miércoles, 7 enero 2026

Soberanía secuestrada

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La captura y deportación de Nicolás Maduro por orden de Donald Trump no es solo un ataque contra una persona o contra un gobierno concreto. Es una agresión frontal, obscena y deliberada contra la soberanía de Venezuela. Un acto de imperialismo criminal, ejecutado sin disimulo, que confirma que Estados Unidos sigue actuando como una potencia colonial convencida de que el mundo es su finca privada y los pueblos del Sur su mano de obra dócil o su botín de guerra.

Donald Trump no es un accidente histórico ni un payaso fuera de control, que también Es la caricatura perfecta del imperialismo estadounidense: grosero, violento, racista, convencido de que el dinero y la fuerza sustituyen a la ley. En su figura se condensan siglos de saqueo, intervenciones militares, golpes de Estado y guerras encubiertas. Trump no inventó nada; simplemente se permitió decir en voz alta lo que otros presidentes decían con lenguaje diplomático.

El secuestro de un presidente en ejercicio y su deportación forzada es un acto de piratería internacional. No hay otro nombre. No es justicia, no es legalidad, no es democracia. Es la ley del matón aplicada a las relaciones entre Estados. Estados Unidos decidió que Venezuela no tiene derecho a gobernarse a sí misma, y actuó en consecuencia. Ese es el mensaje. Todo lo demás es propaganda barata.

La soberanía venezolana ha sido pisoteada de forma consciente. No por errores internos, no por problemas económicos, no por conflictos políticos propios, sino porque Venezuela se atrevió a sostener que sus recursos naturales pertenecen a su pueblo. El petróleo venezolano es el verdadero objetivo de esta agresión. Lo fue ayer y lo sigue siendo hoy. Trump no soporta que un país rico en recursos no esté arrodillado ante Wall Street.

El imperialismo estadounidense no reconoce fronteras cuando se trata de proteger los intereses de su burguesía. Habla de libertad mientras encarcela pueblos enteros con bloqueos criminales. Habla de derechos humanos mientras mata de hambre mediante sanciones. Habla de democracia mientras secuestra presidentes. Esa es su coherencia. Ese es su orden mundial.

Trump, con su lenguaje de matón de casino, dejó claro que no cree en el derecho internacional ni en la soberanía de los pueblos. Para él, los países son empresas mal gestionadas que deben ser compradas, intervenidas o liquidadas. Venezuela no aceptó el trato. Y cuando el soborno y la amenaza fallaron, llegó la violencia directa. Así funciona el imperialismo cuando pierde la paciencia.

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Mirado desde una posición comunista, este ataque debe leerse como un episodio más de la guerra permanente del capital contra cualquier forma de autodeterminación popular. No importa si el proceso venezolano es perfecto o no; ningún proceso lo es bajo asedio. Lo que importa es el principio político fundamental: ningún país tiene derecho a imponer por la fuerza el rumbo de otro. Defender la soberanía de Venezuela es defender una conquista histórica de los pueblos oprimidos.

El discurso estadounidense intenta presentar la agresión como una liberación. Es una mentira obscena. No se libera a un pueblo secuestrando a su presidente, bloqueando su economía y condenándolo a la escasez planificada. Eso no es ayuda, es castigo colectivo. Es terrorismo de Estado a escala internacional, ejecutado con traje y bandera.

Trump encarna el desprecio absoluto por América Latina. La ve como su patio trasero, como reserva de materias primas, como territorio sin derechos propios. El ataque a la República Bolivariana de Venezuela y el secuestro de su presidente legítimo, Nicolás Maduro Moros, es también un mensaje al resto de la región: la soberanía solo es tolerada mientras no interfiera con los negocios del imperio. Cuando lo hace, se convierte en delito.

La izquierda no puede caer en la trampa del silencio ni del cálculo. Aquí no hay equidistancia posible. O se está del lado de la soberanía de los pueblos o se está del lado del imperialismo. No hay término medio entre el secuestrado y el secuestrador. Criticar errores internos no puede servir de coartada para justificar una agresión externa de esta magnitud.

El imperialismo estadounidense no busca bienestar para Venezuela. Busca control. Necesita reinstalar un modelo de saqueo sin resistencia, en el que las decisiones se tomen en despachos extranjeros y el pueblo solo obedezca.

La captura de Maduro no es el final de nada; es un intento de escarmiento, un aviso brutal para quien ose desafiar el orden capitalista global.

Trump, con su soberbia grotesca, cree que la fuerza lo resuelve todo. Cree que humillando a un país entero refuerza su poder. Se equivoca. Cada acto de violencia imperial siembra resistencia. Cada atropello a la soberanía despierta conciencia. Los pueblos aprenden, aunque el precio sea alto.

La soberanía no es una palabra vacía. Es la capacidad real de decidir sin tutelas, sin chantajes, sin marines apuntando desde el horizonte. Venezuela ha pagado un precio enorme por defenderla. Pero la alternativa es peor: la sumisión total, la conversión en colonia económica, la renuncia definitiva a cualquier proyecto propio.

Trump pasará, como pasaron otros presidentes estadounidenses que creyeron dominar el mundo. El imperialismo, sin embargo, solo caerá cuando los pueblos lo enfrenten de manera organizada y consciente. La agresión contra Venezuela debe servir para desenmascararlo sin concesiones, para llamar a las cosas por su nombre y para reforzar la solidaridad internacionalista.

Hoy, esa Venezuela no necesita sermones ni tutelas. Necesita que se respete su derecho a existir como nación soberana. Necesita que se denuncie sin miedo el carácter criminal del imperialismo estadounidense. Necesita que se diga alto y claro que ningún imperio tiene derecho a secuestrar la voluntad de un pueblo.

Porque, desde el punto de vista antropológico, cuando Trump secuestra a un presidente, no demuestra fuerza; demuestra miedo. Miedo a que los pueblos descubran que el imperio no es invencible. Miedo a que la soberanía deje de ser una excepción y vuelva a ser una norma. Y ese miedo, por mucho poder que acumule, es el principio de su derrota.

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