lunes, 12 enero 2026

La estafa como método

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El imperialismo contemporáneo no necesita recurrir de forma permanente a la ocupación militar directa para garantizar su dominación. Le basta con controlar los flujos de información, moldear el sentido común y administrar las expectativas sociales mediante una maquinaria mediática sofisticada, apoyada en técnicas de persuasión psicológica largamente experimentadas. Así, la subordinación se presenta como elección, la entrega como modernización y el saqueo como libertad. En ese marco, los pueblos terminan eligiendo, en procesos formalmente democráticos, a quienes se encargarán de destruir las bases materiales de su propia reproducción social. La Argentina actual ofrece un ejemplo crudo de este mecanismo.

El ascenso de Javier Milei no puede explicarse como una anomalía, ni como una excentricidad individual, aunque lo parezca. Es el resultado lógico de una ofensiva ideológica prolongada que vació de contenido la política, deslegitimó la acción colectiva y exaltó el individualismo competitivo como único horizonte posible. Su gobierno, desde el primer día, se orientó a desmantelar derechos laborales, licuar salarios, ajustar jubilaciones y degradar los servicios públicos. Sin embargo, el episodio de la criptomoneda $LIBRA no es un hecho aislado ni un exceso circunstancial; es la expresión concentrada de un modo de ejercicio del poder que convierte al Estado en instrumento directo de valorización privada.

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El 14 de febrero, el presidente argentino utilizó su cuenta oficial verificada en la red social X, identificada con la insignia reservada a jefes de Estado, para promocionar de manera explícita un token denominado $LIBRA. No se trató de una reflexión general sobre el mundo financiero digital, sino de una recomendación concreta de compra, acompañada de un enlace y de una justificación supuestamente altruista. Milei afirmó que el proyecto tenía como objetivo impulsar el crecimiento económico nacional mediante la financiación de pequeñas empresas y emprendimientos. La gravedad del gesto es múltiple y profunda.

En primer lugar, un jefe de Estado no puede recomendar inversiones privadas sin incurrir en una incompatibilidad flagrante con su función. Su palabra no circula en condiciones de igualdad con la de cualquier ciudadano; está investida de autoridad institucional y produce efectos materiales inmediatos. En segundo lugar, la página web del token había sido creada apenas horas antes de la publicación del tuit, lo que descarta cualquier hipótesis de espontaneidad. En tercer lugar, $LIBRA no era una criptomoneda con desarrollo tecnológico sólido ni con respaldo productivo alguno. Era una memecoin, es decir, un activo puramente especulativo, sustentado en la visibilidad y el entusiasmo momentáneo, destinado por definición a una volatilidad extrema.

A pesar de ello, el presidente envolvió la operación en un lenguaje institucional, apelando a la idea de desarrollo nacional y utilizando el prestigio residual del Estado como garantía implícita. De este modo, miles de personas fueron inducidas a invertir no por un análisis racional del activo, sino por la confianza depositada en la figura presidencial. Cuando el tuit fue publicado, el valor de $LIBRA era prácticamente nulo. En cuestión de horas, impulsado por la avalancha de compras, alcanzó un dólar. En ese punto, los creadores comenzaron a vender. Luego, al llegar a un máximo de 5,2 dólares, retiraron masivamente ganancias, provocando el derrumbe del precio.

Esta maniobra, conocida como rug pull, consiste en inflar artificialmente el valor de un activo para luego retirar el respaldo y dejar a la mayoría de los inversores con pérdidas severas. No era la primera vez que Milei aparecía vinculado a esquemas de este tipo. En 2022, había promocionado otros tokens, como Vulcano y CoinX, que terminaron de manera similar. La reiteración elimina cualquier posibilidad de ingenuidad. Aquí no hubo error ni desconocimiento; hubo un patrón de conducta coherente con una visión del mundo que glorifica la especulación y desprecia la producción social.

Las transacciones realizadas en el pico de $LIBRA oscilaron entre los quinientos mil y los tres millones de dólares. El fraude total se estima en alrededor de trescientos millones, lo que convertiría al caso en la mayor criptoestafa conocida hasta la fecha. Una operación de tal magnitud es imposible sin una figura que concentre confianza, visibilidad y poder político. El presidente no fue un mero difusor accidental; fue la condición de posibilidad del engaño. Una vez consumada la estafa, el tuit fue eliminado, como si borrar el rastro digital pudiera anular la responsabilidad histórica.

Con el avance de las investigaciones periodísticas, comenzaron a conocerse datos aún más comprometedores. Se supo que los responsables del esquema habían trabajadoo reiteradas veces a la Casa Rosada. Apareció entonces el nombre de Hayen Davis, hijo de un líder de secta cristiana condenado por fraude, vinculado directamente a la operatoria. Más tarde, una investigación del New York Times reveló denuncias de empresarios del sector cripto a quienes se les habrían exigido sobornos para acceder a reuniones con el presidente. En ese entramado aparecen la hermana de Milei y el empresario Mauricio Novelli como intermediarios de esos pedidos.

La reacción oficial no solo no aclaró los hechos, sino que profundizó el descrédito. Milei intentó justificarse en una entrevista cuidadosamente guionada con Jonathan Viale, un periodista afín y complaciente. El resultado fue una escena incómoda, con un presidente dubitativo, contradictorio y visiblemente acorralado. La situación se volvió aún más reveladora cuando, en la versión publicada en YouTube, el Grupo Clarín incluyó un fragmento que supuestamente debía ser eliminado. En ese pasaje, Milei sostiene que había tuiteado “como privado”, pero acto seguido afirma que sería defendido por el ministro de Justicia.

La contradicción es evidente. Viale se lo señala con una frase simple: “Pero entonces sos el presidente”. En ese momento irrumpe el asesor presidencial Santiago Caputo, interrumpe la grabación y advierte que lo dicho puede traerle problemas judiciales. Que ese corte haya sido publicado no es un error técnico ni un descuido. Es una señal política clara. El principal conglomerado mediático del país marcó distancia y dejó expuesta la fragilidad de un poder que hasta entonces había amplificado.

La repercusión internacional no tardó en llegar. Forbes y el Wall Street Journal publicaron investigaciones que detallan el entramado de la estafa y colocan al presidente argentino en el centro de las denuncias. Los damnificados no se limitan al ámbito local; hay inversores de distintos países que iniciaron acciones legales. El escándalo, por lo tanto, no es una anécdota financiera, sino una muestra extrema de la articulación entre poder político y especulación globalizada.

Lo ocurrido con $LIBRA no contradice el programa de Milei; lo confirma. Se trata de un proyecto que desprecia el trabajo productivo, glorifica la timba financiera y concibe al Estado como plataforma de negocios privados. La retórica antisistema funciona como coartada ideológica para un saqueo clásico, concentrado y brutal. Se invoca la libertad mientras se organiza una transferencia acelerada de riqueza desde las mayorías hacia una minoría parasitaria.

Sin embargo, incluso dentro de esa lógica, existen límites. El poder tolera a sus ejecutores mientras resultan funcionales. Cuando el costo político supera el beneficio, los personajes se vuelven descartables. Milei creyó que la impunidad era ilimitada, que el blindaje mediático y la fragmentación social lo protegían de cualquier consecuencia. El caso $LIBRA demuestra lo contrario. El daño político es profundo y, sobre todo, autoinfligido.

La lección es amarga, pero necesaria. No hay estafa sin estafadores, pero tampoco sin un clima ideológico que la haga posible. Cuando la política se reduce a espectáculo y la economía a apuesta, el terreno queda preparado para que los espejismos se repitan. Esta vez no llegaron en carabelas, sino en forma de tokens digitales, promocionados desde la cúspide del Estado. El resultado, sin embargo, es el mismo de siempre: concentración de riqueza, frustración social y una nueva herida en la experiencia histórica de un pueblo.

Frente a este escenario, la tarea no se agota en la denuncia judicial ni en el escarnio mediático. Existe una responsabilidad más profunda: reconstruir una conciencia colectiva capaz de identificar los mecanismos del engaño antes de que produzcan daños irreversibles. La fascinación por soluciones mágicas y enriquecimientos instantáneos no surge de la nada; se alimenta de la precarización prolongada, de la incertidumbre cotidiana y de la destrucción sistemática de los lazos solidarios.

Cuando el futuro se percibe como amenaza permanente, cualquier discurso que prometa romper las reglas encuentra terreno fértil. El problema es que, una vez en el poder, esos discursos no transforman la estructura de dominación, sino que la refuerzan con nuevas formas de cinismo. El episodio de $LIBRA debe leerse como advertencia. No es solo un presidente involucrado en una estafa, sino un modelo de sociedad que naturaliza la depredación como virtud y presenta el saqueo como destino inevitable.

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