lunes, 19 enero 2026

· Manzanares | Toledo ·

Hola y adiós

(A mi amiga, Gema Cortés Granados que, reconoce la valía del cantante en muchas de sus letras)

Comparte

(A mi amiga, Gema Cortés Granados que, reconoce la valía del cantante en muchas de sus letras)

Hay nombres que, al pronunciarlos, activan una emoción inmediata, como si no fueran solo personas sino estaciones de la vida. Joaquín Sabina es, para mí, uno de esos nombres. No lo recordamos únicamente por sus canciones, sino por los momentos que nos ayudó a sostener, por las noches que acompañó sin pedir nada a cambio, por las palabras que llegaron justo cuando parecía que nadie más sabía cómo decirlas. Sabina no pasó por nuestras vidas: se quedó a vivir en ellas, con la naturalidad de quien entra en un bar conocido y pide lo de siempre, sin alzar la voz, sin pedir permiso, sabiendo que ese lugar también le pertenece.

Advertisement

Escuchar a Sabina ha sido, para muchos de nosotros, una forma de aprendizaje sentimental. Con él aprendimos, que el amor no siempre salva, que a veces se rompe como en 19 días y 500 noches, dejando escombros que tardan años en recogerse y heridas que no cierran del todo. Aprendimos asimismo que la nostalgia puede ser hermosa y cruel al mismo tiempo, como en Quién me ha robado el mes de abril, donde esa pregunta suspendida en el aire que no busca respuesta, solo compañía. Sabina, nos enseñó que perder también forma parte del viaje y que no hay que avergonzarse de ello; que la derrota, contada con honestidad, puede ser incluso luminosa.

Desde muy temprano, su voz trajo consigo una manera distinta de contar la vida. No habla desde la épica ni desde el pedestal: lo hace desde el suelo, desde la barra del bar, desde la habitación en penumbra donde alguien apura un cigarro y una derrota. En Peces de ciudad o Calle Melancolía no hay artificio ni grandilocuencia; hay una verdad pequeña, íntima, que se parece demasiado a la nuestra. Por eso duele y por eso se queda, porque no pretende aleccionar, solo acompañar.

Sabina siempre escribió como el que se desnuda sin pudor o dramatismo. Nunca prometió finales felices, ni amores eternos, ni redenciones fáciles. Cantó al deseo que se equivoca, al amor que llega tarde, a la fidelidad imperfecta y a las despedidas que no se cierran del todo. En Y sin embargo dejó claro que amar no siempre significa quedarse, y que hay adioses que se dicen queriendo, con un nudo en la garganta y una verdad que no se puede maquillar. Esa honestidad emocional, tan poco frecuente, es la que convierte sus canciones en refugios para quienes no se reconocían en los discursos edulcorados.

Hay en su obra una ternura escondida detrás del sarcasmo, una forma de cuidar sin edulcorar. Sabina puede ser ácido, irónico, incluso cruel, pero nunca cínico. En Contigo, renuncia a todo lo grandilocuente para quedarse con lo esencial: no quiere promesas imposibles, solo compartir la vida tal como es, con sus domingos tristes, sus mañanas sin prisa y sus rutinas imperfectas. Esa canción, como tantas otras, ha sido juramento íntimo de quienes no creen en cuentos de hadas pero sí en la compañía, en el amor que no presume pero permanece.

Lokinn

Madrid, en su voz, de degenerado y mujeriego, no es una postal; es un latido. Una ciudad cansada, viva, contradictoria, llena de historias que no salen en los titulares. En Pongamos que hablo de Madrid o Princesa, la capital se convierte en escenario y personaje, en amante y testigo. Pero más allá de la ciudad concreta, Sabina canta todos los lugares donde alguien se siente un poco perdido, un poco fuera de sitio, buscando algo que no sabe nombrar. Sus canciones funcionan como mapas emocionales de quienes caminan sin rumbo fijo.

También está el Sabina que ríe, que provoca, que juega con el lenguaje como un prestidigitador. El que, en Conductores suicidas o Pastillas para no soñar, mezcla humor y tragedia, ligereza y profundidad. Ese equilibrio, tan difícil, es parte de su magia. Porque incluso cuando habla de lo oscuro, lo hace con una sonrisa ladeada, como diciendo que la vida pesa menos si se mira con ironía. Reírse de uno mismo, en su obra, es también una forma de resistencia.

No obstante, este homenaje no estaría completo sin hablar del Sabina vulnerable, del que se cae y se levanta a medias, del que reconoce el miedo y el cansancio. Tras los excesos, los silencios y los regresos, siguió estando ahí la palabra. En Una canción para la Magdalena o Ruido aparece ese hombre que sabe que no todo se arregla, pero que aun así sigue cantando, como quien enciende una luz pequeña en mitad de la noche. Y eso, a veces, es suficiente para no perderse del todo.

Sus conciertos han sido durante años ceremonias emocionales. No importaba tanto la perfección técnica como la comunión con el público. Había algo profundamente humano en verlo equivocarse en un verso, improvisar una broma, agradecer el aplauso como si todavía le sorprendiera. Sabina nunca actuó como estrella distante; se comportó como alguien consciente de que el público no estaba ahí para admirar, sino para compartir. Cada concierto fue, es y probablemente, será un pacto tácito entre iguales.

En sus letras hay una memoria colectiva de derrotas y pequeñas victorias. Hay bares cerrando, amores que no vuelven, amigos que faltan. Hay también una celebración obstinada de la vida, incluso cuando duele. En A la orilla de la chimenea Tan joven y tan viejo, Sabina parece hablarnos desde un tiempo suspendido: recordándonos que crecer no significa renunciar a sentir, que envejecer no implica volverse indiferente.

El Sabina político, el que tomó partido sin pedir perdón, atraviesa su obra con discreción y firmeza. Nunca necesitó levantar la voz para dejar clara su posición. Bastó con no callar, con señalar la hipocresía, con ponerse del lado de los que no tienen altavoz. Canciones como Con la frente marchita o Así estoy yo sin ti también contienen esa mirada crítica, ese desencanto lúcido ante un mundo que promete más de lo que cumple. Esa coherencia ética, sostenida en el tiempo, forma parte esencial del respeto que despierta.

Sabina también fue, es y será un artesano del idioma, un enamorado de las palabras. Cada verso suyo parece trabajado con la paciencia de quien sabe que el lenguaje importa. No hay frases al azar, no hay rimas fáciles; hay oficio, lectura, amor por la literatura. De ahí que muchas de sus letras puedan leerse como poemas independientes, capaces de sostenerse sin música, con la misma fuerza y la misma herida.

“Hola y adiós” es una forma muy sabinera de estar en el mundo. Saludar mientras se marcha, quedarse mientras se despide. Porque Sabina nunca se irá del todo, ni siquiera ahora que parece retirarse. Sus canciones siguen apareciendo en momentos inesperados, como viejos amigos que saben cuándo llamar. Siguen ayudando a decir lo que cuesta, a llorar sin vergüenza, a reírse de uno mismo cuando no queda otra.

Este tributo no pretende cerrar nada. No es un punto final, sino un punto y aparte. Joaquín Sabina ya es parte del paisaje emocional de varias generaciones, un lugar al que se vuelve cuando hace falta recordar quiénes fuimos y quiénes seguimos siendo. Sus versos seguirán acompañando despedidas, encuentros, noches largas y mañanas inciertas, porque hablan de lo que no pasa de moda: el amor, la pérdida, el deseo de vivir.

Porque mientras alguien cante Y nos dieron las diez en un bar cualquiera, mientras alguien se reconozca en Esta boca es mía o en Donde habita el olvido, Sabina seguirá vivo. Y eso es lo más hermoso que se puede decir de un artista: que su obra siga latiendo en la vida de los demás, sin necesidad de homenajes oficiales ni solemnidades vacías.

Hola, Joaquín, por todo lo que nos has dado. Adiós, solo en el sentido de saber que nada es eterno. Gracias por enseñarnos que la vida no siempre se gana, pero siempre merece ser contada, cantada, vivida y recordada.

Más noticias

+ noticias