sábado, 30 agosto 2025

Siete mudanzas, cinco generaciones y un tataranieto

Agripina, 90 años de memoria viva: de la posguerra al nacimiento de Lucas

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A Valera de Abajo no llegó casi la guerra, tanto que Julián ‘El Cagarruto’ y Gregoria ‘La Pavana’ tuvieron tiempo de tener otra hija. Llegó Agripina, la segunda de tres hermanos y la tercera de once partos de los que solo prosperaron cuatro. Era 1937, aunque en su partida de bautismo ponga 1938.

La primera de las nueve décadas siguientes la pasó en el pueblo donde su padre pastoreaba algunas cabras y su madre hacía todo lo demás. A falta de escuela y como el hambre siempre llega antes que las bombas, Agripina llenaba la infancia entre cosas de niña y espigas de la era donde, rebuscando, encontraba patatas que no eran suyas. Eso no es robar.

Pese a los casi 90 años que luce en el DNI, dibuja al detalle en una maravillosa conversación los paisajes del aquel pueblo de posguerra. «Me iba a espigar trigo, a buscar rosa del azafrán, a ‘rebuscar’ melones… ¡Y un día me pillaron!», rememora mientras acompaña a un vaso de leche de merienda con un cruasán de chocolate.

SIETE MUDANZAS

Julián, el padre, se puso malo. Vomitó sangre, suficiente para que la familia decidiera mudarse de Valera de Abajo a Cuenca, por aquello de tener al médico más cerca por si hubiera algún envite más. La familia al completo se instaló en un colchón mal puesto y medio prestado en el barrio de Tiradores Bajos, dando por cumplido así un proletario sueño de gran ciudad donde las opciones de ganar un jornal se multiplicaban. El padre de familia dejó el cayado y las cabras por un trabajo de contratista de obra mientras mujer e hijas se abrían a la opción de aspirar a fregar o cuidar niños en algún hogar de esos de ricos.

Lokinn

La cama donde el matrimonio pernoctaba en ese cuchitril se rozaba con el colchón sobre unos tableros que compartían los tres hermanos de la recua, y así pasaron los primeros años en la gran ciudad. Un tiempo que le brindó a Agripina la oportunidad de cuidar al hijo de un estufero por un plato de comida y una peseta diaria para estrenar así su vida laboral.

Cosas del azar y la prosperidad, recibieron una vivienda pública cerca de Mangana donde seguir construyendo la familia, ganando la poca comodidad que se podía lograr en la década de los 50. Un hogar que duró poco, ya que tras vender la casa que quedó atrás en el pueblo y recibir 14.000 pesetas, pudieron comprar otro nido en San Antón. Con dos habitaciones, nada menos, pero sin cuarto de baño. Poco a poco.

A la Agripina adolescente, si es que el concepto hubiera existido por la época, se le cruzó entonces Reyes, con quien ya no se descruzó hasta que se quedó viuda. Don Amadeo les casó casi a mano alzada y sin brindis en la iglesia del barrio, abriendo las puertas de un nuevo domicilio un par de calles más abajo donde empezaron con torpeza a ejercer como matrimonio. Era 1960 y la familia creció con la primera de los cinco retoños que les depararía el destino. Vino a llamarse Angustias, posiblemente la niña más guapa de toda la ciudad. Aún les dio tiempo a volver a hacer las maletas e instalarse en un nuevo hogar, alguna calle más arriba de aquel barrio. Un techo que no tardaron en tener que abandonar. Y de aquí para allá, vino la segunda. María Ángeles en los papeles, Angelines para el resto del mundo.

Por entonces, lo que ahora es el barrio de Las Quinientas era el Poblado Obispo Laplana, barriada de absorción que ya había cogido esa forma tan característica de las creaciones del franquista Instituto Nacional de la Vivienda. Del medio millar de coquetos dúplex con patio perfectamente fotocopiados entre sí, casi 200 llaves se entregaron por sorteo. Una de ellas cayó en manos de Gregoria, donde Agripina se aparcó durante un mes mientras Reyes encontraba otro lugar donde seguir haciendo la vida. La penúltima mudanza tuvo como destino la calle del Cerrillo de Santiago, ya con casi la familia al completo y a razón de 200 pesetas al mes de alquiler. A Angustias y Angelines se les unieron Ana y María del Carmen. Vaya cuatro para un parchís.

CINCO GENERACIONES

Tic tac tic tac, y la nómina de gestor comercial de repuestos del automóvil que cobraba Reyes permitía, en la Cuenca de la época, ahorrar lo suficiente como para hacer las maletas por última vez y comprar una casa al lado de la antigua resinera, en esos pisos rojos de la calle Escultor Martínez Bueno. Las hojas se seguían desprendiendo del calendario y llegó Miguel a completar la familia, no sé si de penalti, pero sí al tiempo de aquello a lo que llamaron Transición. Y fue pasando la vida.

Y pasó en aquellas vidas lo que pasaba en las familias. Y Angelines contaba 16 años cuando hizo abuela a Agripina la primera de las once veces que lo acabó siendo. Se acababan de estrenar los 80 y Vanesa vino al mundo para poner la primera piedra de la siguiente generación de aquella tribu. Y quién le iba a decir que 20 años después sería la encargada de colgarle a Agripina la medalla de bisabuela, cuando trajo al mundo a Adrián, su primer hijo.

UN TATARANIETO

Ya con el siglo XX hecho añicos, la matriarca no dejó de ver pasar a nietos y bisnietos por el cuartito de la casa de los bloques rojos que compró años atrás, una habitación pequeña donde siempre hace un calor horrible. A Adrián, como a los demás, le dio por crecer, cosas de críos, tanto que el pasado 19 de agosto se encontró de cara por primera vez con su hijo Lucas. Así fue como Agripina se convirtió en tatarabuela, qué pena que Reyes no pudiera verlo.

Noventa años no pasan tan rápido como la merienda de leche con cruasán que Agripina, mi abuela, compartió conmigo todo lo que aquí escribo. Y es ahora cuando veo ya completo este lienzo que usted lee cuando me doy cuenta de que la tatarabuela regaló a su nieto la mejor entrevista que jamás podrá hacer en su vida profesional.

Abrocho esta página con una reflexión: quieran mucho a sus abuelos, si aún los tienen. Porque a mis cuarenta y ya huérfano de mis otros tres, me maldigo por no haber merendado leche con cruasanes con más frecuencia con ellos. Que nuestra historia es la que ellos escribieron, y si somos es porque ellos fueron. Va por Agripina, y por Reyes que ya no está. Y por Marcelino y Asunción. Os quiero porque soy lo que os debo.

Humberto del Horno
Humberto del Hornohttps://somosclm.com
Humberto del Horno (Cuenca, 1985), licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, llegó en 2011 a la Delegación de Europa Press en Castilla-La Mancha, que dirige desde 2013. Actualmente compagina este cargo con columnas en La Tribuna de Cuenca y El Digital de Albacete, además de colaborar en tertulias de Radio Castilla-La Mancha y en el programa Estando Contigo de la televisión regional.

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