lunes, 26 enero 2026

· Manzanares | Toledo ·

Contra la disolución: volver a Izquierda Unida

Comparte

Sumar no cayó del cielo. No es una mala racha ni un simple error de cálculo. Es el resultado de años de renuncias acumuladas, de decisiones tomadas siempre en la misma dirección y de una izquierda que fue perdiendo el hábito de pensar por sí misma. Sumar nace cuando se acepta que ya no hay proyecto propio, solo adaptación. Y cuando una organización acepta adaptarse a todo, acaba desapareciendo.

Asimismo, Izquierda Unida no nació tal cual. Aquella vieja federación de partidos, nació cuando todavía había gente disidente dispuesta a decir: NO, aunque costara votos, sillones o portadas amables. Surgió cuando una parte importante de la sociedad entendió que el PSOE había dejado de ser una alternativa y se había convertido en un gestor fiable del sistema. El referéndum de la OTAN fue un punto de inflexión, pero no el único. A partir de ahí, IU fue el espacio donde se acumuló la crítica, la organización y la esperanza de que otra política era posible.

Lokinn

Ese proyecto no era perfecto, pero tenía algo que hoy parece casi subversivo: coherencia. Tenía programa, tenía militancia y tenía conflicto. No pretendía gustar a todo el mundo, quería representar a alguien. Y eso, en política, marca una diferencia enorme.

En este proyecto, el Partido Comunista de España fue el corazón de esa fundamentación política. Lo fue en número, en estructura y, sobre todo, en cultura política. El PCE aportó una manera de entender la política que, hoy, se echa en falta: pensar en términos de clase, organizar a largo plazo, asumir que el poder no se concede, se disputa. Sin él, Izquierda Unida no habría sido posible. Es más, sin un PCE con voz propia, IU se convertiría en una carcasa fácilmente absorbible por cualquier operación electoral bien presentada.

Sumar es justo eso: una operación. No una acumulación política ni un proceso colectivo, sino una construcción rápida, diseñada desde arriba y pensada para encajar en los márgenes que bordean al PSOE. No molesta demasiado, no señala responsables con nombres y apellidos, no plantea conflictos de fondo. Habla mucho de país, pero poco de poder. Habla de derechos, pero evita decir quién los niega y por qué.

Antonio Maíllo lo ha explicado sin aspavientos, pero con mucha más claridad que muchos dirigentes con acta parlamentaria. Ha insistido en algo básico: sin organización no hay transformación, y sin autonomía política no hay izquierda. Ha hablado de volver a la pedagogía, de no tener miedo a explicar las cosas, de dirigirse a la clase trabajadora sin paternalismo ni marketing. Ha recordado que gestionar ministerios no es lo mismo que cambiar la vida de la gente. Y tiene razón, aunque incomode.

El problema es que la dirección actual del PCE, con Enrique Santiago al frente, ha elegido otro camino. No el de la reconstrucción, sino el de la integración sin condiciones. No el de la autonomía, sino el de la subordinación.

Se ha aceptado que IU se diluya dentro de Sumar como si fuera un peaje inevitable, como si no hubiera alternativa, como si la historia no enseñara nada.

Y aquí la crítica tiene que ser clara. Porque no estamos hablando de matices tácticos, sino de una estrategia que debilita a la organización, desorienta a la militancia y vacía de contenido a un proyecto histórico.

Bajo esta dirección, el PCE ha pasado de impulsar a IU a justificar su desaparición práctica. De marcar línea política a adaptarse a decisiones tomadas fuera. De construir a resistir, y cada vez peor.

El resultado está a la vista. Sumar no ha frenado a la derecha, no ha generado ilusión duradera y no ha fortalecido a la izquierda. Ha producido cansancio, confusión y una sensación amarga de déjà vu. Otra vez lo mismo: promesas de unidad que acaban en silencio, discursos amables que no cambian nada y una militancia que no sabe para qué se le pide esfuerzo.

Mientras tanto, las grandes batallas desaparecen del debate. La OTAN se acepta como un hecho natural. El poder de las eléctricas se gestiona, no se confronta. La vivienda sigue siendo un negocio. La precariedad se maquilla con titulares. Y la Unión Europea se trata como un marco intocable, aunque sea una maquinaria al servicio del capital. Todo aquello que Izquierda Unida puso en el centro desde su origen, hoy se menciona de pasada o directamente se evita.

Volver al proyecto fundacional de IU no es romanticismo. Es sentido común. Es entender que sin un programa claro, sin una organización viva y sin autonomía política no hay nada que ofrecer. Es asumir igualmente, que no se puede construir alternativa desde la dependencia permanente del PSOE. Se trata de aceptar, que la transformación no es cómoda y que el conflicto no es un error, sino una condición.

El PCE tiene aquí una responsabilidad que no puede seguir esquivando. No puede limitarse a conservar espacios institucionales mientras pierde sentido político. Tiene que decidir si quiere ser un actor con voz propia o una sigla que acompaña procesos ajenos. Tiene que volver a escuchar a su militancia, a la gente que organiza, que reparte octavillas, que sostiene sedes y que no entiende por qué todo acaba siempre en la misma renuncia.

Acabar con Sumar, políticamente, no es dividir por gusto. Es asumir que la operación ha fracasado. Es cerrar una etapa que no ha dado lo que prometía. Es dejar de estirar una cuerda que solo sirve para desgastar más a quien ya está débil. Y es apostar de nuevo por Izquierda Unida como herramienta propia, abierta a alianzas, sí, pero desde la igualdad y no desde la disolución.

La izquierda no necesita más envases nuevos con el mismo contenido de siempre. Necesita decir la verdad, aunque no sea popular. Necesita organización, tiempo y coherencia. Necesita volver a hablar de clase, de poder y de democracia sin pedir perdón. Necesita asumir que no todo se resuelve en un plató ni en una negociación de despacho.

Izquierda Unida nació para incomodar, para señalar responsables y para ofrecer alternativas reales. Recuperar ese espíritu no es mirar atrás. Es la única forma de no desaparecer del todo. Porque una izquierda que renuncia a serlo, tarde o temprano, deja de existir.

Más noticias

+ noticias