata porque no puede”.
Es una escena poco edificante, pero su relevancia política va mucho más allá de una carcajada. Feijóo no representa un peligro por confundirse de nombre. Representa un peligro por el proyecto que encarna: un modelo de país donde los privilegios se perpetúan, donde la desigualdad se naturaliza, donde la política sirve a la acumulación de capital y a la defensa de los intereses de unos pocos sobre la mayoría.
Mientras se discute si Sánchez fue elegante o no, se ignora que el bloque PP-Vox, propone un país donde las mayorías trabajan más y reciben menos, donde los contratos precarios se multiplican, donde la vivienda se encarece y donde los servicios públicos se deterioran mientras crece la riqueza concentrada. Señalan a migrantes, pobres y disidentes como amenazas, normalizando el miedo y la crueldad. Mantienen un lenguaje donde la injusticia se llama disciplina y la desigualdad, orden. Cada mitin, cada medida y cada ley de este bloque no es casual; responde a un proyecto consciente de consolidar privilegios, reforzar jerarquías y disciplinar a la mayoría trabajadora.
Debería ser delito hacerle bullying a Feijóo, dicen algunos. Pero nadie habla del bullying estructural que sufren millones de personas: salarios que no alcanzan, alquileres imposibles, sanidad y educación públicas cada vez más débiles. Esa es la risa que la derecha no puede permitirse. Esa es la política real que no les interesa discutir. Cada carcajada de Sánchez sobre Fribin nos recuerda que mientras ellos se distraen con las formas, el sistema sigue funcionando en su beneficio, reproduciendo jerarquías y manteniendo excluidos a los más débiles.
OKDiario, el BOE de los nazilisérgicos, llevó a cabo el análisis esperado. No explicó por qué se rió Sánchez. No mencionó Fribin. No consideró problemático que un aspirante a presidente desconozca reiteradamente el nombre del lugar donde pide el voto. Esos son matices menores. Lo relevante es la mofa, la carcajada, la irreverencia. Pero la risa no es neutral: revela quién puede reírse y quién no, quién es protegido por la ley y quién está condenado a la precariedad.
Gracias a su infrapárvula oratoria, el líder del PP consiguió ofender simultáneamente, en cuestión de minutos, a obreros y empresarios de la misma empresa, lo cual demuestra su notable capacidad para no representar a nadie. Eso es centrismo. Eso es moderación. Eso es el bloque PP-Vox en acción: apariencia de orden, fondo de desigualdad y miedo. Mientras tanto, la acumulación de riqueza se consolida, y los mismos que se quejan de la risa de Sánchez no cuestionan el saqueo sistemático de recursos públicos ni la explotación laboral que sostienen.
Lo verdaderamente fascinante no es que Sánchez se riera. Lo verdaderamente fascinante es que el escándalo consista en eso y no en el proyecto de país que defienden PP y Vox: más privilegios para unos pocos, más control y represión para la mayoría. Esa es la tragedia: distraer con ridiculeces lo que es un conflicto de clase y de poder.
Pedro Sánchez se rió. No debería haberlo hecho. Pero convertir esa carcajada en un atentado contra la democracia mientras se normaliza un programa que consolida desigualdades, recorta derechos y blinda privilegios es una obscenidad mayor. La política no va de proteger el orgullo herido de dirigentes torpes. Va de decidir si este país avanza hacia más igualdad o se resigna a administrar injusticias.
El bloque reaccionario PP-Vox está listo para aprovechar cada descuido, cada miedo, cada omisión. Sus políticas no son neutras: son estructurales. Reproducen la precariedad, fomentan la competencia entre pobres, atacan la educación y la sanidad públicas, y aseguran que la riqueza se concentre en unas pocas manos. Cada mitin, cada titular y cada campaña electoral es un acto consciente de consolidación de poder sobre la mayoría trabajadora.
Por eso, reducir el debate a carcajadas o errores lingüísticos es un lujo que no podemos permitirnos. No basta con criticar la forma; hay que exponer el fondo, desentrañar cómo la desigualdad se naturaliza, cómo la precariedad se justifica y cómo se construye consenso entre quienes tienen poco poder.
No hay neutralidad en este escenario. Cada decisión política, cada ley, cada recorte y cada medida fiscal forma parte de un plan consciente para mantener estructuras de dominación. La derecha española no disputa ideas; administra privilegios. Y mientras todos miran la risa de Sánchez sobre Brifin, millones de trabajadores siguen siendo tratados como fuerza de trabajo barata, intercambiable y silenciada.
Es imprescindible comprender que la política no es espectáculo. No se gana con titulares ni con gestos o ironías. La lucha real es por condiciones de vida, por derechos colectivos, por dignidad material y social. Y el bloque PP-Vox tiene un proyecto claro: garantizar que quienes tienen poco sigan teniendo menos, y que los privilegios acumulados permanezcan blindados.
Cada error de nombre, cada gazapo, cada titular sobre humor presidencial es un espejo que nos muestra lo superficial de la derecha mediática. Pero tras la carcajada se esconde la continuidad de la explotación: salarios insuficientes, alquileres inalcanzables, privatización de servicios esenciales, disminución de la educación pública y el empobrecimiento sostenido de la mayoría trabajadora.
El futuro depende de nuestra capacidad para no distraernos con el ruido. Para organizar, para educar, para movilizar. Para denunciar la injusticia donde realmente se produce, no donde algunos quieren que la veamos: en la comicidad de un mitin, en la torpeza de un dirigente, en una anécdota viral. La política debe ser instrumento de transformación, no de entretenimiento.
Por eso, frente a la risa de Sánchez y la indignación fingida de la derecha, debemos levantar una agenda clara: protección de derechos, redistribución justa de recursos, defensa de servicios públicos, limitación del poder del capital y construcción de una democracia que sirva a la mayoría, no a unos pocos.
No se trata de caricaturizar dirigentes; se trata de exponer un sistema. No se trata de bromas; se trata de trabajo, de educación, de salud, de vivienda y de dignidad. El bloque PP-Vox representa la continuidad del privilegio histórico, la defensa del capital concentrado y la consolidación de la desigualdad. Contra ello, la acción política consciente es el único remedio.
No hay tiempo que perder. La izquierda transformadora debe recordar que la democracia no se construye con gestos simbólicos, sino con organización social, memoria histórica y presión política constante. Cada voto, cada sindicato, cada colectivo, cada protesta es un golpe contra las estructuras que buscan mantener la explotación como norma.
Y no basta con indignarse ante las carcajadas de Sánchez. Hay que indignarse, sobre todo, ante la risa de la injusticia, ante la impunidad de quienes gobiernan para los que ya tienen todo. Ante la risa de quienes, mientras nosotros trabajamos, perpetúan el hambre, la precariedad y la exclusión.
El conflicto de clase es real, y la historia nos enseña que solo quienes se organizan y luchan pueden transformar las condiciones materiales de vida. Cada política de PP y Vox es un recordatorio de que la lucha continúa. Cada anécdota, cada error de Fribin o Brifin, nos enseña que la atención mediática puede distraernos de lo esencial: la redistribución del poder y la justicia social.
Por eso, no podemos permitir que la carcajada sustituya la acción. La izquierda que quiere transformar este país debe ser consciente: la política no es espectáculo, es conflicto, es memoria, es organización, es presión y es lucha por derechos que nos pertenecen a todos.
Y frente a la risa y el desprecio de quienes administran privilegios, no hay alternativa: movilización, resistencia y construcción de un país donde la mayoría deje de ser la mayoría explotada.



