Hay fenómenos políticos que no se entienden mirando solo a sus líderes ni a sus campañas. Hay que mirar más abajo. Al suelo social que pisan. Vox no irrumpe en la vida pública española por generación espontánea. Aparece porque algo lleva tiempo fallando, y no poco. No es un error puntual ni una desviación anecdótica. Es el resultado de un proceso largo, acumulativo, sostenido en el tiempo.
Falla la transmisión cultural entre generaciones. Falla una educación que ha ido perdiendo su función emancipadora, para convertirse en un simple filtro de empleabilidad precaria. Falla, por consiguiente, la capacidad colectiva para interpretar la realidad con herramientas mínimamente sólidas. Y cuando todo eso se derrumba, la extrema derecha no necesita convencer con argumentos complejos. Le basta con señalar, con simplificar, con ofrecer certezas falsas a problemas reales.
El discurso de Vox no aspira a explicar el mundo, sino a hacerlo digerible. Reduce, recorta, elimina matices. Sustituye causas por culpables. Funciona porque se despliega sobre un terreno abonado durante años: el de la precariedad cultural, el empobrecimiento del debate público y la renuncia consciente a formar ciudadanos críticos.
Vox ha sabido leer el malestar de una juventud sin horizonte estable. Jóvenes acostumbrados a la incertidumbre, a los contratos temporales, a un futuro siempre aplazado. Jóvenes que han aprendido a resistir, pero no a comprender por qué su vida se organiza de ese modo ni quién obtiene beneficios de esa inestabilidad permanente.
No es una juventud reaccionaria por naturaleza. Es una juventud desarmada. Desarmada culturalmente, privada de referentes colectivos, separada de una tradición crítica que durante décadas permitió a las clases populares pensarse como sujeto histórico. Sin esas herramientas, el malestar se vuelve confuso y fácilmente manipulable.
Donde antes había espacios de aprendizaje compartido y discusión política, hoy hay aislamiento. Donde antes existía cultura popular organizada, ahora hay consumo fragmentado. Pantallas, mensajes rápidos, opiniones sin contexto. Mucha información circulando y muy poco conocimiento real.
En ese vacío, la extrema derecha entra sin dificultad. Ofrece respuestas simples a problemas complejos. Relatos claros, aunque falsos. Enemigos visibles. Explicaciones rápidas. No exige esfuerzo intelectual ni compromiso colectivo. Solo adhesión emocional.
La desigualdad deja de ser un problema estructural y pasa a convertirse en una cuestión identitaria. La precariedad ya no se explica por el modelo económico, sino por la presencia de otros a los que se acusa de recibir lo que supuestamente se ha perdido. Es un desplazamiento consciente del conflicto.
Ese relato prende en las capas populares porque conecta con un malestar real: pérdida de derechos, deterioro de los servicios públicos, sensación de abandono institucional. Pero lo hace desviando la mirada. Siempre hacia abajo. Siempre hacia los márgenes. Nunca hacia arriba.
No es casual. Décadas de despolitización han producido una ciudadanía más acostumbrada a opinar que a analizar. A reaccionar que a comprender. La educación se ha ido vaciando de contenido crítico. La cultura se ha tratado como entretenimiento. Y la política, como espectáculo permanente.
En ese escenario, Vox juega con ventaja. Su mensaje no incomoda a los centros de poder. Al contrario. Canaliza la rabia social lejos de ellos. Se presenta como fuerza antisistema mientras defiende sin fisuras el orden económico existente.
Su rebeldía es estética. Grita, provoca, exagera. Pero nunca cuestiona lo esencial. Ataca derechos, ridiculiza conquistas sociales y erosiona consensos democráticos, pero no plantea una alternativa real a las estructuras que producen desigualdad.
En el plano cultural, su ofensiva es constante. Desprecia el conocimiento crítico, cuestiona la universidad pública, banaliza la investigación y desacredita cualquier saber que no encaje en su marco ideológico. La ignorancia no es un daño colateral. Es una condición necesaria.
Cuando Vox habla de libertad, lo hace vaciando la palabra. Libertad como individualismo extremo. Como rechazo de toda responsabilidad colectiva. Como derecho a no saber, a no implicarse, a no pensar demasiado. Una noción pobre, funcional, manejable.
La juventud trabajadora es especialmente vulnerable a este discurso. No porque sea incapaz de pensar, sino porque rara vez se le ofrecen las condiciones para hacerlo. Sin marcos teóricos, sin referentes colectivos, el descontento se transforma fácilmente en resentimiento.
Vox no ofrece soluciones materiales. No mejora salarios. No garantiza derechos. No construye futuro. Pero ofrece culpables claros. Y eso, en contextos de frustración prolongada, suele bastar.
Nada de esto es irreversible. La historia lo demuestra. Allí donde la cultura se democratiza y el conocimiento se comparte, la extrema derecha retrocede. Donde hay educación crítica, organización y debate, el autoritarismo encuentra límites.
Combatir a Vox no es solo rebatir sus consignas. Es reconstruir lo que se ha destruido. Educación pública fuerte. Acceso real a la cultura. Espacios colectivos donde pensar sin prisas. Donde aprender a leer la realidad más allá del titular.
No se trata de despreciar a quienes hoy miran hacia la extrema derecha, que también y mucho. Nadie nace con una ideología cerrada. Las ideas reaccionarias prosperan cuando se clausuran otras posibilidades, cuando la precariedad se normaliza y el horizonte se estrecha.
La incultura no es un accidente. Es el resultado de decisiones políticas. Vox no la crea, pero la explota. Y mientras no se afronte esa raíz, el problema seguirá reapareciendo con distintos nombres.
Frente a este sarampión cultural no hay soluciones rápidas. Solo una vacuna lenta y colectiva: conocimiento compartido, memoria histórica, pensamiento crítico y organización social.
Porque una juventud formada incomoda al poder. Pero una juventud desinformada pone en riesgo todo el edificio democrático.
Y esa es la cuestión de fondo. No está en juego la suerte electoral de un partido, ni una coyuntura parlamentaria concreta. Está en juego la capacidad de una sociedad para pensarse a sí misma, para entender las causas de su malestar y para no aceptar como normal la ignorancia organizada.
Vox no es el origen del problema. Es su síntoma más ruidoso. Mientras la cultura siga siendo privilegio, mientras la educación crítica siga siendo recortada, mientras a la juventud se le ofrezca precariedad y silencio como horizonte, la extrema derecha seguirá encontrando terreno fértil.
La disputa real no se libra solo en las urnas. Se libra en las aulas, en los barrios, en los espacios donde se decide si la juventud será sujeto crítico o simple masa gestionable. Ahí se juega el futuro. Y ahí, hoy, se está perdiendo tiempo.


